
Inteligencia Artificial: nuevo espacio de competencia entre China y Estados Unidos
Lic. Andrés Berazategui
Precavidos, varios Estados ya han firmado la Declaración de Bletchley, un documento que hace las veces de punto de partida para una futura gobernanza con relación a la IA y en el que se reconoce el “potencial transformador” de esta, así como también sobre los “riesgos importantes” que puede ocasionar. Pero no nos engañemos: a las palabras se las lleva el viento. Cuando hablamos de competencia estratégica entre potencias, una nueva tecnología puede hacer la diferencia en el umbral de poder de estas.
Está lejos el mundo optimista de los noventa, cuando la caída del Muro de Berlín y el triunfo de occidente convencieron a muchas cándidas inteligencias de que la economía y los conocimientos tecnológicos se desarrollarían en una vasta y fértil planicie en la que todos los países, grandes y chicos, pastarían por igual. La historia desmiente semejante optimismo.
Quien alcanza la hegemonía busca mantenerla.
Y los conocimientos tecnológicos son una cuestión clave a proteger, ya que estos ayudan a mantener y ampliar las ventajas competitivas que se logran, por lo que sería suicida para una potencia compartir sus habilidades de vanguardia con otros actores, en particular con aquellos que pueden transformarse en desafiantes.
¿Pero cuáles son las cuestiones prácticas en las que compiten China y Estados Unidos con relación a la IA? Pues bien, sus aplicaciones son vastas: economía, finanzas, logística, defensa, seguridad; incluso para mejorar servicios de salud y brindar educación, entre otros ámbitos apenas incursionados. Por la capacidad de manejar enormes volúmenes de información y algoritmos a una velocidad asombrosa, la IA se muestra como una herramienta clave para la elaboración de escenarios, toma de decisiones y solución de problemas.
La ciencia trata de buscar explicaciones sobre aspectos de la realidad con objeto de mejorarla. La tarea fundamental de la ciencia, entonces, es encontrar regularidades y lograr explicaciones que tengan carácter predictivo. La IA ayuda a esta labor de manera notable. Como si fuera poco, la denominada “hipótesis de la escalabilidad” nos dice que la IA, a medida que se le van agregando parámetros, integra funciones hechas con anterioridad y lleva a cabo operaciones cada vez más complejas. Es decir, cuanto más grandes los volúmenes de datos que maneja, más y mejores tareas realiza.
Volviendo a la competencia estratégica, la IA por sus características es una inyección de fuerza para las estrategias de “hard power”, es decir, las que se basan en la economía y el uso de la fuerza. El dinero y las armas son la base del poder duro, así como la persuasión y el atractivo cultural lo son para el poder blando.
Con relación a la construcción de poder, China y Estados Unidos tienen sus propias maneras de cómo llevar a cabo la defensa de sus intereses. Las estrategias políticas puestas en prácticas resultan, en el trasfondo de cada decisión, del ethos de cada cultura. Esto es algo cuya explicación excede el marco del presente artículo, pero conforme vayan transcurriendo los acontecimientos podremos ver cómo las decisiones prácticas de ambos países estarán condicionadas, a largo plazo, por lo que cada uno “cree” que debe ser el mundo. Ahora bien, las “creencias” son el reflejo de los diferentes ethos de cada pueblo. No hay contradicción alguna entre las políticas que en el corto plazo las potencias llevan a cabo para mantener intereses prácticos, con la influencia que en el largo plazo imprimen sus decisiones. Detrás de toda acción racional, hay una determinada cosmovisión que dio forma a la racionalidad, y esta no es igual para todas las culturas, como creen muchos en el occidente moderno.
Por lo pronto, en la misma cuestión de la IA podemos ver las diversas maneras en que China y Estados Unidos promueven y defienden su desarrollo. Los norteamericanos privilegian la inversión privada ayudando a diferentes empresas, sin dejar de lado algunos controles para una mejor gobernanza en la materia, pero evitando que las cuestiones burocráticas ralenticen las investigaciones. Por su lado, China se maneja de manera centralizada, con acciones fiscalizadas por el Estado y desarrolladas según el mejor interés del Partido Comunista. Dos culturas diferentes, dos métodos de acción diferentes; no obstante, la lucha por el poder y la hegemonía es una sola. Rusia, la otra gran potencia —algo rezagada—, se encuentra ocupada y gastando ingentes recursos en la guerra que mantiene con Ucrania.
Desde ya que, como se trata de un tema sensible, Estados Unidos dejó de lado la retórica de la libertad de comercio y ha implementado diversas medidas contra la República Popular China. Así, ha restringido las exportaciones de conocimientos, software y componentes críticos útiles para el desarrollo de la IA, con restricciones muy fuertes en materia de chips avanzados. Se podrá objetar que entonces Estados Unidos impide el crecimiento de una de las economías más pujantes del mundo por defender sus propios intereses económicos y de seguridad. Efectivamente, de eso se trata la lucha por el poder. Los discursos sobre la libertad y la economía abierta se dejan de lado cuando los intereses estratégicos pueden verse afectados. En Argentina deberíamos abandonar el candor en la comprensión y el ejercicio de nuestra política exterior, y aprender las lecciones pertinentes.


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