Un año de asedio a los derechos humanos

El gobierno libertario puso entre sus objetivos a las entidades dedicadas al ejercicio de la memoria. El ataque no es sólo institucional, sino también discursivo. La retórica de la confusión, la pasividad ante el desguace y la pregunta: ¿cómo hacerle frente?
POLITICAR MAGAZINE30 de enero de 2025 Sebastián Lalaurette
Ilustracion Martin Bravo @martinbravoarte
Ilustracion: Martin Bravo @martinbravoarte

Cuando, en el debate previo a las elecciones presidenciales de 2023, el candidato Javier Milei enunció con firmeza y claridad el argumento de que en los años ’70 “hubo una guerra, y en esa guerra las fuerzas del Estado cometieron excesos”, y deploró “los curros de los derechos humanos”, retomando así los discursos de Emilio Massera y de Mauricio Macri respectivamente, analistas de todo pelaje trataron de exorcizar la sorpresa explicándolo de diversas maneras. Dijeron que Milei buscaba contentar a Victoria Villarruel, su compañera de fórmula e impulsora histórica de la causa pro-militar. O que se proponía acaparar los votos de todo el espectro de la derecha, incluso de la más recalcitrantemente autoritaria. O que era una señal para complacer al propio Macri.

El año largo que pasó desde entonces se encargó de demostrar que hay algo más constitutivo que incidental en ese gesto de Milei, ahora presidente de la Nación. Desde el video oficial emitido a horas del 24 de marzo hasta el cierre del Centro Cultural Haroldo Conti que funcionaba en la ex ESMA, desde la iniciativa para prohibir las reuniones de más de tres personas en espacios públicos hasta la supresión del término “Derechos Humanos” en la denominación del Ministerio de Justicia, pasando por el vergonzante episodio de la visita de diputados nacionales a Alfredo Astiz y otros represores presos (cuyo objetivo, no suficientemente marcado en medio del escándalo de llantos, gritos y rupturas, era la entrega de un proyecto para liberarlos), quedó claro que el gobierno de Milei no solamente es autoritario sino que tiene una vena específicamente negacionista y reivindicadora de la dictadura cívico-militar que se extendió entre 1976 y 1983.

Las hipótesis que sostenían la necesidad de Milei de complacer a Macri o a su vice se cayeron. Macri ya es casi un enemigo y Villarruel está cada vez más marginada del gobierno, y lo que se ve a las claras ahora es que lo que parecía ser “la agenda de Villarruel” es, también, parte de la agenda de Milei.

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“Este gobierno defiende a los represores y a los apropiadores”, dice a POLITICAR Claudia Carlotto, quien además de ser hija de Estela Barnes de Carlotto, la presidenta de las Abuelas de Plaza de Mayo, era la coordinadora de la Comisión Nacional por el Derecho a la Identidad (CONADI) hasta que la administración libertaria la sacó y disolvió la unidad que se dedicaba a buscar a los hijos de los desaparecidos que aún no fueron identificados y que están por ahí viviendo sus vidas sin saber de dónde vienen y quiénes son.

Ahora (y gracias a la estrategia de Axel Kicillof de ponerse en espejo con el Presidente, porque la necesidad política a veces produce reacciones químicas geniales), Carlotto conduce una unidad dedicada a realizar esa misma búsqueda, pero desde el Estado bonaerense. “Estamos armando el equipo para oponer un poco de resistencia a este desguace que están haciendo a nivel de la memoria y de la historia”, explica.

Cuando Carlotto habla de desguace, no se refiere solamente al cierre o vaciamiento de espacios institucionales como la CONADI o la ex ESMA (el próximo objetivo, según advierte la propia Estela), sino también del desmembramiento de una narrativa basada en la memoria y la verdad histórica a través de la instalación de relatos más o menos absurdos sobre la violencia de los ’70. Instalación que se procura no sólo desde el propio Estado, como con el video del 24, sino también desde las voces aliadas al proyecto libertario que operan extraoficialmente, como la del director de cine Diego Recalde que afirmó, presuntamente sin enrojecer, que el golpe de 1976 fue “un acuerdo entre partes”.

“Cuando Carlotto habla de desguace, no se refiere solamente al cierre o vaciamiento de espacios institucionales como la CONADI o la ex ESMA, sino también del desmembramiento de una narrativa basada en la memoria y la verdad histórica a través de la instalación de relatos más o menos absurdos sobre la violencia de los ’70”.

El desguace institucional se da a través de las herramientas formales del Estado (decretos, proyectos, despidos, asignaciones presupuestarias). El otro desguace se logra por medio de un sistema de piruetas retóricas destinadas más a generar confusión que a instaurar una narrativa coherente. Cuando Patricia Bullrich dijo que los manifestantes contra la Ley Bases eran terroristas y que la protesta era un golpe de Estado, no pretendía que una mayoría de la población lo entendiera así, sino aportar ruido, vibración insustancial. (Por debajo de ese ruido, sin embargo, se produjeron detenciones muy reales: hubo gente que estuvo presa durante varios meses, sólo por haber participado de la manifestación. Una medida que, si vamos al caso, se ajusta mucho mejor a la definición de terrorismo. O al menos de la expresión pergeñada por Federico Finchelstein: Milei, Bullrich y los suyos son “fachos wannabe”.)

De la misma manera, hay que creerles a los militantes libertarios que fundaron la agrupación Las Fuerzas del Cielo cuando dicen que su autodefinición como “brazo armado” del régimen mileísta (delicadeza del inefable Gordo Dan) era mero bait. Es preocupante y vale interrogar la facilidad para la metáfora fascista, pero los muchachos realmente se estaban divirtiendo, lanzando una boutade para causar indignación mientras, nuevamente, cosas serias y preocupantes ocurrían por debajo.

La estrategia de la confusión se complementa con la del palo. Para Claudia Carlotto, este doble mecanismo es el que explica la pasividad general de la población ante el ataque permanente a los derechos más elementales. 

“Hay mucha gente que está azorada, mucha gente que no entiende lo que está pasando, que no lo puede creer. Y también hay una gran desmovilización, porque si se movilizan los jubilados y les pegan palos y les tiran gases a nenes, la gente tiene miedo también. Este es un gobierno represivo”, dice la funcionaria.

En la retórica mileísta la lucha contra “la casta” mantiene su poder hechizante pero el verdadero enemigo son “los zurdos”, que parecen ser quienes defienden cualquier derecho que no sea el de propiedad, porque todo es confuso a propósito. Lo que no hay que perder de vista es que en aquel discurso de campaña Milei dejaba al descubierto algo que muchas veces se pone en duda: que hay una línea de continuidad que une a la dictadura con el macrismo y con este gobierno libertario, que la división entre aliados y adversarios es básicamente la misma y que “las ideas de la libertad” son las de un conservadurismo cuyo programa no es muy liberador que digamos.

La pregunta, ante esta embestida que ya lleva más de un año y no da visos de acabarse, es qué hacer al respecto. Para Carlotto, la respuesta está en la resistencia: “Tenemos que resistir hasta que este gobierno se vaya y venga un gobierno humano, formado por seres humanos sintientes”.

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