
Ormuz en crisis: el petróleo pierde reservas y el mercado queda en volatilidad extrema
Medio Oriente. El mercado entra en déficit, con caídas de producción, menor
refinación y precios expuestos a nuevas oscilaciones en el corto plazo.
Juan Salguero Simoy
El desarrollo petrolero argentino acaba de marcar un cambio de época. Por primera vez, el crudo se convirtió en el principal producto individual de exportación del país, desplazando al maíz, al poroto y a la harina de soja incluso en plena temporada de cosecha gruesa. El hito refleja el crecimiento acelerado de Vaca Muerta y consolida una transformación profunda de la matriz exportadora nacional. Sin embargo, detrás del éxito comercial también aparece un interrogante de fondo: ¿puede una economía sostener su desarrollo apostando casi exclusivamente a sectores extractivos que generan divisas, pero relativamente poco empleo?
Los números explican la magnitud del fenómeno. El petróleo ya representa más del 12% de todas las exportaciones argentinas y el complejo petrolero-petroquímico se consolidó como la segunda fuerza exportadora del país. Al mismo tiempo, el rubro de combustibles y energía registró incrementos interanuales superiores al 160% en algunos meses de alta producción, impulsando un superávit comercial histórico gracias al aumento de las ventas externas y a la reducción de las importaciones energéticas. El epicentro de esta transformación es Vaca Muerta, donde el shale oil explica más del 70% del crudo exportado, con YPF como principal operador y una infraestructura en expansión que incluye el oleoducto Vaca Muerta Oil Sur (VMOS) y puertos como Puerto Rosales, que registran récords de carga hacia mercados como Estados Unidos, Chile y Brasil.
Este escenario representa un cambio estructural para la economía argentina. Durante décadas, el ingreso de dólares dependió casi exclusivamente del desempeño del agro y de variables difíciles de controlar, como las sequías o la cotización internacional de los granos. Hoy el país comienza a apoyarse sobre un esquema de "dos motores", donde la energía acompaña al campo en la generación de divisas y reduce parte de la histórica restricción externa que alimentó sucesivas crisis cambiarias. Para el gobierno de Javier Milei, este proceso constituye una validación de su programa económico basado en la desregulación, la apertura y los incentivos fiscales para las grandes inversiones mediante el RIGI y el recientemente impulsado Súper RIGI.
El Ejecutivo apuesta a que ese flujo permanente de dólares permita sostener la estabilidad macroeconómica y financie una etapa de crecimiento liderada por el capital privado. En ese marco, el auge petrolero ocupa un lugar similar al que tuvo el boom de la soja durante los años de altos precios internacionales: una fuente extraordinaria de divisas que fortalece las reservas, mejora la balanza comercial y sostiene las expectativas de recuperación. La expansión de Vaca Muerta y la llegada de inversiones privadas aparecen así como uno de los principales pilares sobre los que el oficialismo busca construir su nuevo modelo económico.

Sin embargo, el propio éxito del sector también expone los límites de este modelo: el riesgo de una creciente primarización de la economía, donde los recursos financieros, las inversiones y el capital humano se concentren cada vez más en actividades extractivas como el petróleo y la minería, mientras la industria manufacturera pierde peso relativo. Un plan económico excesivamente apoyado en la exportación de materias primas puede fortalecer el ingreso de dólares, pero al mismo tiempo reducir el desarrollo de cadenas de valor con mayor contenido tecnológico y empleo industrial.
Si bien Vaca Muerta genera miles de puestos de trabajo altamente calificados y constituye el principal motor del empleo privado en la Patagonia, se trata de una actividad intensiva en capital y tecnología, no en mano de obra masiva. La producción no convencional requiere apenas 77 trabajadores para producir un millón de barriles equivalentes de petróleo, mientras que los yacimientos convencionales demandan entre 178 y 189 operarios para el mismo volumen. Además, gran parte del crecimiento laboral permanece concentrado en la Cuenca Neuquina, sin capacidad para absorber el desempleo de los grandes centros urbanos del país.
La minería presenta una lógica similar. Aunque aporta miles de millones de dólares y dinamiza economías regionales, genera alrededor de 40.000 empleos directos en un mercado laboral con más de seis millones de asalariados privados formales. Esa diferencia evidencia que ni el petróleo ni la megaminería pueden reemplazar el papel que históricamente desempeñaron la industria manufacturera, la construcción, el comercio o las pequeñas y medianas empresas como grandes generadores de trabajo. El riesgo es consolidar una economía de enclaves, con polos altamente desarrollados conviviendo con regiones donde la actividad productiva continúa perdiendo empleo.
El récord exportador del petróleo marca, sin dudas, una oportunidad histórica para Argentina. La posibilidad de contar con una fuente estable de divisas puede aliviar uno de los problemas estructurales de la economía nacional. Pero el desafío será evitar que ese éxito se convierta en el único motor del crecimiento. Los dólares que generan Vaca Muerta y la minería pueden ofrecer estabilidad macroeconómica, aunque difícilmente alcancen por sí solos para resolver el principal desafío social del país: crear empleo de calidad para millones de argentinos. Sin una industria, un comercio y un entramado pyme dinámicos, el cambio de matriz exportadora corre el riesgo de quedar en la historia como una transformación incompleta.












