
La interna peronista bonaerense: una pelea de poder, no de ideas

De un lado, Axel Kicillof, actual gobernador y figura con proyección nacional, apuntalado por el espacio Movimiento Derecho al Futuro. Del otro, el kirchnerismo duro encarnado por Cristina Fernández de Kirchner y La Cámpora, con Máximo Kirchner como pieza central de un engranaje que ya no oculta su incomodidad con la figura de Kicillof.
De los dos lados está lleno de soldados, pero como en toda guerra, también de mercenarios. ¿Cuántos se acercaron a Kicillof sin estar convencidos del gobernador? Solamente porque tienen una pelea con La Cámpora que no tiene vuelta atrás? ¿Cuántos reniegan de los métodos y la construcción vertical de la organización de Maximo? Pero, ¿están ahí porque sienten que la lapicera no cambia de lugar y es la mejor manera para poner nombres en las listas o cargos?
Aunque en su momento se intentó imponer al gobernador como símbolo de renovación dentro del espacio, la verdad es que nunca fue del todo aceptado por el riñón camporista. Máximo Kirchner lo ve como un técnico más que como un dirigente con calle, un outsider del PJ tradicional. Detrás de los discursos sobre “el futuro” o “la reconstrucción del campo popular”, lo que hay es una pelea por quién manda en el peronismo bonaerense.
El sueño de La Cámpora sigue siendo que uno de los propios llegue a la presidencia. Si es Máximo, mejor. Cualquier otro nombre, incluso el de Kicillof, es visto con recelo. La interna no se trata de proyectos de país contrapuestos: nadie discute el rol del Estado, la distribución o los ejes históricos del peronismo. Lo que se juega acá es quién conduce, quién pone los candidatos y, en definitiva, quién se queda con el poder.
La disputa ya se traslada a los territorios. Se libra en la conducción del PJ bonaerense, en las listas legislativas, en los concejos deliberantes. Intendentes camporistas critican al gobernador sin filtro, rompiendo códigos históricos de verticalismo partidario. Funcionarios de Kicillof les responden sin sutilezas. Las lealtades están a prueba y las líneas internas se endurecen.
Mientras tanto, puertas afuera, todos insisten en hablar de unidad. Pero esa unidad hoy es más una consigna que una realidad. No hay señales de estrategia compartida, ni definiciones sobre cómo se resolverá la conducción partidaria, ni liderazgos legitimados por consenso.
Como si fuera poco, otro grave problema amenaza al peronismo: la baja participación en las elecciones de este año. En muchos distritos bonaerenses, el desencanto con la dirigencia se tradujo en una apatía generalizada. La gente dejó de votar, dejó de creer. Y en ese contexto, un oficialismo dividido y enredado en internas palaciegas solo profundiza la crisis.
El riesgo es claro: si el peronismo llega fragmentado a 2025, no solo compromete sus chances en la Provincia, sino que debilita toda posibilidad de volver a gobernar la Nación en 2027. Mientras la derecha se reorganiza con velocidad y ambición, el peronismo bonaerense sigue atrapado en una pelea de poder que, de no resolverse, podría costarle mucho más que una elección.


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