
El diván de los inmortales

Un cuento de Lúmina Rodas Agüero.
Hija del abismo, escriba del goce que Nietzsche no se animó a vivir y Freud apenas logró olvidar. Lo sublime y el realismo sucio en su mejor versión.
Friedrich Nietzsche ya había muerto. O algo parecido. Vivía en una esquina derrumbada del inconsciente colectivo, entre gritos de hombres que ya no se sabían hombres y mujeres que lo habían leído como una herida abierta.
Su mente era un eco de aforismos inconclusos y gestos que nunca se realizaron. Estaba solo, como siempre quiso y como nunca soportó. Escribía con furia, con saliva seca, con los ojos como cuchillos. Hasta que se abrió una puerta que no estaba. Sin aviso. Sin lógica.
Entró Freud. No el del bronce. No el de los manuales. El otro. El de los dedos que sabían callar el cuerpo de una mujer sin convertirlo en objeto. El que había amado a Lou Salomé como se ama una idea con caderas. El que no buscaba destruir a Nietzsche, sino mirarlo a los ojos desde la grieta.
Friedrich no lo miró. Lo sintió. Como se siente a un enemigo que no viene a pelear, sino a entenderte. Había odio. Pero también algo peor: había respeto.
—Así que eras vos, Sigmund.
—Siempre fui. Vos fuiste deseo sin límite. Yo, límite con deseo.
—Y ella...
—Ella era la palabra que no querías escuchar.

Friedrich cerró el cuaderno. El temblor no venía de la mano. Venía de algo anterior a la voluntad. Venía de la carne que nunca se animó a saborear porque la había puesto en un altar.
—Si me la hubiera chupado...
—Te habrías callado, por fin. Y habrías escrito menos. Pero mejor.
Nietzsche escupió risa amarga. Era una risa sin dientes. Una carcajada con cicatrices.
—Vos la tuviste. Decime. ¿Se rinde? ¿Llora? ¿Miente? ¿Se quiebra?
Freud se acercó. Le puso una mano en el hombro. No con superioridad. Con duelo. Como quien consuela a un hermano que el tiempo dejó afuera de la fiesta.
—No. No se rinde. No llora. No miente. No se quiebra. Se va. Siempre se va. Después de darte todo, se va. Y no podés escribirla. Solo podés extrañarla. Y eso... te arruina.
El silencio pesaba como un dios que no cumple promesas. Nietzsche quería gritar. Pero ya había gritado todo. Y Freud lo sabía.
—Entonces, Sigmund...
—Entonces, Friedrich... dejá de culparla. Ella fue real. Vos fuiste mito.
El filósofo cerró los ojos. Quiso morirse de nuevo. Pero ya no se podía morir más.
—¿Y qué hiciste después de ella?
—Inventé el inconsciente para no llorarla. Hablé de la madre, del padre, del falo, del complejo. Pero era ella, Friedrich. Todo era ella. Lou era el inconsciente. Vos la transformaste en dios. Yo en síntoma.

—Y ninguno la tuvo entera.
—Porque nadie puede. Ella es la parte que no se deja reducir. Y por eso se recuerda. Por eso nos duele.
Y así, en el diván que no estaba, los dos se sentaron. Uno para recordar. El otro para olvidar. Y entre medio, Lou Salomé, danzando sin cuerpo en la memoria de dos hombres que la quisieron contener.
Sin lograrlo. Porque ella no fue de nadie. Y por eso fue de todos.
Afuera, en la nada, se escuchaba un gemido que no era de placer. Era de sentido. O de la falta de él. Como una brisa que se mete en el pecho y no sale.
Freud sacó un cigarro. Nietzsche miró su pluma seca. Y por primera vez, se dejaron estar. No como rivales. No como teorías. Sino como dos tipos que supieron amar a la misma mujer sin haber aprendido nunca a habitarla.


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