
Dos modelos de país: entre la eliminación del Estado y el regreso a los planes quinquenales

La propuesta de Milei no oculta su radicalidad. Para él, el Estado no es un instrumento de articulación social ni de equidad, sino un obstáculo para el dinamismo económico y las libertades individuales. En su modelo, el mercado debe regular no solo la economía, sino también gran parte de la vida social. Las consecuencias de un experimento como este —poco común incluso en los contextos más liberales del mundo— serían profundas: desde una drástica reconfiguración de los servicios públicos hasta un cambio en la relación entre los ciudadanos y sus derechos fundamentales.
Frente a esta ofensiva liberal, el peronismo recurre a su tradición más emblemática: la planificación. Los nuevos planes quinquenales propuestos rememoran el modelo del primer peronismo, que buscaba orientar el desarrollo económico, industrializar el país y garantizar derechos laborales a través de la intervención estatal. Sin embargo, esta respuesta también genera dudas: ¿puede un modelo pensado para otro contexto dar respuestas a los desafíos de un mundo globalizado, tecnológicamente disruptivo y altamente competitivo?
Este debate no se limita a Buenos Aires ni a los grandes medios nacionales; se está trasladando al interior del país, a lugares como la provincia de Buenos Aires, donde se juega también el futuro político. Tomemos como ejemplo Saladillo, un corazón productivo y agrícola clave de la provincia, donde el Movimiento DAF (Derecho al Futuro, afín al keynesianismo de Kicillof) ha comenzado a reunirse en la sede del Partido Justicialista para delinear estrategias locales que acompañen esta revalorización del Estado planificador. En Saladillo, se busca aprovechar su ubicación estratégica para conectar los principales polos productivos bonaerenses, potenciando tanto su perfil industrial como su fortaleza agrícola.
La respuesta del PJ local no se limita a lo programático: retoma conceptos fundacionales del peronismo, como la comunidad organizada, entendiendo que el desarrollo no puede ser la suma de intereses individuales, sino el resultado de un esfuerzo colectivo, articulado
entre el Estado, los trabajadores y el sector productivo. En tiempos donde predominan la competencia individual y el sálvese quien pueda, el peronismo en Saladillo apuesta a reconstruir el tejido social desde la cooperación y la solidaridad.
Por otro lado, la referente del distrito de LLA, Geraldine Calvella, con solo 23 años, no ha propuesto un plan concreto, pero ha expresado en varias ocasiones su inclinación por reducir el Estado, fomentar el empleo privado y promover una mayor responsabilidad y méritos individuales.
Otro ejemplo que grafica las diferencias entre los modelos en disputa es la paralización de la planta de tratamiento de líquidos cloacales en Saladillo. Hace unos días, la referente de La Libertad Avanza se tomó una fotografía anunciando con orgullo la detención de dicha obra pública, en un acto que parece alardear de la no realización de infraestructura estatal. Cabe destacar que esta planta ya cuenta con un 70% de ejecución, y que la fuerza política que responde al presidente no solo ha paralizado su construcción, sino que, además, se jacta públicamente de haberlo hecho. Este episodio refleja con claridad la contraposición entre quienes creen en un Estado activo que garantice derechos básicos —como el acceso al saneamiento— y quienes proponen dejar en manos del mercado la solución (o no) de estas necesidades esenciales.
Este debate cobra especial interés cuando se lleva a la práctica. La convocatoria al plan productivo, organizada por el también joven Danilo Mengarelli, atrajo a varios vecinos interesados genuinamente en el desarrollo local. Sin embargo, los resultados de Milei en Saladillo, donde ganó con amplio margen, sugieren que también hay un sector de la población que se siente atraído por la idea de un modelo sin planificación, basado en la libertad de mercado.
La pregunta que surge es: ¿realmente la gente cree que no hay que planificar y que todo debe dejarse en manos del mercado? ¿O, por el contrario, se siente que no existen los espacios adecuados para discutir y trabajar estos proyectos?
Tal vez, en las sociedades más pequeñas y con un contacto más cercano entre vecinos, como las del interior del país, comiencen a darse las primeras discusiones reales, no solo electorales, sobre estos conceptos.
En conclusión, nuestra sociedad, tanto a nivel local, provincial como nacional, debe y quiere preguntarse no sólo qué Estado necesita, sino qué Estado es capaz de construir para el siglo XXI.



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