
Corriendo por los pasillos

Se podría pensar como una carrera de obstáculos. Primero aparecen la oposición al presupuesto y la ley fiscal; después, el debate sobre si debe o no debe haber elecciones primarias abiertas, obligatorias y simultáneas (EPAOS); más adelante, la cuestión de si conviene o no conviene desdoblar los comicios; el obstáculo siguiente es la cuestión del cronograma electoral en el nuevo contexto; a pocos metros se avizora la cuestión de las reelecciones indefinidas para los intendentes; y más allá, todavía un poco lejos, el armado de listas y la pregunta por las colectoras.
Así considerada, la carrera es extenuante. Pero hay que correrla. Es el imperativo que se les presenta al gobernador de la provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof, y a sus operadores en el gobierno y la Legislatura bonaerense, y también a los representantes de los otros sectores internos del peronismo, enzarzados con el kicillofismo en una interna feroz.
El orden de los obstáculos no es exactamente cronológico (primero cayó el paquete de leyes del Ejecutivo, a fines del año pasado; el tema de las reelecciones surgió entonces y quedó enterrado por meses para resurgir recientemente; apareció el tema de las primarias, demorado por la resolución del desdoblamiento y remontado después; etcétera), pero existe una linealidad clara, que es la que imponen los tiempos de la política, dominada este año por las elecciones legislativas que tendrán lugar en octubre (y en la provincia, en virtud del desdoblamiento, un mes antes).
La puja por los plazos electorales parece haberse resuelto ayer, si bien queda el paso formal de aprobar efectivamente en la Legislatura el cambio de cronograma (la sesión sería el lunes). Insumió muchos y desgastantes días, reuniones tensas, disparos verbales de una a otra trinchera, y todo se demoró más de la cuenta, como viene sucediendo en los últimos tiempos en el seno del partido más importante de la política argentina, pero ayer, finalmente, apareció un proyecto conjunto, firmado por los presidentes de todos los bloques en el Senado provincial, que plasma la modificación legal reclamada por la Junta Electoral para que el tiempo necesario para evaluar a los candidatos que se presenten sea más razonable que el que rige actualmente.
A ese proyecto conjunto, dicen, lo precedió una reunión secreta entre cuatro representantes de los tres sectores que pujan por el control del peronismo en la provincia de Buenos Aires. Por el kicillofismo estuvo la vicegobernadora y presidenta del Senado, Verónica Magario; por el cristinismo, la senadora Teresa García (otrora ministra de Gobierno del gabinete de Kicillof) y el diputado Facundo Tignanelli; por el massismo, el presidente de la Cámara baja, Alexis Guerrera.
Más allá del tono que utilizaron los participantes o de su resultado, esta reunión expresa en primer y último lugar el síntoma que hace mella en el peronismo, encerrado cada vez más en peleas de palacio (legislativo en este caso), muy lejos de la calle y del barro, discutiendo temas cada vez más abstrusos (e irrelevantes) para la gente de a pie. Es posible que una mayoría de los ciudadanos hayan podido comprender y ponderar el debate sobre la utilidad de las elecciones primarias; habrá sido mucho menor el número de los que entendieron como importante o interesante la cuestión del desdoblamiento de la votación provincial respecto de la nacional; a casi nadie le importa, sin embargo, el tema de los plazos electorales, excepto a quienes deben participar del operativo. De hecho, una vez que a cualquier persona del montón se le explica la dificultad de cumplir con todos los pasos legales con tiempos tan acotados como los que marca la ley vigente, se impone por su propio peso la solución de sentido común (ampliar los plazos) y no se entiende para nada por qué alguien podría oponerse a algo tan evidente. Y es que, de hecho, no se entiende. La explicación de todo el debate debe buscarse en una puja de poder que no tiene ninguna relación con las necesidades de la ciudadanía.
Para decirlo de alguna manera, la carrera se corre por los pasillos.
No sería descabellado pensar, incluso, que el acuerdo intraperonista para destrabar la modificación del cronograma implique algún “vuelto” (en el sentido, aclaremos desde ya, de revancha o compensación, no de retorno monetario). Estas jugadas sucias no son inéditas en la interna. Inmediatamente después de dar el visto bueno a la suspensión de las primarias abiertas, los senadores referenciados en Cristina Fernández de Kirchner presentaron un proyecto para habilitar la reelección indefinida de los legisladores provinciales y municipales, pero dejando afuera a los intendentes, que eran los que lo pedían en primer lugar.
Son actitudes que no resultan privativas de un solo sector, y que claramente son percibidas desde fuera como elementos de una puja desgastante e inútil. A cada paso, desde las redes sociales, militantes de a pie les reclaman a los participantes de la interna que dejen de pelear entre sí y procuren concentrarse en lo verdaderamente urgente: establecer una posición fuerte de alternativa al gobierno libertario, que, aun con meter la pata a cada minuto, viene pudiendo ejecutar casi todo lo que se propone en términos de ajuste a la población y desguazamiento del Estado.
Es posible que quienes esgrimen estos reproches no estén percibiendo la complejidad de los mecanismos que se dan en el seno de las organizaciones políticas. Pero se llega a un punto en que hay que preguntarse si toda esa complejidad no deja de tener sentido cuando se abandona la verdadera lucha política. A grandes rasgos los críticos tienen razón: todo el peronismo está mirando más hacia adentro que hacia afuera, procurando un “ordenamiento” que, a fin de cuentas, no tiene sentido si no existe una dirección, un norte al que apuntar. Es como cargar nafta sin saber adónde vamos a ir.


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