Galperin y el costo del desprecio: cuando una palabra convierte un festejo en una crisis de reputación

Marcos Galperin volvió a quedar en el centro de la escena política, esta vez no por Mercado Libre ni por sus habituales intervenciones sobre la economía argentina, sino por una palabra. Al calificar como "desclasados" a quienes criticaban el festejo de la Selección Argentina, el empresario logró algo poco frecuente: transformar un mensaje deportivo en una discusión política atravesada por el rechazo, la polarización y una fuerte reacción en las redes sociales.
ANALISIS 16 de julio de 2026Martín Ramirez TacgorianMartín Ramirez Tacgorian

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El episodio vuelve a poner en evidencia un fenómeno cada vez más frecuente entre las principales figuras del poder económico argentino: la utilización de las redes sociales como espacio de confrontación política, muchas veces reemplazando los argumentos por etiquetas descalificadoras.

No es un detalle menor. Las palabras construyen sentido. Y cuando quien las utiliza es el empresario más influyente del país, dueño de una de las compañías tecnológicas más importantes de América Latina, el impacto trasciende el universo de X. Cada publicación termina funcionando como un hecho político.

Pero esta vez la estrategia pareció volverse en su contra.

Un rechazo que excedió la grieta

Un relevamiento realizado sobre 150 respuestas al posteo muestra que la conversación estuvo dominada por un fuerte clima de rechazo.

Aunque el análisis automático clasificó el 70% de las respuestas como neutrales, ese dato no implica apoyo. Dentro de esa categoría aparecen discusiones entre usuarios, ironías y comentarios que el algoritmo no identifica como positivos o negativos.

Los datos más relevantes aparecen en los extremos.

  • Solo el 6% de los comentarios fueron positivos.
  • El 24% fueron claramente negativos.
  • El resto mantuvo un tono neutro desde el punto de vista técnico, aunque con una elevada carga de confrontación.

Más allá de los porcentajes, el verdadero dato aparece en el contenido.

Entre las palabras más repetidas emergen términos como "sorete", "cipayo", "uruguayo", "pelotudo", "cerrá", "empresa", "Argentina" y el propio apellido Galperin.

Es decir, la conversación dejó rápidamente de girar alrededor de la Selección para centrarse en la figura del empresario.

Del mérito al clasismo

Existe además una contradicción difícil de ignorar.

Durante años Galperin fue presentado como el ejemplo del mérito individual, del emprendedor que construyó una empresa global desde la Argentina.

Sin embargo, la utilización del término "desclasados" recupera una lógica profundamente clasista, donde el adversario deja de ser alguien que piensa distinto para convertirse en alguien al que se le asigna una condición social o cultural inferior.

Paradójicamente, el discurso que históricamente cuestionó las categorías de clase terminó recurriendo a una de las expresiones más asociadas a esa forma de mirar la sociedad.

Una reputación cada vez más política

Desde hace tiempo Galperin dejó de ser solamente el CEO de Mercado Libre.

Sus publicaciones ya forman parte del debate político argentino. Opina sobre decisiones del Gobierno, cuestiona a la oposición, celebra medidas económicas y participa activamente en la discusión pública.

Ese protagonismo también implica asumir los costos.

Porque cuanto mayor es la influencia de una figura pública, menor es el margen para naturalizar el insulto o la descalificación.

Los comentarios que generó el posteo muestran precisamente ese fenómeno. Muchos usuarios dejaron de discutir el contenido para cuestionar directamente al empresario, recordando su residencia en Uruguay, su posición tributaria, sus definiciones políticas e incluso vinculándolo con viejos debates sobre soberanía, Malvinas y el rol del empresariado argentino.

El riesgo de hablarle solo a los propios

En comunicación política existe un principio básico: cuando un mensaje solo entusiasma al núcleo más convencido y amplía el rechazo fuera de ese círculo, la estrategia comienza a mostrar límites.

Eso parece haber ocurrido en esta oportunidad.

El término "desclasados" terminó ocupando más espacio que el reconocimiento al logro deportivo de la Selección. La conversación dejó de girar sobre el fútbol para concentrarse en el tono elegido por quien emitía el mensaje.

En lugar de instalar una idea, instaló una polémica.

El poder también comunica

El debate no pasa por discutir si Marcos Galperin tiene derecho a opinar. Lo tiene, como cualquier ciudadano.

La discusión pasa por otro lado.

Quien concentra poder económico, influencia pública y capacidad de moldear la conversación también tiene una responsabilidad mayor respecto de las palabras que utiliza.

En tiempos donde la política parece reducirse cada vez más a etiquetas, insultos y provocaciones, elegir el desprecio como herramienta comunicacional puede generar un efecto inmediato en las redes.

Pero también deja una consecuencia más profunda: deteriora la calidad del debate público y convierte cualquier diferencia de opinión en un enfrentamiento identitario.

Porque cuando el argumento se reemplaza por el calificativo, la discusión deja de ser democrática para transformarse en una competencia por quién descalifica mejor al otro. Y esa, probablemente, sea la verdadera derrota.

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