
El fin del “mundo uno”: comunicación, pluralidad cultural y cambios políticos
Lic. Andrés Berazategui
Las comunicaciones han tenido un impulso espectacular, durante las últimas décadas, en la manera de transmitir valores, culturas y experiencias, a tal punto que en los años noventa y principios de los dos mil la convicción dominante era que el mundo se convertiría en una aldea global dotada de una “cultura” hegemónica estandarizada con fuerte impronta occidental, pero sobre todo norteamericana. Se pensó que, una vez terminada la guerra fría, la expansión del modelo de orden internacional liberal, basado en mercados abiertos, democracia y derechos humanos serían aceptados más tarde o más temprano por todo el planeta de manera inapelable.
Al ser los Estados Unidos la locomotora de esa experiencia, se creía que, paralelamente a la expansión del capitalismo —y siguiendo su lógica de uniformar la realidad como espacios de compra-venta—, ese modelo de orden también transmitiría los gustos, productos e “industrias culturales” propios de los Estados Unidos. En esa época, no faltaron razones para confirmar esa sospecha: la expansión de la televisión por cable, el nacimiento de internet y la aparición de las redes sociales confirmaron que la técnica estaba ayudando de manera acelerada a la homogeneización del mundo bajo la difusión cultural norteamericana.
Si hablamos desde nuestra experiencia personal, en los noventa siendo adolescentes (y en buena medida también por la novedad) las noticias internacionales las mirábamos por CNN; de la música nos poníamos al día por MTV, donde se escuchaba de manera predominante música cantada en inglés originada y/o producida en los Estados Unidos. Desde ya que los canales de películas transmitían básicamente cine de Hollywood. ¡Hasta básquet de la NBA mirábamos! La influencia llegó incluso a lo culinario: estaba de moda comprar comida rápida en cierta empresa de “arcos dorados” que se transformaría en un símbolo de esa norteamericanización planetaria.
Por supuesto que esta situación llevó a muchos críticos a señalar que esa homogeneización global constituía un verdadero peligro. Las críticas fueron múltiples y desde variados puntos de vista: se dijo que la globalización no era un simple efecto de las comunicaciones, sino una expansión del capitalismo y sus lógicas de mercado; que la hegemonía mediática norteamericana encubría la imposición de valores extraños; que la estandarización de normas obligaría a todos los países a doblegarse ante el único hegemón global; que la cultura norteamericana tenía una tosquedad orientada al consumo que barrería con las complejidades y riquezas de las diversas tradiciones. Estas y muchas críticas más se le hicieron a la globalización occidental, cada una con su parte de razón y de temor.
Sin embargo, y para sorpresa de muchos, precisamente los medios de comunicación y la técnica que sirvieron a ese proceso de igualación fueron los que decantaron en exactamente lo contrario: así, se multiplicaron las narrativas y se visibilizaron multitud de culturas, costumbres e incluso modas. Y no hablamos solamente de “culturas” en el sentido nacional-occidental de la expresión, tal como las entendemos por estos lares. También emergieron diversos tipos de demandas sociales, ambientales, históricas, etc.
Los medios de comunicación y las redes sociales pasaron a ser catalizadores de multiplicidad de voces que antes no podían proferir sus realidades. Del “basic english” pasamos al etnopluralismo. De la centralización de la autoridad a la liquidez de la acción y las vivencias. De un relato unificado que legitimaba la hegemonía occidental a la preferencia de lo propio y el rechazo de la imposición cultural. Ahora bien, en este contexto el exhegemón global no quiere perder su estatus dominante, ya que en definitiva todavía importan la lucha por el poder, el espacio y el modelo de orden internacional por construir. Sin embargo, es cada vez más evidente la sensación de que la hegemonización del mundo fue apenas un episodio efímero, una nota a pie de página en el libro de la historia.

El mundo contemporáneo trajo de vuelta el ascenso de grandes potencias y —toda vez que estas van recuperando su base material de subsistencia—, se transforman en grandes jugadores de la política internacional en un mundo cuya naturaleza humana y política no cambian, pues el poder sigue siendo el eje articulador de las relaciones internacionales. China, desde ya, es una de los grandes jugadores; pero también India y una revitalizada Rusia. Europa parece ir ganando de a poco en autonomía (¿será?). Como si fuera poco, la diversidad también es subnacional y transnacional y eso complejiza más las cosas. Los vínculos tradicionales y las identidades nacidas en la posmodernidad se disputan la lealtad de los individuos. La emergencia de nuevas demandas pueden hacer más inestables los sistemas políticos, y así la otrora “unidad nacional” se ve cuestionada desde nuevos sujetos sociales que crecen en su participación política y asedian la soberanía de los Estados.
Un mundo de diversidad de culturas en ascenso, competencia estratégica entre potencias y lealtades líquidas en crecimiento nos llama a ser cautelosos con las predicciones. Como si fuera poco, la Inteligencia Artificial comienza a ser una tecnología disruptiva que tal vez llegue a tener influencia estructural en las dinámicas de la política internacional. En todo caso, ya es un espacio de competencia de primer orden en la lucha por la hegemonía. Pero como sea, aún queda en pie lo que dijimos al comienzo: el mundo pasó de un proceso de estandarización global a otro de tipo plural y hasta de rupturas políticas y sociales. Y sobre este punto —el de las rupturas— lo único que nos animamos a decir es que apenas ha comenzado.


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