
El sueño americano de Milei: devoción sin recompensa, proteccionismo vs libre mercado.

Es conocido el fervor que el presidente argentino, Javier Milei, profesa por el expresidente 7 de los Estados Unidos, Donald Trump. Lejos de diseñar una política exterior basada en los intereses estratégicos del país, Milei parece orientar la diplomacia argentina a una constante búsqueda de aprobación del gigante del norte. Sus declaraciones públicas, cargadas de elogios hacia Trump y su agenda, no dejan dudas sobre su alineamiento ideológico.
Uno de los momentos más elocuentes fue su viaje a Estados Unidos para participar de la CPAC (Conservative Political Action Conference), donde saludó efusivamente a Trump entre vítores de la audiencia conservadora. El gesto no fue menor: Milei lo llamó “uno de los grandes luchadores por la libertad” y celebró su figura como si se tratara de una segunda asunción presidencial. La escena fue simbólica y potente: el mandatario argentino, de pie ante el líder republicano, se mostró casi como un discípulo entusiasta, en una postal que evocó inevitablemente las famosas “relaciones carnales” de los años noventa entre Carlos Menem y Estados Unidos, que terminaron confluyendo en la crisis económica y social del 2001.
Pero el fanatismo ideológico de Milei comenzó a chocar con la realidad. La semana pasada, Estados Unidos anunció un endurecimiento de su política económica global, aplicando nuevos aranceles para proteger su industria frente a sus principales socios comerciales. A pesar de los guiños constantes del presidente argentino hacia el trumpismo, Argentina no recibió trato diferencial. Fue incluida en el mismo paquete de medidas que países latinoamericanos con gobiernos de izquierda, como Brasil, México o Colombia.
La contradicción es evidente: ni los gestos, ni los elogios, ni el alineamiento discursivo alcanzaron para traducir la afinidad con Trump en beneficios concretos. La supuesta relación especial no se tradujo en ventajas comerciales ni en ningún tipo de excepción diplomática. El gobierno de Milei, pese a su fervor por el expresidente estadounidense, quedó sujeto a las mismas reglas que aquellos a quienes suele criticar duramente en el plano ideológico.
Una política exterior guiada por simpatías personales y fervores ideológicos, sin estrategia de largo plazo ni defensa del interés nacional, corre el riesgo de dejar a la Argentina aislada y sin herramientas ante un mundo cada vez más competitivo. En diplomacia, el fanatismo cuesta caro. Y la admiración ciega, como ya se está viendo, no paga.
El caso Milei-Trump es un ejemplo claro de cómo la diplomacia convertida en devoción puede dejar al país sin voz ni voto en las decisiones que realmente importan. Mientras Argentina intenta posicionarse en un escenario global complejo, los gestos grandilocuentes y los abrazos ideológicos no alcanzan: se necesitan estrategias, acuerdos y soberanía real.
Por otro lado, pero no menos importante, Milei y Trump tienen una diferencia fundamental. Trump es un nacionalista proteccionista, su politica economica esta a años luz de lo liberal y de los modelos que sigue el argentino, lo que tarde o temprano termina en un alejamiento de Trump a la figura del presidente argentino, bajo pena de no tener coherencia discursiva, algo que a Milei no le importa, pero que en el norte se paga caro. Porque, en definitiva, una política exterior no se mide por la efusividad de un saludo, sino por los frutos que logra para su pueblo.


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