
Las consecuencias se sentirán durante años y las heridas abiertas sirven como señal de alerta para países como Brasil que, cada vez más, necesita fortalecer su democracia.
En los albores de 2026, la crisis venezolana ha trascendido definitivamente la narrativa del colapso doméstico para consolidarse como el epicentro de la reordenación geoestratégica del Hemisferio Occidental en función de los principios de seguridad estadounidenses.
GEOPOLÍTICA15 de enero de 2026
Para Brzezinski, la primacía estadounidense dependía de su capacidad para impedir que surgiera un retador capaz de dominar el espacio euroasiático y proyectarse hacia otros hemisferios. En 2026, esa coalición hostil ha encontrado en Venezuela un activo de denegación de espacio.
La presencia de China —enfocada en el control de infraestructuras críticas— y de Rusia —mediante la cooperación técnico-militar y de inteligencia— ha transformado al país en una "cabeza de playa" euroasiática en el continente. Al mantener una presencia militar rotativa y estratégica, Moscú ha obligado a Washington a desviar recursos hacia su flanco sur, fragmentando la atención del Pentágono. Venezuela desde hace unos años no es solo un Estado en crisis; es el punto de apoyo donde las potencias desafiantes vienen intentando apalancar su entrada al sistema de seguridad americano.
Siguiendo la tesis de Kaplan, el destino de Venezuela ha sido esculpido por su geología. Situada en la bisagra entre el Caribe y el Amazonas, el país es la llave del acceso atlántico de Sudamérica. En el contexto de la transición energética de 2026, su importancia estratégica ha mutado.
Si bien el crudo sigue siendo un factor de peso, la competencia se ha desplazado hacia el Arco Minero del Orinoco. La presencia de minerales estratégicos como el coltán, el torio y otras tierras raras, esenciales para la industria de defensa, ha convertido el territorio venezolano en una zona de seguridad nacional para cualquier potencia que aspire a la autonomía tecnológica. La porosidad de sus fronteras no es un problema local, sino un factor de erosión que desafía la estabilidad de aliados regionales clave como Colombia y Brasil.
III. El retorno del realismo ofensivo: El fin de la "Gran Ilusión"
Ante este escenario, la administración actual ha ejecutado un viraje histórico al abandonar la geoestrategia de la "Hegemonía Liberal". Siguiendo la tesis de Mearsheimer en The Great Delusion, Washington ha comprendido que el intento de transformar el mundo a imagen de los valores occidentales mediante el cambio de régimen ha sido una "gran ilusión" que solo facilitó el avance de rivales estratégicos. En 2026, esta reorientación abraza un realismo crudo: ya no se busca "salvar" a Venezuela por principios universales, sino asegurar la hegemonía regional como única garantía de supervivencia sistémica.
Esta postura se traduce en un intervencionismo selectivo y una presión máxima orientada a desarticular la influencia rusa y china. Al fortalecer el Mando Sur (SOUTHCOM), Washington envió una señal de disuasión por negación: el objetivo es "limpiar" su área de influencia de activos hostiles y garantizar que las reservas estratégicas se gestionen bajo una arquitectura estrictamente favorable a los intereses estadounidenses.
Desde la perspectiva del realismo ofensivo, el análisis de Mearsheimer es lapidario: el conflicto no es una lucha de valores, sino una consecuencia inevitable de la búsqueda de supremacía. Las grandes potencias son maximizadoras de poder por necesidad; por tanto, Estados Unidos no busca simplemente coexistir, sino ser el único hegemón regional en su hemisferio.
En este tablero, Venezuela funciona como un "cebo" geopolítico. China apoya a Caracas no por afinidad ideológica, sino para empantanar a Washington en su propio "patio trasero", forzándolo a desviar recursos que deberían estar destinados a contener el ascenso chino en el Indo-Pacífico. La tragedia es que la soberbia liberal del pasado permitió que los rivales cruzaran el océano, convirtiendo a Venezuela en el terreno donde se viene dirimiendo la credibilidad de la fuerza estadounidense.
Entender lo que ocurre hoy exige mirar más allá de Venezuela. El país se convirtió en el laboratorio donde se testea la resistencia del orden unipolar frente al empuje de la multipolaridad. Su destino no se decidirá únicamente en sus urnas o calles, sino en la tensión dialéctica entre el expansionismo de Eurasia y el renacido pragmatismo de un Estados Unidos que vuelve a mirar hacia el sur con la frialdad de los mapas. Venezuela es la pieza que definirá si el Hemisferio Occidental sigue siendo un bastión de influencia occidental o la nueva frontera de un orden mundial irreversiblemente fragmentado.
Referencias Bibliográficas
Brzezinski, Z. (1997). El Gran Tablero Mundial. Barcelona: Paidós.
Kaplan, R. D. (2012). La venganza de la geografía. Madrid: RBA Libros.
Mearsheimer, J. J. (2001). The Tragedy of Great Power Politics. Nueva York: Norton.
Mearsheimer, J. J. (2018). The Great Delusion: Liberal Dreams and International Realities. Yale University Press.

Las consecuencias se sentirán durante años y las heridas abiertas sirven como señal de alerta para países como Brasil que, cada vez más, necesita fortalecer su democracia.

Desde la asunción de Javier Milei como presidente, ha manifestado que Argentina debe ser parte de la OTAN, haciendo ingentes esfuerzos para que ello suceda.

Detrás de las estrategias de los Estados hay acciones racionales. Sin embargo, y a diferencia de lo que suele afirmar la sabiduría convencional en Occidente, la racionalidad no es universalmente igual para todas las naciones: las culturas condicionan las formas mentales y por ende los procesos de toma de decisiones.

Las guerras de hoy no necesitan declaración formal para ser mundiales. En un escenario sin orden global claro, los conflictos regionales arrastran a las potencias y reconfiguran el equilibrio planetario. Lo que antes era periférico, ahora es centro. Y nadie queda afuera.

El escenario internacional está ingresando en un ciclo de alto riesgo, pues las cuatro principales realidades asociadas a la estabilidad relativa del mundo se encuentran en una situación comprometida, descontrolada o de creciente tensión.
