
Ahora que se viene la elección quizás sea ameno recomendar un libro que se llama 24/7 de Jonathan Crary (1951) que dice que no está todo mal, en caos.
La posmodernidad occidental es la era del Individuo: el ser singular autónomo que busca maximizar beneficios para sí mismo.
ANALISIS 22 de febrero de 2025¿Cómo se ha llegado a esta situación? La historia de la política occidental nos muestra que en la Modernidad, y con particular énfasis una vez producidas las revoluciones francesa e industrial, tomaron cuerpo grandes movimientos de masas que actuaron movilizados por cuestiones políticas o por reclamos de tipo económico y social.
En un comienzo, estos movimientos corrieron paralelamente sin mayor contacto entre ellos, pero teniendo en común el hecho de que fueran radicalizados. En lo económico y social aparecieron el socialismo, el comunismo o el anarquismo, por ejemplo, para luchar contra la explotación capitalista. Pero también hubo radicalización en luchas estrictamente políticas, y así eclosionaron los nacionalismos con sus mitos fundacionales por defender, sus reclamos por agravios recibidos en el pasado o por la búsqueda de independencia.
Todos estos movimientos eran masivos y apelaban a diferentes tipos de lealtad para convocar a la acción. Es la época de la Modernidad y sus “grandes relatos”. Los movimientos de masas buscaron la agitación e intentaron explicar los complejos procesos históricos reduciéndolos a unas limitadas “ideas-fuerza”, naciendo así las ideologías: explicaciones simplificadas de la realidad que incluyeran pocos factores causales, pero también pocos aunque ambiciosos objetivos, es decir, aquellos aspectos de la realidad que se quería cambiar.
De este modo, los comunistas hablaron de la lucha de clases y la solidaridad del proletariado postulando la abolición de las contradicciones sociales. Los anarquistas predicaron la comunión de los hombres libres y el fin de toda autoridad. Los nacionalistas reivindicaron el pasado y buscaron la independencia frente a los Otros.
En el periodo europeo de entreguerras hubo incluso sectores radicalizados que intentaron construir síntesis de los reclamos precedentes, y así llegaron a tomar cuerpo movimientos nacionalistas y revolucionarios de diverso tipo y origen. Algunos se acercaban más a lo que se entiende por derecha y otros más a la izquierda; algunos llegaron al poder y otros no; unos eran netamente urbanos y otros más rurales; algunos fueron más religiosos, otros más seculares; los hubo también racistas, como se sabe.
Ahora bien, todos estos movimientos —ya sea los del siglo XIX como los del periodo de entre guerras y más allá durante el siglo XX—, instaban a una solidaridad de alcance masivo y promovían la defensa de objetivos generales. Los sujetos sociales a los que apelaron fueron la clase, la nación, la raza. Hoy en día, no obstante, las cosas han cambiado. La misma Modernidad es cosa del pasado, y hoy en la Posmodernidad los grandes relatos son artículos de museo olvidados entre viejas banderas y fotos color sepia. Al menos es así para aquellos que en la actualidad adhieren a otras ideologías para seguir incitando al cambio.
La posmodernidad occidental es la era del Individuo: el ser singular autónomo que busca maximizar beneficios para sí mismo. Este sujeto nada tiene que ver ni con los movimientos de masas ni con los grandes relatos del pasado. Es todo lo contrario de lo que hemos descripto más arriba.
Este Individuo nace como emergente de una era de despolitización. Es la consecuencia lógica del debilitamiento de los lazos comunitarios y como sujeto social es el protagonista de la radicalización política que vemos en estos días.
Un ser singular de este tipo solo participa de aquellos colectivos que proyectan su propia individualidad. No le interesan los datos preexistentes de la realidad a los que apelaban las ideologías del pasado, como la clase, la nación o la raza. O en todo caso estas cosas le resultan accidentales. Lo importante para este individuo, base fundamental de la apelación política contemporánea, es su propio y singular interés. Esta mentalidad es notoria donde más actúan las consecuencias de la posmodernidad: los sectores medios y profesionales de las grandes urbes, y en general entre los jóvenes “hiperconectados”. Es en estos sectores —fundamental: y en muchas personas que aspiran formar parte de ellos— donde se buscan hoy los militantes partidarios. De aquí salen los amplificadores de ideas de los partidos políticos.
¿Pero qué ocurre? Hoy en día, los mensajes llegan a través de tantos canales que no se los puede asimilar a todos, por lo que para promover agendas políticas hay que llevar a cabo tareas titánicas para simplificar las ideas. La mayoría de las personas no puede (o no quiere) estar demasiado tiempo informándose o interiorizándose sobre la realidad. La velocidad de los cambios y la cantidad de fuentes hace difícil abordar los temas de interés, aun los que aparentan ser más sencillos. De allí que los políticos busquen llegar con mensajes de fácil comprensión.
Ahora bien, los temas que la política busca instalar no son valorados de igual manera por todos. La experiencia nos muestra que, si bien a la mayoría puede interesarnos la seguridad, la educación, la economía o el cuidado del medio ambiente, no todos priorizan los temas de igual manera. Ya sea por formación, experiencias personales o por lo que fuera, las personas tienden a jerarquizar sus intereses de distinto modo. Y así llegamos a ver que incluso socialmente se tiende a creer que algunos temas son propios de la “derecha” y otros de “izquierda”. Un ejemplo: se afirma que hablar de seguridad es de derecha y hacerlo de justicia social es de izquierda. Una estupidez. Pero pasa con otros temas, como el crecimiento económico, la moral, las demandas de las mujeres, la ecología, los derechos humanos, etc. En todo caso, los que han aceptado esto son gente de sectores medios urbanos o de clase baja que viven en la periferia, pero aspiran a ser como aquellos.
El problema es que estos personajes —por ser ruidosos, miembros de aparatos culturales, activos en las redes sociales— son los que terminan construyendo sentido: y luego las mayorías consumen ese sentido a través de multitud de medios, ya sean canales televisivos, streamings, sitios webs, redes sociales o la mar en coche. Pero como dijimos, los mensajes y las maneras de abordar los temas de interés público necesariamente tuvieron que ser previamente simplificados para poder transmitirse al vertiginoso ritmo de la difusión moderna.
No solo eso: muchas veces los temas son presentados de manera polémica —cuando no directamente descontextualizada— para que puedan llamar la atención. Como sea, con objeto de poder comunicar se utilizan mensajes simplificados, unilaterales e instantáneos, lo que necesariamente conspira contra el espíritu crítico. Es lógico que en esta situación se exasperen los ánimos, la inteligencia actúe de manera limitada y entonces emerja la polarización política.
Somos presa de la acción de trolls y militantes mediocres. Hemos vuelto del modo más descarado a la política de minorías como en el pasado, pero ahora estas no son ilustradas, sino compuestas de semianalfabetos —aunque tengan títulos universitarios— e “influencers” especialistas en la nada misma. Y esto es funcional a la política contemporánea en la medida en que construye lo dicho al comienzo: bases electorales y organizaciones militantes. Triste destino el de la militancia política.
Ahora que se viene la elección quizás sea ameno recomendar un libro que se llama 24/7 de Jonathan Crary (1951) que dice que no está todo mal, en caos.
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