
Galperin, el candidato del desprecio: la derecha que quiere gobernar desde el cinismo
Martín Ramirez Tacgorian
Pero más allá de los nombres propios, lo que está en juego es el tipo de liderazgo que se pretende instalar. Galperin no solo expresa una visión económica ortodoxa —alineada con la reducción del Estado y reformas estructurales—, sino también una forma de intervención pública que empieza a generar ruido incluso dentro de sectores moderados.
Un ejemplo reciente expuso esa lógica sin filtros: el empresario compartió en la red social X un contenido en el que se burlaba de una jubilada. El gesto, lejos de ser anecdótico, refleja una matriz ideológica que parece ganar terreno en ciertos espacios: la validación del maltrato como herramienta discursiva y política.
Allí aparece una tensión de fondo que no puede soslayarse. Es posible —y hasta necesario— discutir una reforma previsional en la Argentina. El sistema arrastra problemas estructurales que requieren soluciones de fondo. Pero una cosa es plantear cambios y otra muy distinta es construir capital político a partir de la humillación de quienes ya son víctimas de ese mismo sistema.
La estrategia parece clara: interpelar a un segmento reducido, pero ruidoso, de la sociedad que cree que el ajuste y la dureza deben venir acompañados de desprecio. Un electorado que no solo tolera, sino que aplaude la deshumanización del adversario o del vulnerable.
En ese tablero, Macri busca reconfigurar el PRO con una figura que sintetice eficiencia empresarial y discurso sin matices. Galperin, por su parte, mide cada movimiento, sabiendo que su eventual salto a la política no sería neutro: implicaría asumir un rol en una Argentina atravesada por la desigualdad y el enojo social.
La pregunta de fondo no es solo si será candidato. Es qué tipo de país representa esa candidatura. Porque cuando la burla reemplaza al debate y el desprecio se vuelve identidad política, lo que está en riesgo no es solo una elección, sino la calidad misma de la democracia.


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