
La lucha por el espacio y el poder: Vuelve la conquista de territorios a la política internacional
Lic. Andrés Berazategui
Como venimos insistiendo desde este medio, la vuelta de la competencia de poderes es el aspecto fundamental que da forma a las relaciones internacionales de hoy en día. Y esta competencia no se manifiesta solo en la búsqueda de ventajas económicas o en la demostración de influencia diplomática.
Como si fuera poco, comienza a hablarse de manera cada vez más abierta y explícita de la necesidad de anexar territorios, por las buenas o por las malas. Si miramos el actual tablero internacional, veremos que algunos no solamente hablan: basta con ver las acciones de Rusia en Ucrania o de Israel en Gaza para aceptar el hecho puro y duro de que hay Estados que buscan, a través del instrumento militar si es necesario, incorporar territorios al espacio nacional. Y no se trata de justificar o defender nada. Quien revise el pasado verá que la lucha por el espacio y el poder es una constante en la historia de la humanidad.
Al fin y al cabo, para defender sus intereses nacionales los Estados utilizan sus atributos de poder para perseguir sus objetivos, y entre ellos está el territorio. Fijo en el espacio, pero con fronteras que se pueden modificar; estable en el tiempo, pero con acciones humanas que lo pueden reformar; productivo en lo económico, pero con explotaciones o cambios climáticos que lo pueden inutilizar o mejorar; el territorio puede ser objeto de lucha cuando un Estado lo percibe como de interés vital, y este es el tipo de interés por el cual un Estado puede ir a la guerra con tal de defenderlo.
Una reciente publicación en la revista Foreign Affairs trae a colación este tema y nos da el pie para explayarnos un poco más. Se trata del artículo “La era venidera de la expansión territorial”, de Michael Albertus. El autor pone el acento en la influencia del cambio climático cuando argumenta sobre la vuelta de la conquista territorial. Agregamos nosotros que también son fuertes las razones demográficas, económicas y de seguridad por las cuales algunos actores miran con interés territorios que no dominan.
En cualquier caso, el autor argumenta cómo las presiones climáticas, demográficas y económicas aumentarán los incentivos para que los Estados busquen nuevos espacios. Como suele ocurrir en la política internacional, los temas de agenda son aquellos que les importa a las potencias, y hoy en día, finalizada la globalización de posguerra fría, los territorios y sus vaivenes adquieren otra relevancia. Todo esto puede constatarse con una Rusia que, a marzo de 2025, ya ocupa el 20% de Ucrania; con un Netanyahu que ha declarado intenciones de apropiarse de la Franja de Gaza y vuelve a hablarse del Gran Israel; cuando Donald Trump afirma que es una cuestión de seguridad nacional poseer Groenlandia y recuperar el Canal de Panamá; cuando Beijing se ha vuelto inflexible con Taiwán y la “Línea de los nueve puntos” en el Mar del Sur de China.
Pero volvamos al artículo de Albertus. El autor dice que “la apuesta de Washington por Groenlandia es solo el primer capítulo de una nueva competencia global por el territorio”. Y esta nueva competencia se verá acicateada, según nos dice, por cuestiones como el cambio en la productividad de los suelos; por poblaciones que se retirarán de las zonas costeras y migrarán a zonas más altas; por el aumento en las enfermedades y muertes en los climas muy cálidos; por los mayores costes energéticos de zonas las calientes; por la escasez de agua. Pasando en limpio: habrá presiones demográficas en zonas ya ocupadas y productivas o sobre regiones “vacías” propiedad de otros.
Sea o no catastrofista el planteo, la lucha por el espacio y el poder ya ha comenzado, y las regiones con baja demografía, soberanía disputada o acceso compartido verán sus statu quo desafiados. Esto lleva a decir a Albertus que “en un mundo en el que la ley del más fuerte es la ley, los países que busquen nuevos territorios tal vez no duden en usar la fuerza para conseguirlos”. Y estamos de acuerdo. Cuando un interés llega a ser vital, los Estados no dudan en poner todos los recursos a su alcance para lograr sus objetivos.
Una breve consideración desde Argentina. Nuestro país tiene una distribución demográfica híperconcentrada; vastos territorios con escasa población; disputas con Gran Bretaña en el Atlántico Sur; reclamos de soberanía en la Antártida que se superponen con Chile y —otra vez— Gran Bretaña; enormes cantidades (por ejemplo) de litio y petróleo no convencional. Si no estamos equivocados y ha comenzado una nueva carrera por el territorio, deberíamos preguntarnos: ¿Seguiremos anclados en la mentalidad candorosa de que el comercio, los acuerdos y la diplomacia resolverán más tarde o más temprano nuestros interses? ¿Las eternas apelaciones al derecho internacional harán que “la comunidad internacional” nos dé la razón en lo que pidamos? ¿Políticas de defensa alineadas con una potencia resultarán útiles en la nueva etapa de países conquistadores? ¿Las políticas de compromiso son las únicas útiles para conducir nuestra política exterior?
La conquista territorial no es una excepción o una anomalía de la historia. Por el contrario, a lo largo de los siglos se han visto muchísimas anexiones por la fuerza o bien cambios de configuración política que modificaron el tamaño y la forma de los Estados. Esa ha sido la regla. Que no haya habido conquistas en algunas pocas décadas (en Occidente) no autoriza a derivar conclusiones que contradigan lo que ha sido una constante en la política internacional. Esto nos lleva a afirmar que es peligroso creer que los territorios estatales son inmodificables, como también es peligroso confiar en que tener aliados permanentes siempre y en todo momento será beneficioso; o que es bueno desmerecer el uso de la fuerza para resguardar el interés nacional. Los tiempos venideros serán turbulentos y las potencias buscarán obtener ventajas en todos los segmentos estratégicos de competencia, y el territorio es uno de ellos. En mundo así, la única manera de actuar adecuadamente es con sabiduría, prudencia y un robusto poder nacional. Como ha sido siempre, en definitiva.


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