
El barrio y el FMI

Hace tiempo ya que la inflación, ese mal endémico de la Argentina, no está al tope de las preocupaciones de la gente. Así lo marcan todas o casi todas las encuestas, que, con variaciones, ubican en el primer lugar de la lista al desempleo, lo pobre de los salarios, la corrupción u otros problemas.
Este estado de la percepción social no le conviene al gobierno de Javier Milei, que basa su capital simbólico en haber derrotado a la inflación. Por supuesto que el hecho de que la inflación esté subiendo desde hace varios meses no ayuda, pero lo cierto es que, aun si siguiera bajando, ese éxito ya no resulta tan atractivo como antes.
De alguna manera es normal: el primer vaso de agua tras una larga travesía por el desierto debe sentirse como un fenómeno casi divino, una salvación hecha y derecha, pero cada vaso subsiguiente, una vez que ya te salvaste, tendrá menos y menos de esa aura, entrará en el terreno de la normalidad. Es posible y necesario recordar el peligro de volver al desierto, remarcar lo necesario de un suministro de agua constante, algo que el gobierno procura hacer discursivamente, pero pasada la urgencia uno empieza a pensar en los otros problemas que tiene.
Sin embargo, vamos a lanzar una hipótesis, a lo mejor un poco audaz, que contribuye a explicar parcialmente el cambio de ánimo de la gente respecto del estado de las cosas en la economía, y en particular, de la percepción del ajuste ejecutado por el gobierno como una intervención necesaria cuyas consecuencias hay que soportar para evitar el infierno de la inflación.
La economía en general funciona según patrones y variables que, en su mayoría, nos resultan abstrusos, difíciles de ligar a nuestra vida cotidiana. La operatoria de la bolsa, el riesgo país, la tasa de interés, los encajes bancarios, son cosas cuya importancia comprendemos lejanamente, pero se las dejamos a los expertos, confiando en que ellos sabrán qué hacer.
En cambio, hay algunas variables que se sienten extremadamente cercanas, que nos afectan directamente. En la Argentina, las dos que se nos vienen inmediatamente a la cabeza son la inflación y el precio del dólar. Estamos constantemente pensando en ellas porque son las que nos afectan a diario, una más que la otra, pero en definitiva las dos porque están estrechamente relacionadas: si sube el dólar, suben todos los precios. Así es la cosa.
Nuestra hipótesis es que hay una tercera variable que ha entrado por analogía en la conciencia de la gente, luego de mantenerse en la periferia, como un concepto nebuloso, durante mucho tiempo. Y esta variable es la deuda.
Siempre entendimos que es malo que la deuda externa aumente. Hemos asistido a contratiempos de diversos tipos, como la ausencia de crédito para la Argentina en los mercados internacionales y hasta la debacle del default, en un ya lejano 2001. Sabemos que el país afronta el peso de las obligaciones con el FMI y otros organismos, que imponen periódicamente la necesidad de ajustarse el cinturón para poder pagar y no “carse del mundo”. Pero todo esto nos queda muy lejos. Y cuando vienen a explicarnos que la deuda se renueva, se rollea, se puede cambiar por otra deuda a menor tasa, o cuando parecía que había un prestamista de última instancia pero luego aparece otro, nos queda la impresión de que se trata de un mero juego de números, que los expertos resuelven a través de una prestidigitación desconocida para el gran público. Al fin y al cabo, la deuda siempre estuvo ahí.
Ahora, sin embargo, el peso de la deuda afecta a los hogares argentinos. No es la deuda externa, claro, sino la deuda de las propias familias. El índice de morosidad es récord, tanto en el pago de los resúmenes de las tarjetas de crédito como en el de los préstamos personales; supera los niveles de la pandemia y hay que remontarse a 2008 para encontrar un nivel similar. Las familias están cada vez más endeudadas. Ese peso se siente en el día a día, o quizás en el mes a mes, cuando llega la hora de pagar y no hay con qué.
Entonces entra, como decíamos, por analogía, este concepto de lo que podríamos llamar la gran economía a la percepción popular. Entendemos que tener una deuda muy elevada es un gran problema, porque lo estamos viviendo nosotros mismos. Los economistas a veces comparan al país con un hogar para explicar los problemas que atraviesa; esto tiene sus riesgos, suele llevar a inexactitudes, porque los países no funcionan como los hogares, pero en el caso de la deuda la analogía es muy potente.
Recurrir a un préstamo para pagar la tarjeta, pedirle plata a un amigo o un familiar para cubrir el préstamo, multiplicar las tarjetas que usamos para poder seguir comprando, caer en las manos de prestamistas cada vez más usureros, empeñar joyas y malvender posesiones para cubrir el rojo, son elementos de un drama que vive cada vez más gente, que nos resulta cercano porque conocemos a alguien que lo está atravesando (si no nosotros mismos) y que, además, tiene paralelos inmediatos con los malabares que debe realizar el país frente a la inmensa deuda externa.
Ahora que la inflación no resulta tan acuciante como en el último tramo del gobierno de Alberto Fernández, empezamos a comprender el altísimo costo del programa que implementó su sucesor para poder derrotarla. La advertencia de muchos analistas de que el plan económico no es sostenible porque depende de que entren cada vez más dólares, pero a la vez esos dólares se despilfarran en un intento de mantener a raya su valor, se hace carne porque percibimos la deuda como algo muy próximo, sentimos su agobio.
País endeudado, familias endeudadas: un paralelo que se traduce en la percepción de que el esfuerzo, contrariamente a lo que propone el gobierno, no estaría valiendo la pena.



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