
Un mundo en “geo-terapia intensiva”

Nunca antes se habló tanto de geopolítica como hoy. Si bien no siempre se emplea el vocablo en su auténtico sentido, es decir, relacionando interés político, territorio y poder, la geopolítica está por todas partes, al punto que se habla más de geopolítica que de globalización, lo cual es muy preocupante porque ello quiere decir que la fragmentación interestatal va por delante (y a veces muy por delante) de la complementación y la colaboración interestatal.
La "segunda muerte" fue cuando casi terminaba la contienda bipolar. Entonces, siguiendo la arrogante moda relativa con decretar el fin de todo, también se escribió sobre "el fin de la geopolítica", es decir, sobre el fin de la territorialidad que implicaba la geopolítica y sobre la necesidad de (re)conceptualizarla desde nuevos tópicos, desde climáticos hasta discursivos, pasando por las finanzas, el comercio, la tecnología, entre otros. Es decir, una disciplina “a la carta”, licuándose así sus partes disruptivas.
Sin embargo, si se echaba una mirada más analítica a lo que sucedía en la política internacional, se habría concluido que la geopolítica se hallaba muy presente: solo basta considerar que la última década del siglo XX, la de la “frenética globalización”, se inició con un hecho geopolítico y terminó con otro hecho geopolítico. En efecto, la guerra del Golfo (mal denominada “primera guerra del Golfo”) fue un hecho de predominancia geopolítica categórica porque solamente en ese escenario de enorme concentración de recursos e intereses podía ponerse en marcha una expedición militar de casi 30 países liderada por Estados Unidos para expulsar a Irak de Kuwait; por otra parte, hacia fines de la década se llevó a cabo la ampliación de la OTAN, un hecho centralmente político-territorial que acabó teniendo años después consecuencias fragmentadoras extremas.
En este sentido, resulta por demás clara y pertinente la concepción naval de China, por tomar uno de los casos más notables. En 2025 entró en servició el tercer portaaviones de China, el “Fujian”. Entonces, algunas voces críticas consideraron que en una era de satélites, IA, drones y misiles un esfuerzo así era casi irracional. Pero, como bien señala Andrew Davidson en Geopolitical Futures, “El ascenso de China se debió en gran medida a sus exportaciones. Pero, además, el 80 por ciento de sus importaciones de petróleo y el 60 por ciento de su comercio total dependen de rutas marítimas que atraviesan el estrecho de Malaca, muy fuera del alcance del paraguas costero chino de misiles. Lo único que puede garantizar el paso por rutas son los portaaviones”. De esta manera, China pasó de la “defensa de aguas costeras” (2000) a la actual “protección en aguas lejanas” (2026).
En este sentido, muy interesante son las reflexiones que realiza Alexander Campbell en un artículo cuyo título no puede ser más oportuno: The Return of the Rimland: A New Game Surrounding Maritime Power, Energy and the Dollar: “El conflicto en torno a Irán, marcado por ceses de fuego, bloqueos y amenazas de aranceles, no ha cesado; por el contrario, continúa extendiéndose. Desde el estrecho de Ormuz hasta el mar Rojo, desde los corredores energéticos hasta las órdenes comerciales, el núcleo de la situación ya no es una confrontación militar local, sino un juego sistémico sobre quién controla el flujo […] Esto significa que la cuestión actual ya no es si el conflicto se intensificará, sino por qué vías se propagará su impacto y cuándo el mercado comenzará a pagar por estos riesgos aun no cuantificados”.
Concluyendo, demasiado geopolítica para ser verdad, sobre todo porque nos hallamos en la tercera década de un siglo con adelantos impensados. Pero lo es y los hechos son contundentes. La geopolítica no solo nunca se fue, sino que su dinámica es tal que podría fracturar la globalización, el último refugio de orden internacional sustituto con el que contamos.


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