La doble vara en Argentina: La mortalidad de la coherencia

"Una de las actitudes más comunes que se observan en la sociedad argentina es la 'doble vara', un criterio inconsistente donde se aplican juicios o exigencias diferentes a situaciones similares o a personas según su afiliación política o conveniencia. Aunque se manifiesta en diversos ámbitos, es en la política donde este concepto resulta más evidente. Probablemente es producto de un cuadro psicológico, resultado de innumerables causas, pero al margen de ello, en este análisis examinaremos las principales características de este comportamiento. A continuación, exploraremos cómo esta 'doble vara' aparece en distintas ocasiones contrastando con expresiones de otros contextos políticos de nuestro país.
ANALISIS 30 de abril de 2025 Gastón Landi
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Ya son varias las décadas en las que nuestro país ha cultivado un gran cúmulo  de personas que al menos gastan un tercio de su tiempo en cuestiones  relacionadas con la política. Esto, a simple vista, pareciera ser algo normal e  incluso saludable para el civismo de una sociedad tan compleja como la  Argentina. Pero lo curioso es que este sentido fue reemplazando otros modos de  relaciones que estaban muy arraigados en las personas, donde se dio el fenómeno  de la politización. Esta cuestión fue siendo, de a poco, el tejido fundamental de  la formación del aspecto social y la inicial en el proceso de descomposición de  los valores clásicos de otros tiempos anteriores. Una de las instituciones más  legendarias, como lo es la familia, comenzó a experimentar una fragilización no  vista antes en la historia, sitiada fuertemente por disputas cuasi futboleras  mezcladas con la defensa del sistema político del momento. De allí, familias  enteras divididas por posturas que sostenían aciertos y desaciertos de los  espacios partidarios de turno, motivo que marcó un quiebre, en muchos casos  irreparables, donde las personas llevaron la discusión simple a altos niveles de  violencia. Posiblemente, en esto tuvieron que ver algunos medios que sacaron  rédito de este tema, cosechando altos niveles de audiencia y picos de rating,  aunque el foco no sea precisamente el ámbito de la prensa, es válido aclarar ese  hecho; al margen de que también aportaron cosas valiosas en materia de  investigación. De manera similar, no podemos dejar de lado el ámbito laboral,  que también experimentó significativas tensiones internas, en muchos casos  impulsadas por dinámicas dentro del propio aparato burocrático. 

Esta  politización, marcada por la inconsistencia y la 'doble vara', se extendió también  al mundo del deporte, donde el fútbol, por ejemplo, evocó cánticos alusivos en  las canchas y promovió agendas institucionales alineadas a diferentes  gobiernos. Asimismo, la comunidad educativa vivió momentos de grandes  discordias, en ocasiones intensificadas por la presión sistemática de los gremios  docentes que se sumaron a este clima de confrontación discursiva

En consecuencia, la impericia de la política ha desestabilizado el clima argentino,  fracturando el gran contrato social sin una razón justificada, impulsada  únicamente por la ambición cortoplacista de acumular poder. Un actor clave,  aunque a menudo pasivo en apariencia, en la dinámica que he descrito han sido  las redes sociales. Este espacio, que paradójicamente alberga desde la reflexión  más elaborada hasta la expresión más burda, se ha convertido en un caldo de  cultivo para opiniones superficiales que ganan fuerza por el simple hecho de ser  compartidas. Esta sensación de pertenencia virtual puede exacerbar la 'doble  vara', al priorizar la adhesión emocional a un grupo por encima de la coherencia  y el análisis crítico. En tal sentido es que quiero considerar el término politización  como un sinónimo de bajeza humana, del irrespeto y la vanidad que exploran los  nuevos políticos 2.0. Por su parte, las redes proporcionan el entorno ideal para  que la doble vara prospere y se infiltre en todos los niveles de la sociedad.  


Resulta llamativo observar dos estrategias que se repiten: la presentación de los  recién llegados como si tuvieran un borrón y cuenta nueva histórico,  desvinculándose de cualquier responsabilidad pasada; y el despliegue de un  discurso moralizante que ataca implacablemente a la oposición, recurriendo a  señalamientos, acusaciones sin pruebas, desmentidas sistemáticas y una  retórica abundante pero carente de sustancia. Algo que no tardó en ubicarse en  lo más profundo del electorado, quien toma partido y asimila este modo,  continuando las acciones irracionales de los mandatarios modernos. En ese  sentido, la manía se traslada nuevamente a las redes, a la vida real, donde la  sociedad se manifiesta, como de costumbre, a “defender a los políticos”. Lo  locuaz de todo esto es que, preferentemente, comienza la guerra con un  aditamento especial: la lógica olvido-acusación, un espectro esquizofrénico  tremendo. Tal es así que el ejemplo más claro son los hechos en donde quien  es nuestro presidente, Javier Milei, acusaba reiteradas veces en TV a su  contrincante Patricia Bullrich de haber colocado explosivos en jardines de  infantes en su juventud. Pero, redoblando la apuesta en sentido conveniente,  tiempo después esta ingresa al mismo espacio olvidando aquellos dichos y, lo  que es peor, más tarde termina ocupando un cargo. Un claro ejemplo de esta  dinámica lo observamos en la imagen de Menem votando junto al Kirchnerismo  en sus últimos años, un espacio político al que se había enfrentado duramente  en el pasado con Néstor Kirchner, quien a su vez había compartido previamente  actos y alianzas con el riojano durante su presidencia. 


Tristemente, este criterio  se reproduce en la sociedad, transformándose en una imitación dañina que  evoca, en su virulencia virtual, las viejas cacerías de brujas. Crucialmente son discriminados aquellos periodistas, intelectuales, artistas que disienten con  alguna política actual, lanzándoles acusaciones de todo tipo, sin fundamento  solo por el hecho de estar una vereda no conveniente. Un fenómeno tan extraño  que nos lleva a recordar como en otras ocasiones eran apoyados e incluso  considerados grandes celebridades, solo porque confluían en un enemigo en  común. Pero, a su vez, están quienes hoy evaden la crítica y sostienen los  programas vigentes, a pesar de haber dedicado horas en el pasado a criticar  hasta incluso al propio presidente; quien entonces estaba en campaña. Esto  también genera dudas sobre si su apoyo actual se basa en convicción o devolución de favores económicos; sea cual sea el caso es un dato de conversión dudosa. Así, se configura un panorama de contradicciones,  exacerbado por una dicotomía impuesta por el juego político que establece  quiénes pueden alzar su voz y quiénes deben callar. 


Es alarmante constatar que  vivimos en un tiempo enfermizo, donde la provocación es moneda corriente, el miedo se utiliza como herramienta de control, la censura se normaliza y la  memoria de los hechos se desvanece convenientemente. 

La pregunta es inevitable: ¿cómo se explica que un país con una tradición de  mesura verbal incluso en la adversidad hoy se exprese con tanta chabacanería  en la era de la comunicación abierta? La respuesta parece radicar en una  educación incompleta y una falta de comprensión profunda sobre el significado  de expresarse y criticar con fundamento. Es una ilusión esperar un futuro  próspero si la política insiste en repetir errores en lugar de trabajar por el  bienestar del pueblo, una inconsistencia que la 'doble vara' pone de manifiesto.  El peso de la transformación recae en las nuevas generaciones, quienes deben  ser conscientes de que la libertad sin discernimiento que ofrecen las redes puede  ser una trampa, una ceguera emocional e irreal que solo beneficia a quienes nos  dirigen. 

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