Estados Unidos y China: una competencia, dos mundos

Detrás de las estrategias de los Estados hay acciones racionales. Sin embargo, y a diferencia de lo que suele afirmar la sabiduría convencional en Occidente, la racionalidad no es universalmente igual para todas las naciones: las culturas condicionan las formas mentales y por ende los procesos de toma de decisiones.

GEOPOLÍTICA29 de agosto de 2025Lic. Andrés BerazateguiLic. Andrés Berazategui
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La competencia que llevan a cabo Estados Unidos y China evidencia diferentes maneras de planificar estrategias y de actuar. El pensamiento estratégico, al ser algo complejo, revela también que pueden ser muy distintos los trasfondos culturales que subyacen en las decisiones de los actores internacionales. Y esto es así porque la estrategia se planifica en vista de fines que deben alcanzarse por un conjunto de medios que se emplean racionalmente. Ahora bien, la racionalidad de los actores —es decir su capacidad de calcular y evaluar reflexivamente el uso de los medios que permiten alcanzar aquellos fines— no necesariamente es la misma en todos ellos, ya que las racionalidades pueden estar condicionadas por diferentes contextos culturales. Por ejemplo, la inmolación personal para cometer un atentado puede ser un medio perfectamente racional para un cierto actor, mientras para otro todo lo contrario. Sin llegar a este caso extremo, creemos que puede observarse una diferencia de formas mentales en las estrategias de Estados Unidos y China, los dos mayores poderes de la actualidad. 

Ya no es un secreto para nadie que tanto Estados Unidos como China compiten en multitud de aspectos de la política internacional. Mencionemos algunos de los temas más importantes: la rivalidad en el comercio internacional; las diferentes narrativas que tanto Estados Unidos como China usan para justificar sus acciones; la presencia militar del gigante asiático allende sus fronteras y en el mar del Sur de China en particular; las tensiones permanentes en torno a Taiwán; la alianza cada vez más estrecha entre China y Rusia; la creciente actividad en el espacio ultraterrestre; las acusaciones con relación a la ciberseguridad; las campañas de “desinformación”; la competencia por los recursos —significativa en lo relativo a minerales y metales críticos—; los desarrollos en materia de biotecnología, semiconductores, Inteligencia Artificial…

Ahora bien, ambos países tienen diferencias notables en las maneras de planificar sus estrategias y defender sus intereses. Si bien no fue el primero en advertirlo, viene al caso recordar lo que dijo Henry Kissinger con respecto a las diferencias entre China y Occidente. Argumentó esto poniendo de ejemplo “los respectivos juegos por los que se ha inclinado cada civilización”: el wei ki (más conocido como go en occidente) en China y el ajedrez en el mundo occidental. Kissinger explica que en el wei ki es fundamental la idea de cerco estratégico. De hecho, el nombre del juego puede traducirse a algo así como “juego de piezas circundantes”.

Continúa Kissinger: “Los jugadores colocan por turnos las piedras en cualquier punto de la cuadrícula, creando posiciones de fuerza y trabajando a un tiempo por circundar y capturar las piedras del adversario”. También señala cómo, a medida que transcurren los movimientos de las piezas, se van modificando gradualmente los equilibrios hasta que hacia el final del juego “el tablero se llena de zonas de fuerzas que se entrelazan parcialmente. El wei ki busca cercar las fichas del adversario ocupando la mayor parte de los vacíos posibles. El objeto del juego no es ‘comer fichas’, sino lograr el dominio estratégico del tablero acorralando al adversario durante toda la partida, hasta que no haya más posibilidad de hacer movimientos productivos”. Por su parte, el ajedrez es distinto. Kissinger nos dice que en este juego se busca la victoria total. Y esto es verdad, en el ajedrez el objetivo “es el jaque mate, colocar al rey adversario en una posición en la que no pueda moverse sin ser destruido”. La interacción de las piezas es directa: buscan eliminarse para ocupar unas bien delimitadas casillas. Las piezas se comen y se sacan del tablero, desgastando así al rival y orientando los esfuerzos en acorralar a la pieza principal, el rey, hasta que, como se dijo, este no pueda moverse sin ser destruido. 

En el wei ki se busca el cerco y el rodeo, se apela a la flexibilidad, a la exploración de espacios en el tablero intentando ocupar sus vacíos: el wei ki tiene un concepto del tiempo más ligado a los desarrollos fluidos y acompasados. La racionalidad en el ajedrez se manifiesta de manera distinta: se trata de dominar la zona media del tablero por ser su “centro de gravedad”. Los jugadores buscan “matar” piezas adversarias comiéndolas y reemplazándolas con piezas propias. En el ajedrez se confronta pieza a pieza, por lo que se busca ser resolutivo. Una pieza que se come queda afuera y el tiempo se mide con mayor precisión porque la eliminación de una pieza no es a través de un rodeo —tarea que lleva una cierta dilatación temporal—, sino que se come en un momento preciso, ubicable con toda exactitud.

No es casual que, desde el punto de vista militar, los mayores estrategas de una y otra cultura sean tan diferentes. Sun Tzu y Clausewitz representan con claridad las diferencias que aquí advertimos, pues ambos se apoyan en racionalidades análogas a las que hemos expuesto al hablar de los juegos. Sun Tzu explica que hay que intentar subordinar la voluntad del enemigo, pero en lo posible sin combatir. Es conocida su máxima de que “el supremo arte de la guerra es someter al enemigo sin dar batalla”. Sun Tzu busca lo que podríamos definir como paciencia estratégica, muy ligada por cierto a la noción de un tiempo que fluye y se regula según van ocurriendo los movimientos propios y del enemigo. Es por eso que para el estratega chino tienen tanta relevancia las cuestiones inmateriales. Si el ideal de máxima es subyugar sin luchar en batalla, se entiende que Sun Tzu tenga por tan importantes cosas como conocer al enemigo o utilizar la mentira y el engaño. Para el oriental la batalla es algo muy costoso en hombres y recursos, razón por la cual lo mejor es tratar de evitarla y solo llegar a ella cuando no queda otra alternativa. Clausewitz es del todo diferente —así también el resto de los estrategas militares clásicos de Occidente—. Por empezar, para el prusiano la batalla es algo crucial. Es más, lo ideal no es evitar las batallas, sino, por el contrario, tratar de encontrar una que sea decisiva. El objetivo de la guerra es doblegar al enemigo a través de la fuerza, ya que la guerra es principalmente un hecho de violencia física, por lo que adquieren gran relevancia para Clausewitz las variables materiales, temporales y espaciales que puedan favorecer del mejor modo posible el desempeño propio en combate. En el pensamiento estratégico militar de Occidente son fundamentales la confrontación, la fuerza y la aniquilación del enemigo.

Si llevamos el análisis al desarrollo de la competencia que hoy llevan a cabo China y Estados Unidos, comprobaremos que los esquemas de pensamiento que hemos expuesto pueden rastrearse en cómo ambas potencias gestionan sus respectivas geoestrategias. China apela principalmente a promover intereses que logren beneficios mutuos con otros actores —para que estos se convenzan de que es productivo llevarse bien con ella—, mientras apela también al soft power presentándose como una potencia benigna y diplomática que solo busca la prosperidad común. Los aspectos coercitivos suelen ser últimas instancias que China implementa de manera indirecta y en diversos grados de intensidad según un tiempo-coyuntura. La proyección del gigante asiático sobre el mar del Sur de China parece una jugada de wei ki: ocupa espacios “vacíos” (de soberanía práctica relativa o bien en disputa) construyendo islas artificiales que se articulan dentro de una “línea de nueve puntos” que cerca el espacio que pretende dominar. La construcción de estas islas se lleva a cabo de manera tan sostenida y firme que deja poco espacio para las maniobras políticas de los Estados de la región. Al mismo tiempo, China, a través de su Iniciativa de la Franja y la Ruta, despliega poder a través de una vasta geografía generando inversiones e intereses compartidos con actores que, en principio, se ven beneficiados por el proyecto. Con la Iniciativa de la Franja y la Ruta China expande a largo plazo su influencia y comercio tentando con buenos dividendos a gran cantidad de países.

Las acciones norteamericanas, por otra parte, son claramente distintas. Estados Unidos pone siempre el énfasis en el hard power, las acciones directas y aun las amenazas públicas. Su estrategia para la región Indo-Pacífico, el principal espacio de competencia con Pekín, suele ser una combinación de acuerdos en materia de seguridad e inteligencia con países de la región (AUKUS, QUAD, Five Eyes, o acuerdos bilaterales de defensa con Japón, Corea del Sur, Filipinas), y de sanciones económicas y restricciones tecnológicas hacia China. Estados Unidos confronta explícitamente, al punto de que el reconocimiento de China como principal amenaza para los intereses globales de Estados Unidos es un punto de coincidencia básico entre los partidos Demócrata y Republicano. Que Donald Trump se haya mostrado algo más abierto para dialogar con Xi Jimping creemos que no cambia la ecuación. La competencia estratégica entre ambos países ha llegado para quedarse por un buen tiempo. Cada uno actuará con su estrategia, su visión del mundo y sus valores. Con su propio espíritu, en definitiva.

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