Santilli contra el reloj: si la economía no levanta pronto, en 2027 será demasiado tarde

El jefe de Gabinete se juega a todo o nada en una gestión que necesita transformar el ordenamiento macroeconómico en una mejora concreta para la sociedad. Los gobernadores aumentan la presión, el relato del sacrificio pierde fuerza y una recuperación tardía podría no alcanzar para sostener electoralmente al Gobierno.
ACTUALIDAD18 de agosto de 2026

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Diego Santilli asumió la Jefatura de Gabinete para intentar recuperar el control político de un Gobierno que comenzó a mostrar signos de desgaste. Su tarea no se limita a coordinar ministros: debe recomponer el vínculo con los gobernadores, conseguir votos en el Congreso, contener las disputas internas y sostener la expectativa electoral de Javier Milei.

Pero existe una condición que está fuera de su control político y que determinará el éxito o el fracaso de su gestión: la economía.

Si la actividad no comienza a recuperarse rápidamente, Santilli tendrá enormes dificultades para sostener los acuerdos que intenta construir. El Gobierno puede negociar obras, transferir rutas o prometer financiamiento, pero ninguna ingeniería política podrá compensar indefinidamente la falta de crecimiento, el deterioro de los ingresos y la presión sobre los sectores productivos.

Santilli necesita que la economía levante antes de que comience formalmente el calendario electoral. Si la recuperación recién aparece en 2027, probablemente sea demasiado tarde para producir un cambio significativo en el humor social. Las expectativas no se reconstruyen de un día para otro y una mejora estadística no necesariamente se traduce de manera inmediata en una percepción favorable.

El oficialismo ya no tiene solamente el desafío de mostrar estabilidad. Ahora debe demostrar que su programa puede generar crecimiento, empleo, consumo e inversión. La etapa en la que el equilibrio fiscal alcanzaba para justificar cada decisión comenzó a agotarse.

El relato pierde capacidad de persuasión

Durante la primera parte del Gobierno, Milei consiguió sostener el ajuste con una explicación política efectiva: la economía estaba atravesando las consecuencias de décadas de desequilibrios y el sacrificio era inevitable para evitar una crisis mayor.

Ese relato le permitió trasladar una parte importante de la responsabilidad hacia las administraciones anteriores. También construyó una expectativa: después del esfuerzo llegaría la recuperación.

Pero el tiempo comenzó a modificar esa ecuación. A medida que avanza la gestión, resulta más difícil responsabilizar exclusivamente al pasado. La sociedad empieza a evaluar al Gobierno por sus propios resultados y no solamente por la herencia recibida.

La promesa de que “lo peor ya pasó” pierde fuerza cada vez que no encuentra una confirmación clara en la vida cotidiana. Para una familia, una pyme o un comercio, la recuperación no se mide únicamente mediante el superávit, la baja del riesgo país o una desaceleración de los precios. Se mide por el poder adquisitivo, las ventas, el empleo y la posibilidad de llegar a fin de mes.

Santilli quedó obligado a defender un relato económico que necesita resultados urgentes. Su perfil político puede aportar diálogo y flexibilidad, pero no puede reemplazar la falta de crecimiento. Si los beneficios del modelo no llegan a la sociedad, su capacidad negociadora también se reducirá.

Los gobernadores ya no entregan apoyos gratuitos

La presión de los gobernadores constituye el segundo gran problema. Las provincias reclaman recursos para rutas, infraestructura, transporte, energía y cajas previsionales. Al mismo tiempo, saben que el Gobierno necesita sus legisladores para aprobar reformas y sostener su agenda en el Congreso.

La relación dejó de basarse en la expectativa de acompañar un cambio nacional y pasó a funcionar mediante negociaciones concretas. Cada voto tiene condiciones y cada acuerdo requiere una respuesta presupuestaria.

Santilli comprobó esa dificultad durante su encuentro con los mandatarios del Norte Grande. Los gobernadores presentaron reclamos por tarifas energéticas, fondos viales, coparticipación e infraestructura, y condicionaron su apoyo a distintas iniciativas nacionales. Posteriormente, el jefe de Gabinete y Luis Caputo avanzaron con convenios de obras y traspasos de rutas para recomponer la relación con las provincias. TN describió esos movimientos como parte de la estrategia oficial para sostener alianzas de cara a 2027.

El problema es que la disciplina fiscal que el Gobierno presenta como una virtud nacional se transforma en una limitación cuando debe negociar políticamente. Los gobernadores reclaman obras y recursos, mientras el Ministerio de Economía busca evitar que cualquier concesión altere las cuentas públicas.

Santilli quedó atrapado entre ambas posiciones. Debe ofrecer respuestas suficientes para conseguir apoyos, pero sin comprometer el equilibrio que Luis Caputo considera innegociable. Si no dispone de recursos, sus conversaciones pueden convertirse en una sucesión de promesas. Y los mandatarios provinciales ya dejaron en claro que no respaldarán automáticamente las reformas de la Casa Rosada.

Una apuesta de todo o nada

Santilli se juega mucho más que su continuidad como jefe de Gabinete. Su llegada al cargo lo colocó en el centro del Gobierno y lo convirtió en uno de los principales responsables políticos del resultado electoral de 2027.

Además, su nombre continúa vinculado con una eventual candidatura a gobernador de la provincia de Buenos Aires. El propio funcionario evitó descartarla, aunque aseguró estar concentrado en su responsabilidad nacional. TN informó que dentro del PRO consideran que la Jefatura de Gabinete podría brindarle la proyección necesaria para competir.

Ese cargo, sin embargo, puede funcionar como una plataforma o como una trampa.

Si la economía mejora y el Gobierno recupera iniciativa, Santilli podrá presentarse como el dirigente que ordenó la gestión, reconstruyó los acuerdos federales y ayudó a consolidar el proyecto libertario. Pero si la actividad no repunta, quedará asociado al momento de mayor desgaste del oficialismo.

Ya no puede ubicarse como un simple mediador. Es el jefe de Gabinete y, por lo tanto, una de las caras del rumbo gubernamental. Su capital político depende ahora de decisiones económicas que no controla completamente, pero cuyos costos deberá administrar.

La recuperación debe sentirse antes de la campaña

El Gobierno parece confiar en que una recuperación cercana a las elecciones será suficiente para modificar el escenario. Esa apuesta supone que el electorado reaccionará rápidamente ante cualquier mejora en los indicadores.

Sin embargo, existe un desfase entre la recuperación macroeconómica y la percepción social. Primero deben mejorar la actividad y la inversión. Luego esa mejora tiene que traducirse en empleo, salarios, consumo y expectativas. Finalmente, la sociedad debe atribuirle ese cambio al Gobierno.

Ese proceso necesita tiempo. Si el salto económico se posterga hasta 2027, la recuperación podría no llegar a los hogares antes de la elección. Incluso podría ser interpretada como una maniobra electoral tardía y no como un cambio estructural.

Santilli necesita resultados durante 2026. Necesita llegar al próximo año con una tendencia consolidada, gobernadores dispuestos a acompañar y una sociedad que vuelva a creer que el esfuerzo tuvo un sentido. No alcanza con anunciar que la economía está por despegar: el despegue tiene que producirse y empezar a sentirse.

El último margen del Gobierno

La llegada de Santilli fue presentada como el comienzo de una etapa más política, dialoguista y pragmática. Pero el cambio de nombres no resuelve el problema central. La gestión necesita resultados capaces de sostener su relato.

El jefe de Gabinete puede negociar con los gobernadores, ordenar el gabinete y recorrer las provincias. Lo que no puede hacer es fabricar una recuperación económica desde una mesa política.

Por eso está en apuros. Cada mes sin una mejora concreta reduce su margen de maniobra. Los gobernadores aumentan sus exigencias, el Congreso se vuelve más costoso y el discurso del sacrificio pierde eficacia.

De cara a 2027, Santilli se juega a todo o nada. Si la economía levanta pronto, podrá convertirse en el articulador de una nueva etapa oficialista. Si la recuperación vuelve a postergarse, llegará a la elección defendiendo un modelo cuyos resultados todavía no alcanzan a la mayoría.

Y para entonces, cualquier salto podría ser demasiado tardío.

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