
La política del grito: cuando un influencer le marca la agenda a un gobierno

La degradación del debate público argentino ya no es una sensación aislada ni una exageración de analistas nostálgicos. Se volvió un fenómeno cotidiano, visible y hasta naturalizado. La discusión política dejó de construirse alrededor de ideas, programas o proyectos de país para convertirse en una competencia de insultos, provocaciones y frases diseñadas para circular en redes sociales. Y en ese escenario, lo más preocupante no es solamente la pobreza intelectual del intercambio, sino que un influencer cuya principal herramienta discursiva es la agresión verbal termine condicionando la agenda de un gobierno nacional.
La escena habla por sí sola. Funcionarios, legisladores y voceros pendientes de lo que dice un personaje cuyo capital político no se construyó sobre gestión, formación ni trayectoria institucional, sino sobre la capacidad de generar impacto mediante expresiones violentas, descalificaciones y discursos cargados de odio. Lo verdaderamente alarmante es que el poder político, en vez de elevar la discusión, parece correr detrás de esa lógica, amplificándola y legitimándola.
La política argentina supo tener momentos de enorme intensidad ideológica. Hubo disputas durísimas, enfrentamientos históricos y liderazgos confrontativos. Pero incluso en los momentos más ásperos existía cierta densidad conceptual detrás de las posiciones. Hoy muchas veces no hay ideas: apenas slogans. No hay argumentación: apenas ataques. No hay construcción política: apenas tendencia en redes.
La consecuencia de este deterioro no es solamente estética o cultural. Tiene efectos concretos sobre la calidad democrática. Cuando el debate público se reduce a la humillación del adversario, desaparece cualquier posibilidad de construir consensos mínimos. El rival político deja de ser alguien con quien se discute y pasa a ser un enemigo al que hay que destruir mediáticamente. Esa lógica, trasladada todos los días a millones de pantallas, termina moldeando la forma en que una sociedad entiende la convivencia.
Y ahí aparece otro problema todavía más profundo: el impacto sobre las nuevas generaciones. Gran parte del público joven consume política a través de clips de TikTok, transmisiones en streaming y fragmentos virales en X. El algoritmo premia la exageración, el insulto y el escándalo. En ese ecosistema, quienes más gritan son quienes más visibilidad consiguen. Entonces empieza a consolidarse una idea peligrosísima: que hacer política es agredir, burlarse y destruir al otro públicamente.
La referencia cultural que se está construyendo es de una precariedad alarmante. Jóvenes que encuentran como modelo de participación pública a personajes que convierten la violencia verbal en identidad política. Influencers que no aportan reflexión ni pensamiento crítico, pero que logran convertirse en actores centrales porque expresan furia permanente. Y gobiernos que, lejos de tomar distancia, terminan validando ese comportamiento al responderles, imitarlos o incorporarlos como parte de su estrategia comunicacional.
La crisis no es solamente política. También es cultural. Porque cuando el lenguaje se degrada, se degrada la conversación democrática. Y cuando la discusión pública se vacía de contenido, la sociedad pierde capacidad para pensar problemas complejos. Todo se simplifica en buenos y malos, en héroes y traidores, en “domar” al otro frente a una cámara.
La Argentina atraviesa una crisis económica profunda, con caída del consumo, deterioro social, pérdida de empleo y un clima de incertidumbre permanente. Sin embargo, buena parte de la energía política termina consumida en peleas digitales protagonizadas por personajes cuya principal habilidad es insultar más fuerte que el resto. Esa desproporción revela hasta qué punto la agenda pública quedó atrapada por la lógica del espectáculo.
El problema no es solamente que existan influencers agresivos. El problema es que la política haya renunciado a disputar calidad, profundidad y racionalidad. Que haya aceptado jugar en el terreno de la banalización extrema porque considera que ahí están los votos, las reproducciones y el impacto inmediato.
Mientras tanto, la sociedad recibe un mensaje devastador: para ser escuchado no hace falta estudiar, gestionar ni construir ideas. Basta con viralizar odio.


Escribe Oberdán Rocamora


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