Argentina, tierra donde los hijos de Martín Fierro jamás se entregan

Tras la derrota argentina en la final del Mundial, una ola internacional de críticas presentó al país como racista, intolerante y moralmente sospechoso. Pero detrás de esa condena aparece una disputa más profunda: la búsqueda de erosionar una identidad nacional que conserva orgullo, memoria política, capacidad de resistencia y recursos estratégicos. Entre el progresismo woke y una nueva derecha subordinada al poder global, la derrota moral se convierte en el paso previo para disciplinar a una sociedad que todavía sabe decir que no.
ANALISIS 24 de julio de 2026 Lic. Luciano Gabriel Ronzoni Guzmán
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Lic. Luciano Gabriel Ronzoni Guzmán *

Luego de finalizar la Copa Mundial de Fútbol disputada en México, EEUU y Canadá, donde la Selección Argentina perdió la final 1 a 0 frente a España, comenzó una verdadera tormenta de críticas hacia nuestro país. La mayoría coincidió en presentar a la Argentina como una nación racista por la ausencia de jugadores negros en el equipo, asociarla al sionismo y mostrarla incapaz de respetar las reglas de convivencia.

Sería ingenuo pensar que fueron expresiones aisladas. A la furia anti albiceleste se sumaron figuras de Hollywood, la política estadounidense, la música y el cine. Samuel L. Jackson, Javier Bardem, la congresista Jasmine Crockett, Patti Smith, Rosalía y Pedro Pascal entre otros compartieron comentarios ofensivos en el mismo tono, mientras las redes sociales se inundaron de críticas directamente anti argentinas.

¿Por qué Argentina se convirtió en objeto de una condena cultural tan rápida, violenta y homogénea? No se trató de intervenciones dispersas, sino de expresiones surgidas de distintos ámbitos de la cultura y la política que apuntaron a definir a los argentinos como un sujeto colectivo moralmente cuestionable.

Para derrotar a un pueblo orgulloso como el argentino primero es necesario provocar una derrota moral: convertir su dignidad, su orgullo y la fe en sí mismo en algo abyecto, sometido e incapaz de defenderse frente a intervenciones contrarias a sus intereses.

¿Cómo se opera para construir una derrota moral?

Toda forma de dominación necesita que ciertas ideas dejen de discutirse y comiencen a percibirse como naturales. Oswald Spengler sostuvo que las civilizaciones comienzan a derrumbarse cuando dejan de creer en sí mismas, se avergüenzan de sus valores y debilitan los lazos que las mantienen unidas.

 Desde otra tradición, Antonio Gramsci comprendió este mecanismo al sostener que las clases dominantes no se imponen únicamente por la fuerza, sino también moldeando el sentido común. Cuando un pueblo deja de interpretar la realidad con sus propios ojos y comienza a hacerlo con la mirada de quienes ejercen el poder, pierde la capacidad de decidir el rumbo de su historia.

Émile Durkheim advirtió que toda sociedad necesita valores compartidos que le otorguen cohesión. Cuando ese entramado se rompe aparece la anomia y los individuos dejan de reconocerse como parte de un mismo proyecto colectivo.

Conservador, marxista y uno de los padres de la sociología arribaron a una intuición semejante: ninguna sociedad puede sostenerse cuando pierde el sentido de sí misma. Provocar una derrota moral busca convertir la identidad en vergüenza, transformar el orgullo en culpa y lograr que una sociedad deje de defenderse.

La derrota moral argentina llega de la mano de dos enemigos íntimos

Argentina está siendo golpeada desde ámbitos que aparentan disputar entre sí, pero terminan persiguiendo un mismo resultado. Uno de ellos es el progresismo woke, que reivindica luchas identitarias en consonancia con la estructura económica imperante. Su lógica consiste en construir identidades particularizadas que se expresan colectivamente sin abandonar el individualismo neoliberal.

Las demandas que antes representaban conflictos sociales de las mayorías se transforman en reivindicaciones fragmentarias que alcanzan enorme visibilidad sin poner en crisis la estructura dominante. Por el contrario, permiten a las grandes corporaciones revestirse de una ética aceptable sin modificar las condiciones materiales que afectan a las mayorías.

Lo políticamente correcto funciona como una domesticación de la protesta. Desplaza la discusión hacia conflictos identitarios y relega aquellos que exigen transformaciones estructurales. Para un sistema ultracapitalista siempre resulta más sencillo conceder bienes simbólicos que afrontar los costos de resolver problemas económicos, laborales o habitacionales.

En ese marco, toda afirmación de la identidad nacional puede reinterpretarse como privilegio, exclusión o superioridad moral. Las identidades mayoritarias quedan bajo sospecha, mientras las fragmentarias adquieren una legitimidad superior. La pertenencia nacional deja de entenderse como cohesión colectiva y pasa a considerarse un instrumento de dominación que debe ser vigilado, corregido o destruido.

Argentina, por conservar una identidad intensa, una cultura popular arraigada y una fuerte conciencia de pertenencia, se convierte en un blanco privilegiado. La derrota moral comienza cuando un pueblo deja de defender aquello que lo constituye y empieza a pedir disculpas por ser quien es.

Por otro lado, la nueva derecha, caracterizada por la defensa de la economía global, del capital transnacional y del sionismo, ha operado para socavar la identidad nacional argentina. Aunque se presenta como defensora de la nación, subordina los intereses del país a poderes externos y convierte toda tradición que resista esa subordinación en una expresión atrasada o decadente.

A diferencia del progresismo woke, que oculta su articulación con el poder bajo un discurso emancipador, la nueva derecha opera de manera más transparente. No busca transformar las estructuras del poder global, sino alinearse con ellas y presentar ese alineamiento como el único camino posible. Su originalidad no consiste en defender intereses concentrados, sino en lograr que amplios sectores perciban esa defensa como patriotismo. La soberanía deja de ser la capacidad de un pueblo para decidir su destino y pasa a confundirse con la aceptación de un orden definido por otros.

No es casual escuchar al presidente Javier Milei hablar de terminar con el “patriotismo berreta” mientras agita una bandera israelí. Se refiere a un patriotismo arraigado en la justicia social, la causa Malvinas, la defensa de la comunidad y la primacía del interés colectivo.

La disputa también alcanza las tradiciones religiosas. Una de las herramientas de esta ofensiva ha sido la promoción de corrientes pentecostales y evangélicas de orientación sionista. Su ethos exalta la propiedad privada, el éxito económico individual como signo de gracia divina y la identificación espiritual con Israel como “pueblo elegido por Dios”.

Este sistema se contrapone al ethos católico mayoritario en la Argentina, que ha situado históricamente a la comunidad y la solidaridad en el centro de la cohesión nacional. La peregrinación a Luján, la devoción a San Cayetano y las expresiones marianas no son solamente manifestaciones religiosas, sino formas de pertenencia, memoria e identidad colectiva. Ese entramado conserva, una idea de comunidad y mantiene viva una tradición inseparable de la identidad argentina.

Ambas expresiones, el progresismo woke y la nueva derecha, vienen operando sobre la identidad argentina desde hace años. El Mundial apenas lo acelera, lo amplifica y lo vuelve visible. Dos corrientes que parecen antagónicas terminan convergiendo en un mismo resultado: debilitar la cohesión nacional y erosionar la capacidad de los argentinos para decidir su destino.

Los Hijos de Martín Fierro nunca se entregan

¿Por qué la Argentina? Porque posee una identidad cultural difícil de domesticar, una tradición política atravesada por la movilización popular y una riqueza material que le otorga un lugar estratégico. La cultura sostiene la voluntad, la política la organiza y el territorio le concede una base desde la cual ejercerla. Es una comunidad con amor propio con una identificación que no acepta fácilmente la obediencia.

La identidad argentina se construyó alrededor de una relación conflictiva con la autoridad. Es una forma histórica de mirar el poder con desconfianza, discutir sus jerarquías y resistir toda tutela. Esa irreverencia aparece en la cultura popular, el lenguaje, el humor y una tradición gauchesca que convirtió al hombre enfrentado con la ley injusta en una figura central.

Martín Fierro representa a una sociedad que se reconoce en quien fue despojado y obligado a someterse a un orden construido por un poder inicuo. Fierro no rechaza toda ley, sino aquella que exige obediencia sin ofrecer justicia. La autoridad puede ser respetada, pero necesita legitimarse. Cuando pierde esa legitimidad, el desacato se convierte en un grito de dignidad.

Incluso después de derrotas económicas y crisis institucionales, la Argentina conserva una imagen elevada de sí misma. Puede ser exagerada o contradictoria, pero constituye una reserva moral que impide aceptar por completo la subordinación. Una reserva que sigue viva y latente.

Una política construida en la calle

La historia argentina está atravesada por movilizaciones, huelgas y rebeliones. Desde las luchas obreras hasta el 17 de octubre, desde la resistencia peronista hasta Malvinas y la caída de la Dictadura, desde las jornadas de 2001 hasta las movilizaciones recientes, la sociedad argentina ha demostrado capacidad para convertir el espacio público en territorio de disputa.

Estas experiencias no defendieron siempre los mismos intereses, pero comparten la convicción de que el pueblo puede intervenir en la historia. Argentina puede ser endeudada, empobrecida o sometida a presiones externas, pero conserva una memoria política que le recuerda que siempre existe la posibilidad de decir que no.

La causa Malvinas, la defensa del trabajo, la justicia social, el rechazo a los condicionamientos extranjeros y la reivindicación de los recursos nacionales forman parte de una tradición según la cual las decisiones fundamentales deben responder al interés nacional. Para disciplinar una sociedad con esa memoria no alcanza con aplicar un programa económico. Es necesario convencerla de que su historia es vergonzosa y sus luchas fueron inútiles.

La riqueza detrás de la condena

Argentina posee capacidad de producción de alimentos, reservas de agua dulce, recursos energéticos, minerales estratégicos y una posición privilegiada entre el Atlántico Sur, la Antártida y América del Sur. Vaca Muerta, el litio, la producción agroindustrial, el Mar Argentino y la proyección antártica convierten al país en una pieza relevante dentro de las disputas globales.

El problema aparece cuando una sociedad que posee esos recursos conserva además una identidad política capaz de discutir quién los controla, cómo se explotan y hacia dónde se distribuyen sus beneficios. Una población desmoralizada puede aceptar que sus riquezas sean administradas desde afuera. Una comunidad orgullosa puede reclamar soberanía, participación y justicia distributiva.

La tradición cultural alimenta la rebeldía, la experiencia política la transforma en capacidad de movilización y la riqueza material convierte esa voluntad en un obstáculo para quienes pretenden organizar el territorio argentino según intereses ajenos. La derrota moral prepara el terreno para la subordinación económica.

Sin embargo, en la Argentina opera una paradoja que sus adversarios no siempre comprenden. Cuanto más atacan su identidad, más intensa puede volverse. Cada intento de humillación despierta una memoria profunda, reactiva símbolos y vuelve a reunir a una sociedad que a veces parece fragmentarse. La condena externa no produce sumisión en los argentinos. Generalmente ocurre todo lo contrario.

La identidad argentina posee esa capacidad de fortalecerse frente al agravio. Fue construida alrededor de derrotas que se transformaron en memoria, de pérdidas que se convirtieron en causas y de humillaciones que alimentaron nuevas resistencias. Pero también se nutrió de grandes triunfos populares, conquistas sociales y gestas colectivas que demostraron que la voluntad de las mayorías podía modificar la historia. Fierro sigue ocupando un lugar central porque expresa una certeza todavía vigente: hay momentos en los que obedecer significa perder la dignidad.

Por eso, después de vencer al rival ancestral, un grupo de muchachos volvió a unir el fútbol con una causa que atraviesa generaciones. Mostraron una bandera plebeya que reafirmaba la soberanía argentina sobre las Islas Malvinas. El gesto desobedecía cualquier reglamente deportivo o legal. Expresaba una memoria colectiva que permanece viva incluso allí donde se pretende reducirla al silencio. El hecho social no se modifica por un decreto.

Una vez más, la identidad nacional apareció en el momento menos esperado, convirtiendo una victoria deportiva en una afirmación política. Una identidad orgullosa es un obstáculo cuando se pretende disciplinar económicamente a una sociedad. Pero Argentina tiene además una característica que vuelve esa tarea todavía más difícil: cuanto más se intenta destruir sus valores y su orgullo, más poderosa se vuelve. Porque además es una costumbre argentina decir ¡No! cuando callar y decir ¡Sí! sería el camino más lógico y en apariencia beneficioso. Los hijos de Fierro pueden ser vencidos, perseguidos y empobrecidos. Lo que nunca resultará sencillo es lograr que se entreguen.

*Sociólogo, docente, especialista en inteligencia militar, analista geopolítico

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