
De Moreno a Milei: El oficio de informar en tiempos de digitalidad e intolerancia
Juan Salguero Simoy
Cada 7 de junio, en la Argentina se conmemora el Día del Periodista en homenaje a la aparición de La Gazeta de Buenos Ayres, el periódico impulsado por Mariano Moreno en 1810. Tan solo 12 días después de la Revolución de Mayo, el prócer nacional realizó otra hazaña: democratizar la información por y para el pueblo, bajo la contundente frase: “El pueblo tiene derecho a saber la conducta de sus representantes. El pueblo no debe contentarse con que sus jefes obren bien, debe aspirar a que nunca puedan obrar mal”.
Aquellas palabras sintetizan el sentido democrático del periodismo. Desde la primera publicación de La Gazeta hasta nuestro tiempo pasaron más de dos siglos. Lógicamente, las formas de hacer periodismo cambiaron, las herramientas para hacerlo evolucionaron, pero la esencia del rol periodístico sigue siendo la misma que pensó Moreno en 1810: informar para el pueblo.
Sin embargo, son diversas las razones por las cuales esa esencia se encuentra en crisis. Los avances tecnológicos, si bien facilitaron la distribución de la información, también la han perjudicado. La verdad cada vez es más difusa entre las lógicas algorítmicas y los intereses de las esferas del poder. Además, con la vorágine de la inmediatez y la polarización ideológica, la ciudadanía comenzó a dejar de informarse en la búsqueda del peligroso pero reconfortante autoconvencimiento de que sus ideas y pensamientos son los veraces y moralmente correctos.
En esa disyuntiva se encuentra actualmente el rol periodístico. La revolución de lo digital cambió para siempre la manera en que la sociedad consume información. ¿Es peor o mejor? Solamente el tiempo podrá contestar esa incógnita. Lo cierto es que cada vez importa menos la verdad y cada día toma más relevancia lo que uno elige creer. Nunca hubo tanta información disponible y, paradójicamente, nunca fue tan difícil distinguir qué es verdadero y qué es falso.
El problema ya no es acceder a la información, sino filtrarla. Tal vez allí se inscriba el mayor desafío para el periodismo en este nuevo tiempo: garantizar que la ciudadanía pueda informarse en tiempos donde la verdad es difusa y la desinformación está en auge, teniendo en cuenta la dura realidad de que su destinatario ya no será más la sociedad en general, sino el ciudadano que elija consumirlo.
Claramente, en esta actualidad, el periodista correrá detrás de la cruel velocidad de las redes sociales. El contenido de la noticia quedó eclipsado por la viralización, por el título llamativo, por el popularmente conocido “clickbait”. Por ello, el desafío es ni más ni menos que encontrar la manera de no perder la esencia periodística: informar para el pueblo, aunque el mismo pueblo tal vez elija no estar informado.
A nivel global, la verdad dejó de ser un punto de encuentro y pasó a competir con múltiples relatos diseñados para reforzar identidades. Pero en nuestro país este fenómeno se monta sobre una realidad por lo menos preocupante. En 1810, Mariano Moreno creó La Gazeta para que el pueblo supiera el accionar de los gobernantes; en pleno 2026, el actual presidente, Javier Milei, llama “enemigos” a quienes asumen ese rol desde la labor periodística.
“El 95% de los periodistas mienten”, “son operadores, militantes o mentirosos”. Cada una de estas frases proviene del presidente Javier Milei. ¿Cómo el periodismo no perdería credibilidad si desde el Poder Ejecutivo se pone en duda la honestidad intelectual de quienes cumplen la labor de informar? Los señalamientos públicos desde las más altas esferas del poder suelen amplificarse rápidamente en redes sociales mediante campañas de hostigamiento, amenazas y ataques coordinados contra periodistas individuales. El resultado es un clima de presión que, en muchos casos, roza la censura, desalienta la investigación y el brindar información.
A la violencia discursiva se suman decisiones institucionales del Gobierno actual que impactan sobre el ecosistema de los medios de comunicación. La eliminación de la pauta oficial, el cierre o desmantelamiento de medios públicos, las restricciones para acceder a información estatal y las dificultades crecientes para desarrollar tareas periodísticas en ámbitos gubernamentales van en contramano de lo que decía Moreno: “El pueblo tiene derecho a saber la conducta de sus representantes”.
El peligro de estas acciones del Ejecutivo está a la vista: que la confianza de la ciudadanía hacia los periodistas se vuelva nula y, al mismo tiempo, el acceso a la información pública se vuelva más restringido. Esas dos problemáticas, sumadas a la rápida y constante revolución digital, deterioran uno de los pilares fundamentales de la vida democrática: el acceso a la información.
El periodismo que informa, cuestiona o incomoda pasó a ser rechazado y amedrentado. Por eso, el Día del Periodista ya no invita únicamente a celebrar una profesión. También obliga a reflexionar sobre el derecho colectivo a estar informados. El ataque sistemático al periodismo no afecta solamente a quienes trabajan en medios de comunicación. Afecta a toda la sociedad, porque limita la posibilidad de conocer cómo se toman las decisiones públicas, cómo obran los gobernantes o las esferas del poder y cuáles son las consecuencias de esas decisiones sobre la vida cotidiana de millones de personas. En definitiva, la esencia periodística no puede darse el lujo de ceder y perder esta batalla, porque cuando ese sentido se debilita, quienes pierden no son solo los periodistas, sino que pierde la democracia.


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