
Las redes sociales y debate público: Sin redes sociales no se puede; solo con redes sociales no alcanza.

Si alguien leyó nuestro artículo anterior y esperaba con ansias esta segunda parte, seguro habrá intuido que le erramos completamente a nuestra hipótesis inicial que planteaba la emergencia de un nuevo sistema político basado en la toma del poder directo por parte de los “tecno oligarcas”. Pero vamos a hacerle honor a esta época y vamos a profundizar. No para complacernos, sino porque la misma dinámica de nuestro tiempo demanda una mayor atención a las bases del debate democrático y sus dimensiones materiales, infraestructura y actores.
¿Cuál es el rol de las redes sociales en el debate público y la calidad democrática? ¿Hasta qué punto esta lógica polarizadora de las redes sociales responde a algoritmos inescrutables o es, simplemente, solo es un espejo de la dinámica social que de forma complementaria también la retroalimenta?
En su último libro, Habermas sostiene que existe un nuevo cambio estructural de la esfera pública y de la política deliberativa (dejamos la traducción en alemán aquí para los más acuciosos: “Ein neuer Struckturwandel der Öffendlichkeit und die deliverative Politik). El filósofo cuestiona que entre los usuarios de redes sociales se haya extendido un modo de comunicación fragmentario y autocentrado. Las plataformas digitales no solo los invitan a adentrarse en mundos generados intersubjetivamente por los propios usuarios, sino que también les confieren el estatus epistémico de esferas públicas que compiten entre sí.
Esto, dice Habermas, ha desdibujado la frontera entre lo público y lo privado. En consecuencia, la esfera pública política deja de concebirse como un espacio de comunicación para la generalización de intereses que incluya a todos los ciudadanos, y el espacio compartido de lo «político» degenera en un campo de batalla de «públicos» en competencia. Por eso concluye que el sistema democrático se resiente por la incapacidad de la infraestructura de la esfera pública (staff profesional y empresas editoras) para dirigir la atención ciudadana hacia los asuntos más relevantes de interés general que requieren deliberación social.
En esta esfera pública fragmentada, es el escenario ideal para el “yo” hipervisible, autocentrado y en permanente construcción que, además, es violentamente positivo como lo ha advertido Byung Chul. En resumen: en redes sociales todos somos buenos, lindos, esbeltos y exitosos. ¿Les suena?
A lo anteriormente descrito se suma que la estructura de estas plataformas está completamente privatizada y dominada por las grandes corporaciones tecnológicas, las GAFAM (Google, Apple, Facebook, Amazon y Microsoft) que controlan el 70% del tráfico de internet global. Como planteamos en nuestro primer artículo, estos medios logran sustraerse del debate público con el mito de los “algoritmos” transparentes e independientes que regulan el debate. Cuando la realidad es que los algoritmos no son ni transparentes ni independientes.
El hecho que la mediación de las demandas sociales se procese a través de estas plataformas tecnológicas, tan opacas, sin mecanismos de control público y sin la posibilidad de opiniones independientes de desafiar esos nuevos medios (ya que, sería impensable difundir cualquier idea por fuera de las redes sociales actualmente) termina siendo un cambio fundamental de las condiciones materiales del debate público.
Dijimos que íbamos a profundizar, y profundizamos en el sentido de que la tensión entre los nuevos oligarcas de la información (llámese tecno oligarcas) y las instituciones públicas estaduales tradicionales entran en una tensión como la que existió entre Elon Musk y Donald Trump.
Pero esta tensión nos conduce al dilema del huevo y la gallina. ¿Qué surgió primero? ¿La fragmentación social y la concentración de la riqueza como condiciones para una nueva esfera pública? ¿O los nuevos medios de comunicación son las que fragmentan el debate facilitando reformas que impulsan la concentración de la riqueza como parece venir pasando los últimos 50 años?
Esta disputa entre el poder político y los nuevos medios de comunicación termina por reflejar el problema de legitimidad que la esfera pública está teniendo. Se suele considerar que las instituciones públicas siempre van detrás de los cambios sociales. Son las instituciones liberales, por su propia dinámica, atadas a procesos lentos de reforma normativa, las que se ven desafiadas por estos nuevos fenómenos.
Bajo esta consideración, proponemos trasladar la discusión hacia la legitimación democrática de estos nuevos medios, para que estén en armonía con nuestras democracias.
Pero eso será materia de una próxima columna. Esperamos que llegue antes de los seis meses que tomó publicar esta segunda entrega.


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