El fin de la retórica: el ágora en tiempos de ratios y basados

En los albores de la democracia ateniense, Sócrates se paseaba con sus conciudadanos en la plaza, no para proclamar verdades absolutas, sino para someter cada afirmación al fuego de la dialéctica. Su método, la mayéutica, entendía el diálogo como un parto colectivo de ideas, donde la pregunta correcta valía más que la respuesta contundente. Hoy, sin embargo, asistimos a otro escenario: el ágora digital de Twitter ha reemplazado aquella búsqueda de la verdad por una carrera de ingenio y picardía, donde lo que importa no es convencer con argumentos sólidos, sino impactar con la respuesta más “basada”.
ANALISIS 22 de abril de 2025 Gregorio Olavarría
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Volver a la vieja retórica suena infantil, casi pueril, un acto de ingenuidad en medio del rugido digital.

El término, como tantos otros nacidos en el ecosistema de Internet, proviene de subforos anónimos estadounidenses y deriva del inglés “based”. En su origen, describía a quien sostenía una opinión sin importar cuán polémica o disruptiva fuera respecto del consenso social. Ser calificado como “basado” no implicaba necesariamente tener razón ni decir algo sensato, sino atreverse a decir lo que otros callaban, con una mezcla de descaro, convicción y desafío. Incluso hoy, cuando se le dice “basado” a alguien, no siempre hay un aval sobre el contenido de lo dicho, sino una admiración por la audacia de decirlo. Ya no se trata de calificar un argumento, sino de ungir a una persona o premisa con una forma particular de arrojo: alguien “basado” es quien, sabiendo que lo que dice es incorrecto, controvertido o brutal, lo reafirma y lo celebra justamente por eso.

La dinámica de 280 caracteres ha reformulado la política: el espacio que antes estaba dedicado a la construcción pausada de un argumento —con referencias, matices y contraejemplos— ahora se cede al flash humorístico y a la réplica inmediata. En la conversación política argentina, este cambio resulta especialmente notorio: el elogio de lo “basado” ha convertido a ciertos tuiteros en estrellas virales, campeones de la autenticidad anti‑élite. Quien conecta de un golpe con la indignación del público —a través de un meme, un sarcasmo brutal o una frase lapidaria— acumula “retuits” y seguidores sin necesidad de profundizar en el fondo.

¿El resultado? impactar y marcar la agenda no solo digital sino hasta política y cultural, llegando incluso hasta influir en los discursos y decisiones del gobierno de turno.

La aparente ligereza de este formato, sin embargo, esconde un costo profundo. Primero, porque la velocidad sobreexcita el debate: cada usuario se siente impulsado a responder al instante, temiendo quedarse fuera de la conversación o, peor aún, perder la oportunidad de “robar la escena”. Al privilegio de la rapidez se le suma la tentación de sacrificar la precisión, pues un chiste mordaz suele propagarse con más voracidad que cualquier matiz. Así, la distinción entre hecho y opinión, entre ironía y verdad, se vuelve más frágil que nunca.

Por otra parte, la lógica de lo “basado” agudiza la polarización. En lugar de tender puentes mediante preguntas que inviten a reflexionar, el punchline funciona como un látigo: herir al adversario y provocar el aplauso de los propios. Este mecanismo refuerza las burbujas ideológicas, pues la audiencia premia aquello que confirma sus prejuicios y desprecia lo que los cuestiona. En ese clima, la retórica socrática —esa práctica de escuchar al otro con genuina curiosidad y examinar las propias certezas— parece más que nunca un lujo del pasado, una costumbre ficcional.

Hoy, en el ecosistema político tuitero argentino, el valor de un mensaje ya no se mide por la solidez de sus argumentos ni por la claridad de sus propuestas, sino por su potencia viral: los “likes”, retuits y sobre todo el escurridizo “ratio” (cuando un comentario recibe más likes que el tuit al que le responde.) se han transformado en indicadores de influencia. A su manera, el elogio de lo “basado” ha redefinido las reglas del juego. Y así, decisiones que tradicionalmente se nutrían de estudios, estadísticas y debates técnicos terminan ajustándose al pulso de la red social.

Como casos claves y memorables tenemos el de Tomás Rebord, un streamer peronista conocido por su tono crítico al gobierno pero que rara vez lo expone en redes de forma directa. Él mismo protagonizó hace unas semanas un episodio revelador. Al responder directamente a un tuit presidencial, su réplica cosechó un ratio favorable: más citas, respuestas y “me gusta” que el tuit original del Presidente, un síntoma de que su voz comenzaba a calar hondo en la conversación. Según se rumorea, aquella misma noche la Casa Rosada habría desplegado bots programados para inundar el hilo oficial con respuestas automáticas, diluyendo el impacto de Rebord. No se trató de discutir su argumento o de desmentirlo con datos, ni siquiera en devolverle respuesta a sus dichos: bastó saturar el espacio de conversación para que su ratio quedara neutralizado y la narrativa oficial recuperara protagonismo.

En un giro aún más pintoresco, la campaña de memes “Milei cumple” comenzó como una broma irónica: en la jerga tuitera se aseguraba que, de llegar al poder, Javier Milei bajaría impuestos a los videojuegos digitales, especialmente en Steam. Era un reclamo cargado de humor, un guiño de la juventud gamer que veía en esa promesa un símbolo de libertad económica. La medida no llegó en el primer año de gestión, pero —sorprendentemente— hace unos días se decretó finalmente la reducción de esas cargas fiscales. Para celebrarlo, circuló una nueva ola de memes que parodiaban la estética de “Perón cumple”: carteles retro, tipografías clásicas y lemas solemnes anunciando, con aire jocoso, la “misión cumplida” del presidente liberal. Aquella sátira de dudosa ironía paródica se filtró en despachos oficiales como ejemplo de apoyo popular, mostrando nuevamente que el eco de un chiste viral puede llegar a traducirse en política pública real.

Volver a la vieja retórica suena infantil, casi pueril, un acto de ingenuidad en medio del rugido digital. Hoy, el auténtico contrapunto a lo “basado” no es desenfundar un arsenal de datos o preguntas certeras y racionales —esa práctica lleva tiempo agonizante— sino encarnar una actitud estoica, no para conmover ni moralizar, sino para resistir con otra clase de temple, consisten en una disciplina más dura: la empatía, la paciencia y el respeto. No para tender la mano, sino para devolver el fuego con mayor control, desde una posición que no renuncie al conflicto, pero tampoco se rebaje a su lógica.

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