Caricias significativas

La repetición coordinada de mensajes, el uso de trolls y las cuentas falsas buscan fabricar una sensación de consenso en las redes sociales. El riesgo aparece cuando la política confunde esa representación artificial con la verdadera opinión pública y comienza a gobernar dentro de una realidad construida por sus propios dispositivos digitales.
ANALISIS 27 de agosto de 2026Martín Ramirez TacgorianMartín Ramirez Tacgorian

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Durante los años del gobierno de Mauricio Macri, la expresión “caricias significativas” se convirtió en el símbolo involuntario de una nueva forma de hacer política en las redes sociales. La frase, repetida de manera idéntica por distintas cuentas, dejó al descubierto un mecanismo que buscaba amplificar apoyos, instalar determinados climas de opinión y presentar como espontánea una conversación que, en realidad, parecía responder a una coordinación previa.

Aquella estrategia quedó asociada al sistema de comunicación conducido por Marcos Peña y a una concepción política que entendía las redes como un territorio central para construir cercanía, organizar comunidades y fortalecer el vínculo entre el Gobierno y sus seguidores. No se trataba solamente de difundir información oficial. El objetivo era producir una corriente de opinión favorable que pudiera reproducirse, expandirse y convertirse en parte de la conversación pública.

Las “caricias significativas” quedaron en la memoria como un error evidente de automatización, pero el episodio reveló algo mucho más importante: por primera vez, una parte significativa de la sociedad pudo observar cómo distintas cuentas repetían exactamente el mismo mensaje con la intención de simular una reacción ciudadana genuina.

Años después, el mecanismo vuelve a aparecer con otros protagonistas, nuevas plataformas y un grado mucho mayor de sofisticación. Ya no siempre se trata de copiar y pegar una frase idéntica. Las estrategias actuales pueden incluir cuentas anónimas, perfiles con identidades aparentemente reales, influencers alineados, usuarios coordinados y comunidades digitales organizadas para instalar determinadas interpretaciones sobre los acontecimientos.

El método puede cambiar, pero la lógica permanece: reproducir una idea tantas veces como sea necesario hasta que parezca representar el pensamiento mayoritario de la sociedad.

La repetición cumple una función política. Cuando cientos o miles de cuentas utilizan los mismos argumentos, destacan los mismos aspectos de una noticia y atacan simultáneamente a las mismas personas, se construye una sensación de consenso. Quien observa esa conversación puede llegar a creer que está frente a una reacción espontánea de la ciudadanía, cuando en realidad podría tratarse de una operación organizada.

La estrategia busca que una posición minoritaria parezca mayoritaria, que una interpretación partidaria se presente como sentido común y que una acción coordinada sea percibida como una reacción natural de la comunidad digital.

En este esquema, el objetivo no es convencer mediante argumentos. Lo que importa es ocupar el espacio, aumentar el volumen y reducir la visibilidad de las posiciones contrarias. La cantidad de mensajes intenta reemplazar la calidad del debate. Una misma idea repetida miles de veces puede terminar adquiriendo una apariencia de verdad, aunque no tenga un respaldo real fuera de las plataformas.

Las redes sociales favorecen este proceso porque sus algoritmos premian la interacción. Una discusión intensa, una respuesta agresiva o una publicación polémica pueden alcanzar mayor visibilidad que un análisis moderado y argumentado. El sistema no necesariamente distingue entre consenso, indignación, coordinación o conflicto. Simplemente interpreta que existe interés y amplifica el contenido.

Por eso, una pequeña comunidad organizada puede ocupar una parte considerable de la conversación digital. No necesita representar a toda la sociedad. Le alcanza con publicar más rápido, responder de manera coordinada y mantener un nivel constante de actividad.

En muchos casos, estas redes de cuentas cumplen una doble función. Por un lado, celebran las decisiones del espacio político al que responden. Por otro, atacan, ridiculizan o desacreditan a quienes expresan una posición diferente. La construcción del consenso artificial se complementa así con una estrategia de disciplinamiento.

Cuando un periodista, dirigente, especialista o ciudadano publica una crítica y recibe inmediatamente cientos de respuestas agresivas, puede llegar a sentir que su opinión está completamente aislada. Incluso quienes observan la discusión sin participar pueden interpretar que existe un rechazo social generalizado hacia esa posición.

La agresión coordinada no busca necesariamente modificar la opinión de la persona atacada. Muchas veces pretende enviarles una advertencia a todos los demás: opinar tiene un costo.

De esta manera, las redes dejan de funcionar como un espacio abierto de intercambio y se convierten en un territorio condicionado por el miedo a la exposición, la burla y el hostigamiento. Algunas personas deciden no participar. Otras moderan sus críticas. Muchas abandonan la conversación. El resultado es una comunidad digital cada vez menos representativa, en la que las voces más organizadas y agresivas terminan ocupando el lugar de quienes prefieren no exponerse.

Ese silencio también puede ser utilizado como una confirmación del supuesto consenso. Si las posiciones críticas desaparecen o pierden visibilidad, el oficialismo digital puede presentarse como ampliamente mayoritario. Sin embargo, no necesariamente convenció a los demás: quizá solamente logró expulsarlos del debate.

Aquí aparece una distinción fundamental. La conversación en las redes sociales no equivale a la opinión pública. Una tendencia no es una encuesta, una catarata de respuestas no representa necesariamente a una comunidad y miles de publicaciones coordinadas no equivalen a miles de ciudadanos actuando libremente.

La opinión pública se forma mediante experiencias sociales mucho más complejas: la situación económica, el trabajo, la seguridad, la calidad de los servicios públicos, las relaciones familiares, los medios de comunicación, las conversaciones cotidianas y la evaluación personal de las decisiones de gobierno. Las redes forman parte de esa construcción, pero no pueden reemplazarla por completo.

El problema es que el mundo digital ofrece datos inmediatos, visibles y fáciles de interpretar. Los “me gusta”, las visualizaciones, los seguidores y las tendencias producen una sensación de precisión. Frente a la complejidad de la sociedad, esos números parecen brindar una respuesta rápida: quién gana una discusión, qué dirigente conserva apoyo o qué posición domina la agenda.

Pero esa información puede estar profundamente distorsionada. Una persona puede administrar varias cuentas. Un grupo reducido puede publicar cientos de mensajes. Una comunidad organizada puede conseguir que una consigna alcance los primeros lugares de una tendencia. Incluso una publicación con miles de interacciones puede no tener ningún impacto significativo fuera de la plataforma.

La visibilidad digital no es necesariamente representatividad social.

El verdadero peligro comienza cuando los propios gobiernos y espacios políticos creen en la realidad que ayudaron a fabricar. Rodeados de usuarios que celebran cada decisión, justifican cada error y descalifican cualquier cuestionamiento, pueden interpretar que cuentan con un respaldo social mucho mayor del que efectivamente poseen.

La herramienta diseñada para influir sobre los demás termina engañando a quienes la crearon.

Si un dirigente observa permanentemente una comunidad digital que lo felicita, puede concluir que sus decisiones cuentan con un apoyo generalizado. Si cada crítica es presentada como una operación opositora, puede perder la capacidad de reconocer reclamos legítimos. Si los problemas quedan ocultos debajo de tendencias favorables, la política comienza a gobernar mirando una pantalla que devuelve una imagen deformada de la sociedad.

Entonces, el dispositivo deja de ser solamente comunicacional y empieza a tener consecuencias políticas. Se toman decisiones basadas en una percepción artificial, se subestiman conflictos reales y se interpreta cualquier manifestación de malestar como una anomalía provocada por adversarios.

El mundo digital puede condicionar la realidad cuando logra instalar temas, modificar percepciones y orientar la cobertura de los medios. Una tendencia puede impulsar una discusión pública. Una campaña coordinada puede afectar la reputación de una persona. Una acusación repetida miles de veces puede generar sospechas, aun cuando nunca haya sido demostrada.

En ese sentido, las plataformas no son un espacio separado de la realidad. Lo que sucede dentro de ellas puede producir consecuencias concretas fuera de ellas. Puede dañar vínculos, influir en decisiones electorales, modificar agendas y alterar la percepción sobre dirigentes, instituciones o acontecimientos.

Pero el mundo digital difícilmente pueda reemplazar de manera permanente la experiencia cotidiana de la sociedad. Puede intentar convencer a una persona de que la economía está mejorando, pero no puede modificar el dinero disponible en su bolsillo. Puede instalar que un servicio público funciona correctamente, pero no puede evitar que un usuario experimente sus deficiencias. Puede construir una imagen de orden, pero no eliminar la inseguridad que alguien percibe en su barrio.

La comunicación tiene capacidad para organizar e interpretar la realidad, pero encuentra un límite cuando el relato contradice de manera constante la experiencia concreta.

Por eso, el momento más peligroso para un gobierno no es cuando fracasa su estrategia digital, sino cuando funciona demasiado bien dentro de su propia comunidad. El éxito en las redes puede generar una burbuja de confirmación en la que dirigentes, funcionarios y militantes solamente escuchan aquello que desean escuchar.

Dentro de esa burbuja, las críticas siempre son operaciones, las encuestas desfavorables están manipuladas, los periodistas son enemigos y cualquier manifestación de descontento responde a una conspiración. La realidad deja de ser una fuente de información y se convierte en una molestia que debe ser desacreditada.

La política, sin embargo, necesita escuchar aquello que no controla. Gobernar implica reconocer problemas, interpretar demandas y comprender que el malestar social no desaparece porque una comunidad digital decida negarlo.

Las redes pueden ser una poderosa herramienta de comunicación, participación y organización. El problema no reside en utilizarlas políticamente, sino en convertirlas en una maquinaria destinada a simular adhesiones, perseguir disidencias y fabricar una opinión pública inexistente.

Las “caricias significativas” fueron recordadas como una falla evidente de una estrategia digital. Sin embargo, su verdadero significado fue mucho más profundo. Anticiparon una etapa en la que la política comenzaría a disputar no solamente el voto o la agenda, sino también la percepción de aquello que la sociedad supuestamente piensa.

Hoy esa disputa es permanente. Cada tendencia intenta presentarse como una mayoría. Cada comunidad busca imponer su interpretación. Cada réplica coordinada intenta transformar una posición partidaria en una verdad social.

La pregunta, entonces, no es solamente si el mundo digital puede sobrepasar a la realidad. Durante un tiempo, puede hacerlo. Puede ocupar la conversación, intimidar voces, alterar percepciones e incluso convencer a la política de que el escenario virtual representa fielmente a la sociedad.

Pero existe un límite inevitable. Cuando la vida cotidiana contradice el relato, la construcción comienza a resquebrajarse. Una campaña puede multiplicar mensajes, fabricar tendencias y producir una sensación de respaldo. Lo que no puede hacer indefinidamente es cambiar la experiencia concreta de millones de personas.

Las redes pueden imponer una conversación. No siempre pueden imponer una realidad.

Y cuando la política descubre esa diferencia, generalmente ya es demasiado tarde: pasó demasiado tiempo escuchando las caricias de sus propias cuentas y demasiado poco atendiendo las señales de una sociedad que pensaba otra cosa.

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