
IA, campañas y poder: los nuevos dilemas de la comunicación política en la Argentina
La inteligencia artificial ya no es solo una herramienta: es un actor que reconfigura la competencia electoral y desafía la autonomía cognitiva de los votantes.


La negociación por el presupuesto bonaerense se aceleró a más no poder. El gobernador busca tenerlo aprobado (por fin) antes de que cambie la composición de la Legislatura. Es una aspiración cuestionable: los dos proyectos anteriores fracasaron con esta misma integración, y el mandatario no está dispuesto a ceder tampoco esta vez.
ANALISIS 19 de noviembre de 2025
Las cosas se están moviendo rápido en la Legislatura de la provincia de Buenos Aires. Al menos, en lo que respecta al proyecto de presupuesto para el año próximo enviado por el gobernador Axel Kicillof, al que acompañan otras dos iniciativas, la de ley fiscal impositiva y la autorización para que la Provincia pueda tomar deuda en 2026.
Ayer, el texto oficial que detalla la previsión de ingresos y gastos anuales recibió un dictamen favorable en la única comisión en la que fue presentado, y quedó listo para su tratamiento en el recinto. La ley fiscal también pasa; no así el pedido de endeudamiento, ampliamente cuestionado por la oposición.
¿Por qué la prisa? Porque Kicillof quiere o necesita que el proyecto de ley de leyes sea tratado en las cámaras antes del 10 de diciembre, cuando cambiará su composición con el ingreso de los diputados y senadores electos el 7 de septiembre (y la salida de los que terminan su mandato y no fueron reelegidos).
El camino no está allanado, no sólo porque la oposición cuestiona varios aspectos del paquete de proyectos oficiales sino también porque persisten cuestiones internas que hacen que el peronismo no esté unificado en este tema (como en otros).
Justo en momentos en que ganaba impulso la discusión del presupuesto 2026, la intendenta de Quilmes, Mayra Mendoza, una de las cabezas visibles de La Cámpora, se definió a sí misma como integrante de una “oposición responsable” al gobierno de Kicillof. ¡Oposición!... Y tuvo que salir al cruce el propio presidente del Partido Justicialista (PJ) bonaerense, el diputado nacional Máximo Kirchner, a pararle el carro y a recordarle que el cristinismo también es oficialista en la provincia de Buenos Aires.
Mendoza es una de las voces peronistas que pusieron reparos (“palos en la rueda”, dirían desde el kicillofismo) en la negociación por el presupuesto de este año, es decir, la del año pasado. Ese presupuesto naufragó, como había ocurrido con el del año anterior, en buena parte por la oposición interna y externa. El reclamo de Mendoza es el mismo que el de muchos intendentes de la oposición, aunque con matices diferentes. Se trata de que el gobierno provincial destine más fondos a los municipios.
El panorama para el gobernador es, quizás, más complejo de lo que debiera. Porque Kicillof no parece haber aprendido demasiado de las fallidas experiencias de los años anteriores, y no se muestra dispuesto a negociar absolutamente nada con la oposición. En el frente interno tampoco parece haber demasiada voluntad de dar el brazo a torcer por ninguna de las partes, aunque referentes peronistas en la Legislatura hayan salido a decir que todo va bien y que todos los sectores (el massismo también talla) están haciendo el máximo esfuerzo posible para llegar a un acuerdo satisfactorio.
El gobierno bonaerense puso primera en un intento de resolver el problema antes de diciembre, porque la historia demuestra que en diciembre se complica todo (y más ahora, con el cambio en el mapa legislativo). Pero ¿está dispuesto a poner segunda, tercera, cuarta? Es decir, a meter los cambios que le permitan avanzar en lugar de empantanarse en medio de las objeciones internas y externas.
Desde el radicalismo y otros bloques opositores se espera que Kicillof entregue algo. Hay varias prendas de cambio que reclaman: espacios en el Poder Judicial, en el directorio del Banco de la Provincia de Buenos Aires (BAPRO) y en otros lugares de influencia. No están recibiendo ningún guiño en ese sentido. Y todo indica que, si nadie cambia el curso, la negociación volverá a estrellarse este año.
Kicillof también pide lo que otros no quieren darle. El pedido de endeudamiento supera con creces el monto de la deuda que la Provincia tiene que cancelar; el gobierno busca poder financiarse de esa manera para contrarrestar el efecto del “corte de chorro” efectuado por el gobierno de Javier Milei. Para la oposición, endeudarse tanto es irresponsable. Por eso esa pata del trípode legislativo fracasó.
Las negociaciones siguen, más o menos a cielo abierto. El martes que viene habrá otra reunión en la que se verá si se puede destrabar la cosa. Hasta ahora, el camino parece difícil.
Kicillof quiere evitar que la discusión se prolongue y el paquete deba someterse a debate con la nueva composición de la Legislatura. Pero es éste panorama, y no el futuro, el que le ha venido complicando las cosas en los últimos años. Es ésta la negociación que no ha sabido resolver, con estos mismos personajes de hoy. Él también es el mismo.
Se trata, quizás, de utilizar los mismos ingredientes para probar otra receta.

La inteligencia artificial ya no es solo una herramienta: es un actor que reconfigura la competencia electoral y desafía la autonomía cognitiva de los votantes.

El clima interno del peronismo bonaerense volvió a tensarse luego de una serie de movimientos que dejaron expuesta la estrategia —o el intento de estrategia— de Mayra Mendoza para instalarse como figura de una supuesta rebelión interna contra la conducción histórica del espacio. Pero el intento duró apenas un suspiro: la superestructura partidaria le frenó el impulso antes de que su postura pudiera transformarse en algo más que una foto de ocasión.

La llamada “guerra cultural” de la ultraderecha latinoamericana ya no es un fenómeno aislado. Lo que comenzó como un experimento digital en Brasil a mediados de la década pasada se ha convertido en una red transnacional que emplea bots, influencers, medios digitales y campañas coordinadas de desinformación para erosionar gobiernos progresistas e instalar agendas conservadoras.

Hace unos meses —que hoy parecen años— antes de que Elon Musk saliera eyectado de la administración Trump como si fuera uno de sus propios cohetes, nos preguntamos sobre la influencia de las redes sociales en el debate público y la calidad democrática.

Javier Milei no solo tiñó de violeta el mapa argentino: consiguió algo más raro aún, paciencia. En una elección marcada por el miedo y la emocionalidad, el país convirtió las legislativas en un plebiscito sobre su figura. El resultado, más que un aval, fue un salvataje: Milei recuperó aire y deberá traducir su milagro electoral en gobernabilidad. Indudable: salió de estar colgado del travesaño a meter un contraataque letal que terminó en gol a favor.

Con una interna partidaria judicializada, con un doble comando de contingencia, en medio de fragmentaciones vinculadas a la estrategia electoral, inmersa en una polarización pocas veces vista, sin PASO ordenadora, carente de una figura de peso que unifique las voluntades y se unja como conductor aglutinante. Así, algo machucada y con el chasis pidiendo boxes, llegó el la UCR de la provincia de Buenos Aires a estas elecciones. El punto de hervor trajo a Somos, el frente con el que compitió. ¿Cómo le fue?