
IA, campañas y poder: los nuevos dilemas de la comunicación política en la Argentina
La inteligencia artificial ya no es solo una herramienta: es un actor que reconfigura la competencia electoral y desafía la autonomía cognitiva de los votantes.
El clima interno del peronismo bonaerense volvió a tensarse luego de una serie de movimientos que dejaron expuesta la estrategia —o el intento de estrategia— de Mayra Mendoza para instalarse como figura de una supuesta rebelión interna contra la conducción histórica del espacio. Pero el intento duró apenas un suspiro: la superestructura partidaria le frenó el impulso antes de que su postura pudiera transformarse en algo más que una foto de ocasión.
ANALISIS 18 de noviembre de 2025
La intendenta de Quilmes profundizó el ruido político cuando se ausentó del acto por el Día de la Militancia en la Universidad Nacional de Quilmes, en Bernal, donde Axel Kicillof fue la figura central. Su ausencia llamó la atención: no actuó como anfitriona —como manda la práctica política local— ni mantuvo contacto con el gobernador, acompañado por Carlos Bianco y los ministros Cristina Álvarez Rodríguez y Walter Correa. En el territorio todos tomaron nota: Mendoza marcó distancia en el escenario más simbólico posible.
El municipio justificó su faltazo con un argumento que muchos consideran más político que técnico: ante la falta de partidas para las obras de los arroyos San Francisco–Las Piedras en el Presupuesto 2026, la intendenta entró en “modo opositora responsable”. La frase no hizo más que confirmar lo que hace meses se comenta en voz baja: la relación con Kicillof está rota, en gran parte por el distanciamiento de Mendoza del sector más cercano a Cristina Kirchner.
En ese marco, la ironía de un dirigente del conurbano se viralizó rápidamente entre los propios: “Es la primera vez que veo una revolucionaria con una campera adidas original”. La frase resume la lectura predominante dentro del peronismo: un intento de mostrarse disruptiva que no se condice ni con su construcción política ni con su verdadera influencia territorial.
Para muchos, Mendoza buscó encabezar una épica contra la propia estructura, sin medir el alcance ni el costo. La conducción partidaria interpretó el gesto como una aventura personal que podía complicar la estrategia general en un momento donde cualquier paso en falso repercute directamente en la discusión nacional.
En contraste, Máximo Kirchner reapareció como un factor de orden interno. Incluso entre quienes lo cuestionan, admiten que “tendrá apellido, pero entiende las reglas del juego”. No se trata, remarcan, de discutir quién se queda con la lapicera, sino de definir el rumbo de un espacio que ya piensa en la próxima contienda presidencial.
Porque dentro del peronismo crece una convicción: la verdadera disputa no es municipal ni presupuestaria. No se trata de quién maneja la caja más grande, sino de quién construye un proyecto nacional competitivo. O como lo sintetizó otro dirigente con llegada a las mesas donde se deciden las cosas: “El peronismo se tiene que dejar de joder con ver quién controla la caja más grande; acá hay que discutir un modelo de país”.
Así, el movimiento de Mendoza terminó siendo leído más como un gesto publicitario que como parte de una estrategia política consistente. Y en un peronismo que se encuentra en plena recomposición, la ansiedad por sobresalir puede costar caro.
El mensaje interno quedó claro: el liderazgo no se construye con fotos rebeldes ni declaraciones altisonantes. Se construye con volumen, acuerdos y estrategia. Y en un año donde ya se juega quién será el próximo presidente, la política —sobre todo en el peronismo— no tiene margen para improvisaciones.

La inteligencia artificial ya no es solo una herramienta: es un actor que reconfigura la competencia electoral y desafía la autonomía cognitiva de los votantes.

La negociación por el presupuesto bonaerense se aceleró a más no poder. El gobernador busca tenerlo aprobado (por fin) antes de que cambie la composición de la Legislatura. Es una aspiración cuestionable: los dos proyectos anteriores fracasaron con esta misma integración, y el mandatario no está dispuesto a ceder tampoco esta vez.

La llamada “guerra cultural” de la ultraderecha latinoamericana ya no es un fenómeno aislado. Lo que comenzó como un experimento digital en Brasil a mediados de la década pasada se ha convertido en una red transnacional que emplea bots, influencers, medios digitales y campañas coordinadas de desinformación para erosionar gobiernos progresistas e instalar agendas conservadoras.

Hace unos meses —que hoy parecen años— antes de que Elon Musk saliera eyectado de la administración Trump como si fuera uno de sus propios cohetes, nos preguntamos sobre la influencia de las redes sociales en el debate público y la calidad democrática.

Javier Milei no solo tiñó de violeta el mapa argentino: consiguió algo más raro aún, paciencia. En una elección marcada por el miedo y la emocionalidad, el país convirtió las legislativas en un plebiscito sobre su figura. El resultado, más que un aval, fue un salvataje: Milei recuperó aire y deberá traducir su milagro electoral en gobernabilidad. Indudable: salió de estar colgado del travesaño a meter un contraataque letal que terminó en gol a favor.

Con una interna partidaria judicializada, con un doble comando de contingencia, en medio de fragmentaciones vinculadas a la estrategia electoral, inmersa en una polarización pocas veces vista, sin PASO ordenadora, carente de una figura de peso que unifique las voluntades y se unja como conductor aglutinante. Así, algo machucada y con el chasis pidiendo boxes, llegó el la UCR de la provincia de Buenos Aires a estas elecciones. El punto de hervor trajo a Somos, el frente con el que compitió. ¿Cómo le fue?