
Peronismo con síntomas de descomposición: Bregman crece y disputa la bronca que Milei dejó sin dueño
“Yo le recomiendo al asesor de vestuario de Myriam: ponele tetas, abrile el escote, empezá a hacerla más trolita para que tenga un poco más de empatía con el electorado que busca, que es el de TN”. Santiago Cúneo eligió esas palabras para responderle a Myriam Bregman después de que la diputada cuestionara la “moderación” de Axel Kicillof.
No discutió lo que había dicho. Habló de sus tetas, su escote y de hacerla “más trolita”.
Cúneo acaba de incorporarse al PJ bonaerense y salió al cruce de Bregman en defensa del gobernador. El episodio provocó el repudio de la propia diputada y de Nicolás del Caño.
Pero reducirlo a otra barbaridad televisiva sería perderse una parte de la historia. Hay algo de la descomposición que atraviesa al peronismo metido en esa escena. Una dirigente de una fuerza minoritaria plantea una discusión sobre estrategia, poder y oposición. Un dirigente recién llegado al principal partido opositor termina contestándole con el cuerpo de una mujer.
Y mientras eso ocurre, el peronismo sigue consumiendo buena parte de sus energías en su propia interna. Tiene gobernadores, intendentes, sindicatos, legisladores, organizaciones sociales y una estructura territorial que ninguna fuerza de izquierda puede siquiera comparar. Sin embargo, el deterioro del Gobierno todavía no produjo un regreso masivo hacia sus filas.
Bregman, desde bastante más abajo y con muchísimo menos aparato, viene haciendo otra cosa: construyendo un lugar.
La ESPOP de la Universidad de San Andrés dejó en agosto una fotografía difícil de ignorar. Bregman alcanzó 36% de imagen positiva y 45% negativa. El diferencial de -9 fue el menos negativo entre las 25 figuras medidas y su nivel de conocimiento llegó al 90%. Ninguno de los dirigentes evaluados terminó con saldo favorable.
Imagen no es voto. Pero 90% de conocimiento para la principal figura de una fuerza históricamente minoritaria dice bastante.
Hay desgaste, pero fundamentalmente ausencias
La crisis está en la calle. Fábricas cerradas, trabajadores despedidos, comercios que no aguantan, salarios que alcanzan cada vez menos y familias endeudadas. Hay bronca. Hay cansancio. Lo que todavía no aparece es un dueño claro de ese malestar.
Y ahí el peronismo tiene un problema.
La dirigencia de la principal fuerza opositora lleva demasiado tiempo mirando hacia adentro. Los grandes gremios tampoco mostraron frente a este ciclo de ajuste la dureza que tuvieron en otros momentos. Sobran reuniones, documentos, discusiones por candidaturas y peleas por conducciones. Cuando no siendo complacientes con el ajuste. Falta bastante más presencia donde la crisis económica se vuelve una persiana baja, un telegrama de despido o una familia que se queda sin ingreso. Bregman está siempre presente donde hay un lugar de lucha y donde hay despedidos.
La izquierda olió ese vacío.
Por eso importa la Marcha de la Bronca convocada para este sábado 19 de septiembre. Bregman fue una de sus principales impulsoras junto a Nicolás del Caño. La movilización irá del Congreso a Plaza de Mayo y tendrá réplicas en más de 30 ciudades, con organizaciones sindicales, estudiantiles, jubilados, sectores feministas, ambientales y sociales. La consigna es directa: “Organizar la bronca para derrotar a Milei”, aspirando a crear un partido de los trabajadores. Sin eufemismos.
Convocar antes que hacer silencio
Ponerle cuerpo, calle y expresión política a un malestar que ya existe. Salir a buscar esa bronca en lugar de esperar que el deterioro de Milei termine depositando, por gravedad, los votos en una urna peronista.
Porque la rebeldía tampoco tiene dueño.
Milei entendió eso mejor que muchos en 2023. Una parte de quienes lo siguieron quería romper algo. Había posiciones ideológicas de derecha, pero también bronca, irreverencia, rechazo a una dirigencia percibida como agotada y ganas de patear el tablero.
Tres años después hay una diferencia enorme: Milei ya no patea la mesa desde afuera. Ahora está sentado en la cabecera.
Y esa rebeldía vuelve a estar en disputa.
Bregman y una bronca que busca dónde plantarse
Ahí aparece quizás el fenómeno más interesante alrededor de Myriam Bregman.
Está en las antípodas ideológicas de Milei, pero conserva algunos atributos que hicieron fuerte al Milei opositor: confronta, incomoda, ironiza, tiene una identidad inmediatamente reconocible y no parece calcular cada palabra para gustarle a todo el mundo.
Y tiene carisma.
Bregman puede discutir en televisión, intervenir en el Congreso o ponerse delante de una movilización sin convertirse en tres personajes diferentes. Se planta. A veces gana la discusión, otras no. Pero aparece.
Eso empieza a volverla más grande que el voto tradicional de la izquierda.
El Frente de Izquierda sigue siendo una fuerza minoritaria. Sin embargo, el 90% de conocimiento alcanzado por Bregman muestra una figura que desbordó largamente las fronteras del trotskismo organizado.
Por eso el 10% dejó de ser un número absurdo para empezar a convertirse en una frontera política interesante. Alcanzarlo o superarlo dependerá de una elección que todavía no ocurrió y las mediciones disponibles no permiten darlo por hecho. El interrogante ya existe: cuánto puede crecer una izquierda cuya principal dirigente tiene una penetración social muy superior al tamaño histórico de su estructura.
Y ahí aparece también una contradicción propia.
La izquierda argentina siempre privilegió partido, programa y construcción colectiva por encima del liderazgo individual. Bregman empieza a tensionar esa tradición. Su figura tiene vuelo propio. Mucha gente conoce a Myriam antes de saber exactamente dónde termina el PTS y dónde empiezan las otras organizaciones del FIT-U.
Una construcción algo más personalista alrededor suyo podría modificar la relación entre figura y partido. Es una discusión que la propia izquierda tendrá que resolver. Su tradición colectiva convive ahora con una dirigente que logró algo difícil: hablarle a gente que nunca se pensó a sí misma como trotskista.
Y ahí volvemos al principio.
A Bregman se la puede discutir. Su programa, sus posiciones, sus votos, su partido y hasta los límites de la izquierda para transformar presencia callejera en una mayoría política. Eso es política.
Lo de Cúneo fue otra cosa.
Fue violencia contra una mujer que se plantó muchas veces mientras demasiados hombres, respaldados por sindicatos, intendencias, gobernaciones y estructuras infinitamente mayores, eligieron especular, callarse o esperar.
Decir que había que ponerle tetas, abrirle el escote y hacerla “más trolita” merece un repudio sin vueltas.
Y deja una imagen feroz de este momento político: mientras algunos machos discuten el cuerpo de Myriam Bregman, ella convoca a una Marcha de la Bronca y consigue meter a una izquierda minoritaria en una pelea que el peronismo creyó durante demasiado tiempo que le pertenecía naturalmente: la calle, la rebeldía y la representación de los que están podridos de cómo están las cosas.


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