
Todos adentro y a tres bandas

Al final, todos (o casi todos) dieron el sí. Tanto el espectro de la derecha, representado por La Libertad Avanza (LLA) y el PRO, como el peronismo, a pesar de su convulsiva interna, alcanzaron la ansiada meta de la unidad, y en las elecciones de septiembre, en la provincia de Buenos Aires, se enfrentarán en condiciones de relativa paridad.
Los esfuerzos de Cristian Ritondo por convencer a los propios de que era conveniente plegarse a LLA, aun en condiciones de clara inferioridad, dieron sus frutos con la conformación de la alianza electoral que se inscribió ayer. La boleta tendrá el nombre y el color del partido de Javier Milei, lo que irrita a muchos en el espacio proísta, pero hasta ahora, según parece y a pesar de los escarceos previos, todos los intendentes amarillos aceptaron subirse a ese tren.
En tanto, en lo que hasta ahora era Unión por la Patria (UxP) se dio un acuerdo tripartito para mantener la ficción de la unidad de cara a la contienda electoral. Todo el mundo sabe que está todo mal al interior de lo que ahora se llama Fuerza Patria (FP), pero el dato importante es que no se impuso el derrotismo que, según sostenían algunos analistas, campeaba en diversos sectores.
Particularmente, no parece que el gobernador bonaerense, Axel Kicillof, haya querido capitular e ir a una derrota para librarse de sus adversarios internos (La Cámpora y el massismo) y quedar decentemente parado hacia 2027. Jugar la carta de la unidad, al menos en principio, es jugar para ganar. Lo que efectivamente ocurra en las urnas es otro cantar, pero la intención parece estar ahí.
La novedad de ayer (en realidad, de estas últimas semanas) no son, sin embargo, las movidas adoptadas por los grandes movimientos que se enfrentan en este escenario polarizado, sino la concreción de una alianza que busca ocupar el espacio del centro, apostando a que no todo se irá a los extremos. El radicalismo, en un momento de extrema debilidad, sumó socios a diestra y siniestra para acumular peso específico y meter una cuña en la dicotomía “kirchnerismo o libertad”, como elige enunciarla el gobierno.
Cada uno por su lado, son sectores minoritarios: intendentes peronistas disidentes, tres exministros (uno de Cristina Fernández de Kirchner, uno de María Eugenia Vidal y uno de Alberto Fernández) y algunos más, que se suman a la Unión Cívica Radical (UCR) para conformar Somos Buenos Aires. Juntos, esperan tener una incidencia electoral que les dé bancas en la Legislatura bonaerense y en los concejos deliberantes.
Hubo más alianzas, por supuesto. El Frente de Izquierda y de los Trabajadores – Unidad (FITU), que una vez más no acordó la incorporación del Nuevo MAS de Manuela Castañeira, intentará obtener los votos suficientes como para renovar su presencia en la casa de leyes provincial. Otros frentes, como Potencia, liderado por María Eugenia Talerico, la tienen más complicada. Además están los libertarios exmileístas que se separaron de los otros libertarios exmileístas y sumaron a una intendenta radical para hacer fuerza.
El cierre de alianzas no es, por supuesto, el cierre de los días movidos para toda esta gente. Al contrario, ahora se intensificará la rosca para el armado de las listas. Hay poco tiempo: son diez días entre una cosa y otra. Al momento de escribir estas líneas, quedan nueve. Nadie perderá (probablemente) los ojos en términos literales en la puja por meter su nombre en una boleta, pero como metáfora la idea es bastante acertada. Especialmente en las alianzas multiformes como la que pergeñó el radicalismo, a contramano de los deseos de un sector que habría preferido irse con LLA, como hizo el PRO.
Mientras sube el dólar, se desploman las reservas, sube el riesgo país y se deterioran las condiciones de vida de amplios sectores de la población, la política y el periodismo estarán enfocados en los próximos días en este armado de listas con vistas a una elección que, si se sostiene la tendencia, tendrá una participación popular más bien baja. Esto no debe leerse como una condena: es necesario, no sólo para los partidos sino para la provincia y el país, arribar a las mejores nóminas que sea posible, porque, por más que las elecciones tengan mala prensa, son el mecanismo que terminará definiendo en buena parte qué debates pueden darse y en qué medida, cuáles alternativas al estado de cosas son viables y qué tan fuerte puede ser la defensa de las acciones de gobierno.
El tema es que, para usar un término que estuvo muy de moda hace algunos años, todo está muy crispado. La fuerte polarización política promete fagocitar no sólo al espacio del medio (veremos qué ocurre con Somos Buenos Aires) sino también al propio debate político. Hablamos de debate racional, fundamentado, no de los intercambios de slogans y exabruptos que pasan por debate en estos tiempos. En este sentido, y contra toda intuición, quizás habría sido mejor que todos los espacios fueran separados. Pero, por supuesto, la estrategia política es ajena a estas consideraciones, y por buenos motivos.
Como en un juego de dos fases, ahora los mazos están sobre la mesa, pero todavía no se mostraron muchas cartas. Los próximos días darán la clave de lo que viene, sección por sección, municipio por municipio. Para septiembre, en tanto, parece que falta una eternidad.


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