Una experiencia de agenda agraria para el desarrollo con arraigo

La provincia de Buenos Aires es el corazón productivo de la Argentina y un territorio profundamente diverso. Esa diversidad —de escalas, de sistemas productivos, de realidades sociales y geográficas— es el punto de partida de una política agraria que no puede pensarse en términos uniformes. Impulsar e implementar políticas públicas para esa complejidad implica tomar una decisión, que si bien a veces no aparece sobre la mesa de manera tajante, está siempre presente: o se profundizan las desigualdades y la concentración, o se construye un modelo que amplíe oportunidades, fortalezca el entramado productivo y genere desarrollo con arraigo.
MAGAZINE POLITICAR24 de junio de 2026 Javier Rodríguez*

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Desde el Ministerio de Desarrollo Agrario elegimos este último camino. No como consigna, sino como práctica concreta de gestión. Y esa experiencia permite proyectar, hacia adelante, una agenda posible para el desarrollo agrario argentino.

Por supuesto, no puede pensarse un conjunto de herramientas e instrumentos provinciales aislados de la realidad nacional. Pero vale la pena destacarlos, en momentos donde una macroeconomía (nacional) afecta de manera tan negativa a la producción, al trabajo, al arraigo. No es objetivo aquí describir las consecuencias concretas de esa política nacional en cada distrito. Sino de descorrer eso, para exponer con algo más de detalle los motivos que fundan la acción provincial 

El primer eje es claro, más producción, pero con más productores y productoras. El desafío no es solamente aumentar volúmenes, sino hacerlo de una manera que sostenga a quienes ya producen, que genere empleo y que sume nuevos actores. En definitiva, que genere mayos inclusión a partir del mayor empleo. Para eso, es imprescindible reconocer que no todos parten del mismo lugar. Las políticas diferenciadas —en materia financiera, impositiva, técnica— son la condición necesaria para construir igualdad en un sector atravesado por asimetrías históricas.

“El primer eje es claro, más producción, pero con más productores y productora”

En la Provincia avanzamos en esa dirección con herramientas concretas: financiamiento diferenciado, que tiende a ser más acorde para cada productor, segmentación del Impuesto Inmobiliario Rural, asistencia técnica territorial, provisión de insumos y mecanismos de formalización. A eso se suman programas específicos que fortalecen la producción familiar, impulsan a jóvenes productores y promueven el asociativismo. El resultado no es abstracto, más inversión, más producción, más empleo local y más arraigo.

Pero producir más requiere, también, financiamiento. Y ahí aparece uno de los grandes nudos estructurales del sector agroalimentario. La producción necesita crédito en momentos críticos —siembra, inversión, ampliación— y no puede postergarlo. Sin financiamiento, no hay expansión posible. Sin embargo, gran parte de los productores, especialmente los pequeños y medianos, quedan fuera de los esquemas tradicionales.

Frente a ese escenario, el rol del sector público es indelegable. No para reemplazar al sistema financiero, sino para ampliarlo, orientarlo y corregir sus exclusiones. En la Provincia construimos un ecosistema que combina banca pública, financiamiento directo del ministerio, microcréditos, aportes no reintegrables y herramientas innovadoras como los créditos a valor producto. La creación del Fondo Agrario fue clave en ese sentido, permitió llegar a quienes históricamente no accedían al crédito.

 “En la Provincia construimos un ecosistema que combina banca pública, financiamiento directo del ministerio, microcréditos, aportes no reintegrables y herramientas innovadoras como los créditos a valor producto”

Estas iniciativas son las que sin duda forman parte de la explicación del crecimiento sostenido de la superficie sembrada, fortalecimiento de cadenas productivas específicas y consolidación de nuevas actividades. Pero, sobre todo, una certeza, cuando el financiamiento se democratiza, la producción se expande.

Ahora bien, producir más no alcanza si no se agrega valor. La Argentina no puede seguir exportando, en gran medida, materia prima sin transformar. Y la provincia de Buenos Aires tiene un enorme potencial para revertir esa lógica. El agregado de valor en origen no solo mejora la competitividad, genera empleo, dinamiza economías locales y fortalece el tejido social.

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Desde 2019 impulsamos una política activa en esa dirección: financiamiento para industrialización, desarrollo de cooperativas, construcción y mejora de frigoríficos, fortalecimiento de salas de elaboración, marcos normativos para pequeñas unidades productivas y simplificación de registros sanitarios. La creación de herramientas como PUPAAs permitió formalizar y potenciar cientos de emprendimientos.

Este camino no es solamente productivo, es también territorial. Porque cuando la producción se transforma en el lugar donde se origina, el desarrollo se distribuye.

“Este camino no es solamente productivo, es también territorial. Porque cuando la producción se transforma en el lugar donde se origina, el desarrollo se distribuye”

La infraestructura rural es otro pilar central. Caminos, conectividad, acceso al agua y a la energía no son variables accesorias, son condiciones básicas para producir y para vivir. La inversión sostenida en caminos rurales, obras hídricas y conectividad digital permitió mejorar la integración territorial y garantizar derechos básicos en la ruralidad.

Frente a un contexto nacional de retracción de la obra pública, sostener estas políticas no es solo una decisión de gestión, es una definición de modelo de país.

En paralelo, el desarrollo agrario del siglo XXI exige incorporar de manera plena la sustentabilidad. No como una consigna ambientalista aislada, sino como una condición para la viabilidad productiva a largo plazo. Cuidar el suelo, optimizar el uso del agua, reducir impactos y adaptarse al cambio climático no es incompatible con producir más, es la única manera de sostener esa producción en el tiempo.

En la Provincia avanzamos con programas de buenas prácticas, promoción de la agroecología, fortalecimiento de laboratorios, regulación del uso de agroquímicos y desarrollo de energías renovables en el ámbito rural. La evidencia es contundente; productividad y sustentabilidad no son opuestos, pueden y deben avanzar juntos.

A esto se suma un eje estratégico que muchas veces queda en segundo plano: la innovación. Sin ciencia, sin tecnología y sin articulación entre el conocimiento y la producción, no hay desarrollo posible. El fortalecimiento del sistema de chacras experimentales, el vínculo con universidades y organismos científicos, y la transferencia tecnológica permiten generar soluciones concretas adaptadas a cada territorio.

La innovación no es un lujo, es una herramienta de soberanía.

Finalmente, hablar de política agraria es hablar de alimentos. La provincia de Buenos Aires produce una parte sustancial de lo que se consume en el país. Pero producir alimentos no alcanza si no se garantiza el acceso. Por eso, la política agroalimentaria debe integrar producción, distribución y comercialización, asegurando calidad, precios accesibles y circuitos más justos.

Programas como Mercados Bonaerenses, el desarrollo de mercados concentradores y las ferias provinciales apuntan en esa dirección, con el objetivo de acortar cadenas, mejorar los ingresos de los productores y facilitar el acceso de la población a alimentos sanos. En el fondo, se trata de algo más profundo, construir soberanía alimentaria.

Todo este recorrido deja una enseñanza clara. El desarrollo agrario no es el resultado espontáneo del mercado ni de decisiones aisladas. Es el producto de políticas públicas sostenidas, inteligentes y con una mirada integral, que se lleva adelante articulando sector privado y sector público. Requiere planificación, inversión, articulación y, sobre todo, una convicción: que el crecimiento económico sólo es verdadero desarrollo cuando genera más trabajo, más productores, cuando genera oportunidades y cuando mejora la vida de la gente en cada rincón del territorio.

La experiencia de la provincia de Buenos Aires muestra que es posible avanzar en ese camino. Pensar el futuro del sector agroalimentario argentino implica animarse a esa discusión. No para replicar mecánicamente experiencias, sino para construir una agenda común que ponga en el centro la producción, el trabajo, el arraigo y la equidad territorial.

Porque el desafío no es solo producir más. Es producir mejor, generar arraigo y trabajo en cada comunidad y cada región.

(*)Ministro de Desarrrollo Agrario de la provincia de Buenos Aires

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