Un mundo en “geo-terapia intensiva”

Nunca antes se habló tanto de geopolítica como hoy. Si bien no siempre se emplea el vocablo en su auténtico sentido, es decir, relacionando interés político, territorio y poder, la geopolítica está por todas partes, al punto que se habla más de geopolítica que de globalización.
ANALISIS 24 de abril de 2026 Alberto Hutschenreuter
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La geopolítica no solo nunca se fue, sino que su dinámica es tal que podría fracturar la globalización

Nunca antes se habló tanto de geopolítica como hoy. Si bien no siempre se emplea el vocablo en su auténtico sentido, es decir, relacionando interés político, territorio y poder, la geopolítica está por todas partes, al punto que se habla más de geopolítica que de globalización, lo cual es muy preocupante porque ello quiere decir que la fragmentación interestatal va por delante (y a veces muy por delante) de la complementación y la colaboración interestatal.

 Ello también significa que, como la guerra, la geopolítica viene hacia el mundo independientemente de la voluntad puesta en superar ese factor protohistórico de fractura en la política internacional.

 En este sentido, desde 1945 hasta hoy hemos asistido a tres "defunciones" de la geopolítica, pero, a la luz de los acontecimientos, la disciplina vuelve una y otra vez. Por supuesto, no es la geopolítica, claro, pues las disciplinas no son ni buenas ni malas sino que son lo que las personas con capacidad de comando político hacen con ellas.

 La primera muerte de la geopolítica fue cuando terminó la Segunda Guerra Mundial: en Occidente se consideró que las ideas y prácticas geopolíticas por parte de la Alemania de entreguerras arrastraron a los países a la gran conflagración de 1939; por ello, era necesario desgermanizarla y hacer de la geopolítica una "disciplina normal".

 Aunque tras la contienda se habló poco de geopolítica en Occidente, como queriendo evitarla, el hecho fue que la nueva contienda, la Guerra Fría, se definió y desplegó desde las marcadas esferas de influencia de ambos polos de poder, es decir, en términos categóricamente geopolíticos.

La "segunda muerte" fue cuando casi terminaba la contienda bipolar. Entonces, siguiendo la arrogante moda relativa con decretar el fin de todo, también se escribió sobre "el fin de la geopolítica", es decir, sobre el fin de la territorialidad que implicaba la geopolítica y sobre la necesidad de (re)conceptualizarla desde nuevos tópicos, desde climáticos hasta discursivos, pasando por las finanzas, el comercio, la tecnología, entre otros. Es decir, una disciplina “a la carta”, licuándose así sus partes disruptivas.

 El régimen de globalización en los años noventa  afianzó el fin de la geopolítica. Con la fuerte corriente de conjeturas esperanzadoras de entonces no había lugar para ideas y prácticas internacionales fragmentadoras o basadas en políticas de engrandecimiento de poder nacional en detrimento de territorios o áreas de influencia de otros. 

Sin embargo, si se echaba una mirada más analítica a lo que sucedía en la política internacional, se habría concluido que la geopolítica se hallaba muy presente: solo basta considerar que la última década del siglo XX, la de la “frenética globalización”, se inició con un hecho geopolítico y terminó con otro hecho geopolítico. En efecto, la guerra del Golfo (mal denominada “primera guerra del Golfo”) fue un hecho de predominancia geopolítica categórica porque solamente en ese escenario de enorme concentración de recursos e intereses podía ponerse en marcha una expedición militar de casi 30 países liderada por Estados Unidos para expulsar a Irak de Kuwait; por otra parte, hacia fines de la década se llevó a cabo la ampliación de la OTAN, un hecho centralmente político-territorial que acabó teniendo años después consecuencias fragmentadoras extremas.

 Pero, acaso lo más relevante, la misma globalización implicó “geopolítica por otros medios”, medios básicamente comerciales que abrieron mercados (territorios) por todo el mundo.

 Ya en el siglo XXI, la creciente conectividad, las nuevas tecnologías, la expansión del comercio, el ascenso de nuevos actores, entre otras nuevas realidades, fueron impactos que sin duda acabarían con los rescoldos de la geopolítica. Ocurrió entonces la “tercera muerte” de la geopolítica, a pesar de que una lectura (de nuevo) más analítica de los hechos habría concluido que la geopolítica se hallaba por todas partes, en la concepción territorial global del terrorismo transnacional hasta en el ascendente asertivo de las doctrinas espaciales nacionales, pasando por las guerras en zonas rojas de potencias, zonas interestatales bajo control de actores no estatales, la marcha hacia el este de la OTAN, entre otras.

 Pero fueron los hechos ocurridos en Georgia en 2008 y, sobre todo, lo que pasó en Ucrania en 2013-2014, que acabó con la anexión rusa de la península, los que recentraron una vez más la contundencia de la ecuación de tres términos que define a la geopolítica: intereses políticos, territorios y poder, siendo la invasión rusa a Ucrania en febrero de 2022 el epítome de la primacía de la geopolítica.

 Algunos expertos, por ejemplo, la historiadora británica Margaret MacMillan, consideran que el mundo de esta década se parece, salvando diferencias, a la época anterior a 1914, es decir, hay, como había entonces, ausencia de régimen internacional, rivalidades entre los poderes mayores, nacionalismo creciente, desafío a la potencia principal, armamentismo, (re)despliegue del poder naval, tutelajes estratégicos, globalización, por citar los principales paralelos. Por supuesto, la geopolítica, que como concepto había nacido a fines del siglo XIX, también nos permite el ejercicio analógico.

 En este sentido, pertinentes son las reflexiones que, con acento en la geopolítica, realiza el especialista estadounidense de World Politics Review, Paul Poast: “¿Qué pensaría un observador de 1865 en 2025? No le sorprendería que el nacionalismo siga siendo una fuerza poderosa en los asuntos internacionales. Que Ucrania vuelva a ser el foco de la guerra entre Oriente y Occidente tampoco sería sorprendente para los observadores de fines del siglo XIX. En particular, notarían que la redefinición forzosa de fronteras, una característica esencial dela política internacional del siglo XIX y principios del siglo XX, continúa estando de moda. Si bien la noción de integridad territorial y el uso de la fuerza únicamente en defensa propia son las piedras angulares codificadas de la Carta de la ONU, los conflictos territoriales siguen asolando el planeta. De hecho, el presidente Trump está haciendo propuestas para la expansión territorial mediante la coerción económica y militar”.

 También hay autores, por ejemplo, el historiador francés Olivier Wieviorka, que consideran que el mundo de hoy guarda paralelos con la década del treinta, y aquí las cuestiones geopolíticas y geoeconómicas son abrumadoras en clave de semejanzas.

 En la segunda mitad de la década actual la dinámica geopolítica es cada vez mayor, no solo en términos clásicos, sino desde lo que denominamos “nuevas territorialidades”, por caso, la galaxia digital o la posible configuración de bloques geotecnológicos. Pero, además, con aquello que hemos señalado al comienzo: la geopolítica “geopolitiza” la globalización, es decir, la profusa red comercial y de interdependencias del mundo se ve condicionada por la evolución de las cuestiones político-territoriales, siendo la situación actual en el estrecho de Ormuz un caso por demás concluyente.

 La guerra en la gran placa geopolítica de Medio Oriente-Golfo Pérsico, una de las tres principales placas del globo, ha recentrado la importancia de los pasos marítimos, un ejemplo categórico sobre el fenómeno de la “globalización geopolitizada”. 

En este sentido, resulta por demás clara y pertinente la concepción naval de China, por tomar uno de los casos más notables. En 2025 entró en servició el tercer portaaviones de China, el “Fujian”. Entonces, algunas voces críticas consideraron que en una era de satélites, IA, drones y misiles un esfuerzo así era casi irracional. Pero, como bien señala Andrew Davidson en Geopolitical Futures, “El ascenso de China se debió en gran medida a sus exportaciones. Pero, además, el 80 por ciento de sus importaciones de petróleo y el 60 por ciento de su comercio total dependen de rutas marítimas que atraviesan el estrecho de Malaca, muy fuera del alcance del paraguas costero chino de misiles. Lo único que puede garantizar el paso por rutas son los portaaviones”. De esta manera, China pasó de la “defensa de aguas costeras” (2000) a la actual “protección en aguas lejanas” (2026).

 Asimismo, el hecho relativo con que las cadenas de suministro (de China y de otros actores con proyección comercial global) se encuentren en diferentes zonas costeras, revaloriza concepciones geopolíticas de viejo cuño, por caso, la que relacionaba el poder de una nación con el control de las “tierras costeras” (Rimlands).

En este sentido, muy interesante son las reflexiones que realiza Alexander Campbell en un artículo cuyo título no puede ser más oportuno: The Return of the Rimland: A New Game Surrounding Maritime Power, Energy and the Dollar: “El  conflicto en torno a Irán, marcado por ceses de fuego, bloqueos y amenazas de aranceles, no ha cesado; por el contrario, continúa extendiéndose. Desde el estrecho de Ormuz hasta el mar Rojo, desde los corredores energéticos hasta las órdenes comerciales, el núcleo de la situación ya no es una confrontación militar local, sino un juego sistémico sobre quién controla el flujo […] Esto significa que la cuestión actual ya no es si el conflicto se intensificará, sino por qué vías se propagará su impacto y cuándo el mercado comenzará a pagar por estos riesgos aun no cuantificados”.

Concluyendo, demasiado geopolítica para ser verdad, sobre todo porque nos hallamos en la tercera década de un siglo con adelantos impensados. Pero lo es y los hechos son contundentes. La geopolítica no solo nunca se fue, sino que su  dinámica es tal que podría fracturar la globalización, el último refugio de orden internacional sustituto con el que contamos.

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