
POLITICOFF: El poder con aroma a café

Primera a fondo…
La semana arrancó en la Primera Sección Electoral, donde el PRO ya no parece ese mecanismo aceitado que alguna vez ordenó la política bonaerense sin demasiadas discusiones internas. Apenas me senté en el restaurante contiguo al Círculo Italiano de Vicente López, un viejo dirigente amarillo que todavía conserva terminales en varios municipios me tiró la frase mientras revolvía el café y miraba por la ventana:
“Lo de Mauricio fue más para contener heridos que para conducir”.
La referencia era directa a la aparición de Mauricio Macri en el distrito gobernado por Soledad Martínez. Después de su carta tomando distancia del gobierno nacional, el ex presidente tuvo que bajar personalmente al territorio para intentar ordenar un PRO que ya no sabe bien qué representa.
En las mesas chicas del macrismo reconocen que el problema empezó a bajar a la calle. Los concejales escuchan preguntas incómodas de vecinos que ya no distinguen dónde termina el PRO y dónde empieza el mileísmo.
“La gente nos pregunta si somos el ajuste o la gestión”, confesó un dirigente local que conoce el distrito desde la época del “Japones” García.
El acto en el Centro Galicia no ayudó demasiado. “Fue un fiasco”, resumió sin anestesia un ex funcionario bonaerense que salió rápido del encuentro para refugiarse en un café cercano.

La casa de Fernando
Siguiendo viaje por la zona norte, la parada obligada fue San Fernando. Ahí el clima político es distinto. Menos discusión ideológica y más énfasis en mostrar gestión. En el café Blossom, frente a la plaza, mientras los mozos iban y venían hablando de fútbol y política como si fueran exactamente lo mismo, varios dirigentes locales me repetían algo parecido:
“Acá la gente no te pregunta por Twitter, te pregunta cuándo terminás la obra”.
La frase apareció mientras en el municipio todavía comentaban la recorrida del intendente Juan Andreotti supervisando el avance de 92 viviendas del ex programa “Casa Propia”, que había quedado frenado tras el corte del financiamiento nacional.
En San Fernando decidieron avanzar igual. El municipio retomó las obras con fondos propios en Virreyes Oeste, sobre la calle Miguel Cané, donde se reactivaron dos manzanas completas de 46 viviendas cada una.
Un funcionario municipal, con más años en gestión que paciencia para las internas políticas, me lo resumió apoyando el pocillo sobre la mesa:
“Mientras unos discuten candidaturas, nosotros estamos terminando casas”.
Y en tiempos donde la política nacional discute relatos y encuestas, entregar viviendas vuelve a tener un valor que muchos dirigentes habían olvidado.
Porque en el conurbano, cuando la obra se frena, el vecino no pregunta quién tiene la culpa. Pregunta quién la termina.
San Isidro y el ruido del colectivo
Siguiendo hacia el norte, el café frente a la Catedral de San Isidro parecía una unidad básica multisectorial. Radicales históricos, peronistas sobrevivientes y vecinalistas de toda la vida analizaban la crisis de la línea 707 como si estuvieran discutiendo el desembarco en Normandía.
El gran apuntado era el intendente Ramón Lanús.
“Le falta calle”, disparó un viejo dirigente radical que supo negociar presupuestos municipales cuando los acuerdos se cerraban con whisky y no con posteos de Instagram.
La crisis del transporte dejó expuesta una gestión que todavía no logra mostrar volumen político propio. Y ahí apareció nuevamente el nombre de Gustavo Posse.
El ofrecimiento de ayuda del ex intendente para destrabar el conflicto generó ruido interno en el municipio. Según cuentan cerca del palacio municipal, cuando llegó el mensaje, más de un funcionario libertario sonrió incómodo.
“Un gran intendente es el que puede hablar con todos para resolver problemas”, dijo un histórico dirigente mientras señalaba con la cucharita hacia el edificio municipal en una clara referencia a Posse.
Lanús apenas pudo responder que habían mandado un mail al Ministerio de Transporte esperando una contestación. En Argentina, mandar un mail a un ministerio es más o menos como tirar una botella al Río de la Plata esperando respuesta.
Recién a fines de mayo el Concejo Deliberante empezó a moverse con un proyecto para declarar la caducidad del permiso de explotación de la empresa Micro Ómnibus General San Martín sobre la línea 707.
Demasiado tarde para un conflicto que ya había escalado a los medios nacionales y el vecino terminó esperando un colectivo que ya no llega.

La Tercera en movimiento
El Pertutti del centro de Lomas de Zamora sigue siendo uno de esos lugares donde la política entra y sale todo el tiempo aunque nadie lo admita públicamente. Ahí nadie va a hablar de política, pero casualmente todas las mesas terminan hablando de política.
La semana pasada me senté cerca de la ventana. Café doble. Dos medialunas. Y una sucesión interminable de dirigentes entrando, saludando y mirando quién estaba sentado en cada mesa. En el conurbano los saludos valen tanto como los discursos.
El nombre que más circulaba era el de Federico Otermín. No por una obra ni por una inauguración. Lo que seguía generando comentarios era su decisión de marchar hasta la casa de Cristina Fernández de Kirchner.
Un dirigente peronista del sur, de esos que conocen más internas que secretarios generales tuvo una definición que me quedó resonando mientras se levantaba para saludar otra mesa.
—Acá no se está discutiendo gestión, Polo. Acá se está discutiendo conducción.
No hizo falta que agregara mucho más.
En el peronismo bonaerense ya nadie esconde la tensión entre el cristinismo duro y el esquema político que intenta construir Axel Kicillof. Todos hablan de renovación, de nuevos liderazgos y de futuro. Pero cuando la conversación se pone seria, inevitablemente termina en la misma pregunta: ¿quién conduce?
Porque en el peronismo se podrá hablar del futuro, pero antes siempre se mira quién estuvo sentado al lado de Cristina.
Más al sur, cruzando hacia Almirante Brown, el clima cambia. Ahí la sensación dominante es la de una gestión que sigue ocupando el centro de la escena. Obras en los barrios, actividad territorial y una oposición que todavía no encuentra volumen político para convertirse en alternativa.
La mejor radiografía la encontré después de una sesión del Concejo Deliberante, sentado en el café Trotte junto a dirigentes opositores que parecían más preocupados por las peleas nacionales que por construir liderazgo local.
Entre café y café apareció un solo nombre con cierta rapidez: Miriam Niveyro.
Pero no precisamente por su estrategia política.
Un dirigente libertario local, entre resignado y divertido, soltó una frase que hizo reír a toda la mesa:
—Cada vez que habla, Sebastián Pareja se agarra la cabeza.
La referencia era inevitable. Todavía recuerdan aquella declaración donde la diputada sugirió que la gente no acompañaba a Javier Milei porque prefería vivir mal.
En política hay errores que duran un día y otros que quedan archivados para siempre. Y una mala frase en televisión suele ser mucho más persistente que un mal proyecto legislativo.
Antes de levantarme para seguir viaje apareció otro nombre sobre la mesa.
El que lo mencionó fue un ex diputado nacional de apodo oriental, de esos que ya no ocupan cargos pero siguen teniendo información antes que muchos funcionarios.
—No le pierdas de vista a Nicolás Mantegazza.
La frase vino acompañada de una pausa larga.
—Tiene ganas de agarrar la Ruta 6 y llegar hasta La Plata. Gestión tiene. Discurso también. Pero tiene que mostrarse más.
Después encendió un cigarrillo y completó la idea.
—El problema es que todos están esperando el momento justo para salir.
La reflexión aplica para varios intendentes del conurbano que empiezan a mirar el tablero provincial.
Porque en política el que sale demasiado temprano corre riesgos. Pero el que espera demasiado termina viendo cómo otro ocupa el lugar que estaba preparando para sí mismo.
Y como me dijo un viejo dirigente mientras pagábamos la cuenta: "En la provincia de Buenos Aires hay muchos que quieren ser gobernador. El problema es que algunos todavía están esperando que alguien les avise cuándo empezar".
La Plata mueve
En La Plata el clima político cambió. Se nota en los cafés, en los pasillos y hasta en las reuniones informales donde empiezan a mezclarse dirigentes que hace meses ni se hablaban.
El nombre que más crece es el de Julio Alak.
En la Cervecería “Modelo”, cercana la gobernación, mientras un senador mezclaba azúcar en un café demasiado cargado, apareció una frase que después escuché repetida casi textual por un diputado nacional de Bahía Blanca:
“El movimiento ya empezó”.
Después del acto encabezado por Kicillof, muchos en La Plata interpretaron que comenzó silenciosamente el operativo para proyectar a Alak hacia algo más grande.
Lo curioso es el método. No confronta. No grita. No juega a la interna pública. Simplemente escucha, recibe dirigentes y empieza a caminar.
Por su despacho pasan intendentes, sindicalistas, legisladores y operadores históricos del peronismo bonaerense. Todos entran. Todos salen. Y nadie se va hablando mal.
En un peronismo fracturado, eso ya califica prácticamente como milagro.
¿Mar del Plata todo lo que sí?
El fin de semana la parada obligada fue Mar del Plata. Ahí la conversación política vuelve siempre al mismo nombre: Guillermo Montenegro.
En el clásico Tío Curzio, frente a la costa y con ese olor a café mezclado con mar que tiene la política marplatense cuando se acerca el invierno, un funcionario provincial resumió el clima de la ciudad con una sinceridad brutal mientras miraba por la ventana:
“En Mar del Plata todos caminan, todos se muestran, todos se prueban el traje de candidato… pero nadie termina manejando el barco”.
La frase quedó flotando sobre la mesa varios minutos.
Porque en la ciudad feliz sobran nombres, operaciones y fotos, pero empieza a faltar algo más importante: conducción.
La frustrada llegada de Montenegro al gabinete nacional terminó fortaleciéndolo territorialmente. Muchos creen que su regreso pleno a la política local puede volver a ordenar una gestión que, incluso con desgaste, sigue teniendo centralidad.
“Agustín Neme camina por la calle y no lo conoce nadie”, disparó un dirigente sindical que se hospeda en un Hotel con Casino de su gremio, mientras saludaba mozos y empresarios gastronómicos como si estuviera en campaña permanente. “Y al peronismo se lo va a comer la interna entre Pulti y Raverta”, agregó antes de pedir otro café y mirar el celular como esperando un mensaje que nunca llegaba.
Más tarde, ya entrada la noche, la fiesta por el 121° aniversario del diario La Capital del empresario Florencio Aldrey terminó funcionando más como una cumbre política silenciosa que como un evento empresarial.
Entre empresarios, dirigentes y operadores que hablaban en voz baja mientras sonaban copas de fondo, un nombre empezó a circular fuerte pensando en el 2027. Nadie quería decirlo abiertamente, pero varios se animaban a insinuarlo con gestos, miradas o silencios demasiado evidentes.
Hasta que un empresario de muebles de lujo y diseño de interiores, ya relajado después de varias charlas de pasillo, apoyó la copa sobre la mesa y soltó la frase que terminó ordenando la noche:
“El sello va a determinar si puede ser candidato… pero el círculo rojo marplatense ya lo eligió”.
No quiso dar nombres. Tampoco hacía falta.
En política, cuando nadie dice el nombre, pero todos entienden de quién hablan, significa que la rosca ya empezó mucho antes de que aparezcan las candidaturas.

La cima del poder
De regreso en Capital, los movimientos que empiezan a escucharse sobre Avenida del Libertador al 900 dejaron flotando una frase difícil de ignorar. Entre cafés apurados, autos polarizados entrando y saliendo y dirigentes que miran para los costados antes de saludar, un operador peronista resumió el clima político con una frase corta:
“El nombre de Sergio Massa sigue más vivo de lo que muchos creen”.
Nadie lo dice en público, pero todos lo comentan en privado. En las mesas políticas empiezan a asumir que Sergio Massa todavía conserva estructura, vínculos y volumen político para disputar una futura interna opositora.
Y ahí empezaron a aparecer otros nombres sobre la mesa. El de Sergio Uñac, el del empresario Jorge Brito y algunos más que hoy empiezan a circular por abajo, casi como globos de ensayo.
Pero un dirigente bonaerense que conoce demasiado bien cómo se arma el peronismo:
“Eso tiene un solo objetivo: abrir la puerta para que entren todos en una PASO”.
Y enseguida completó la idea con una sonrisa pícara:
“Porque si entran todos… Massa pasa a ser uno más”.
Durante la mañana, el café Tabac parecía funcionar más como una mesa de estrategia que como un bar de Barrio Norte. Sentado sobre la vereda de Coronel Díaz, justo frente a la mesa que suele ocupar cada mañana Horacio Rodríguez Larreta, me encontré con un importante consultor español de apellido corto —apenas cuatro letras— que venía de hacer una gira silenciosa por la Argentina reuniéndose con varios de los jugadores más pesados de la política nacional.
El hombre hablaba bajo, casi como si estuviera dando una clase privada de poder, mientras cortaba una medialuna en partes perfectamente iguales. Un síntoma inequívoco de consultor político: creen que hasta las facturas tienen que entrar en equilibrio.
“El peronismo para volver a ser gobierno tiene que unirse”, me dijo sin levantar demasiado la vista. “Pero además necesita algo más difícil: un líder con autonomía propia y al mismo tiempo reconocimiento hacia los otros sectores”.
La frase quedó flotando varios minutos sobre la mesa.
Porque en el peronismo todos quieren conducir, pero nadie quiere ser conducido. Y ahí empieza el problema.
Al mediodía siguiente, el recorrido siguió en el Café Martínez de Cerrito, pegado a la sede de la Universidad Austral. Ahí las conversaciones giraban alrededor del Foro de Presidentes que había reunido a Mauricio Macri, Julio María Sanguinetti y Felipe González.
Entre empresarios, dirigentes y asesores que caminaban como si estuvieran llegando tarde a una operación política, apareció un conocido periodista que había participado de la moderación del encuentro.
El cruce fue en el baño.
Porque en la política argentina las mejores primicias nunca salen en las conferencias: salen lavándose las manos.
Mientras el secador sonaba como turbina de avión viejo, fui directo al hueso, con la sutileza de una patada de Ruggeri:
“¿Cómo lo viste a Mauricio?”
El periodista ni dudó:
“Quiere seguir siendo el jefe. Pero la gran candidata es Patricia”.
La referencia, claro, era para Patricia Bullrich.
“Ella está viendo si juega con La Libertad Avanza o si termina armando un frente nuevo. Todo depende de cuánta agua le entre al barco”, agregó mientras se acomodaba el saco frente al espejo ante la falta de pelo.
Y antes de salir del baño, aprovechando esos segundos donde el off todavía no se enfría, llegó la última pregunta:
“¿Y en Capital quién juega?”
El periodista frenó unos segundos, pensó como quien acomoda piezas en un tablero y respondió:
“Lo mejor que planean en CABA es una interna entre Horacio y Jorge comandada por el hombre del Newman”.
La frase quedó rebotando mientras se cerraba la puerta.
Porque en la política porteña todos hablan de renovación, pero al final siempre terminan jugando los mismos apellidos, los mismos colegios y hasta los mismos cafés.


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