
Irán bajo ataque: una receta para el desastre
Lic. Andrés Berazategui
El ataque a la República Islámica de Irán por parte de Estados Unidos e Israel es una acción que trastorna el ya de por sí muy débil orden en Medio Oriente y puede tener consecuencias que exceden el escenario regional, por lo que resulta pertinente analizar los objetivos y los cálculos de Donald Trump y Benjamin Netanyahu. Tratemos de calibrar esas motivaciones desde una perspectiva estratégica.
Estados Unidos como garante del orden regional
El presidente norteamericano ha declarado que los objetivos de las acciones son principalmente anular el proyecto nuclear iraní, así como forzar un cambio de régimen en Teherán. En concordancia con estos objetivos, también se ha planteado la necesidad de limitar la capacidad iraní en materia de misiles balísticos, degradar sus capacidades navales y terminar con el apoyo de Teherán a su red de aliados regionales (Hezbolá, Hamas, hutíes, etc.).
Históricamente, la zona del Golfo Pérsico ha sido de importancia estratégica central para Estados Unidos como consecuencia de la relevancia crítica del petróleo para la economía mundial. Ese factor llevó a Washington a erigirse en garante de un cierto orden regional —al menos para evitar que volara todo por los aires—, en torno a un recurso natural disperso entre varios países, pero concentrado geográficamente, crucial para el sistema económico internacional y ubicado en una zona altamente volátil, con conflictos potencialmente explosivos de tipo religioso, étnico y geopolítico.
Sin embargo, desde la expansión del shale en la década de 2010, la naturaleza del interés estadounidense ha cambiado. Así, al haber logrado la autosuficiencia en el acceso y producción de petróleo, ya no se trata tanto de asegurar el abastecimiento directo como de preservar la estabilidad sistémica del mercado energético global y condicionar (como en Venezuela) el suministro a China, el principal desafío estratégico de Estados Unidos. Además, Washington busca evitar disrupciones severas en los precios del petróleo que impacten negativamente en su economía y, al mismo tiempo, impedir que sus rivales capitalicen geopolíticamente la región.
Si estableciéramos una escala de jerarquización de intereses, podría decirse que la región ha perdido centralidad relativa dentro de la gran estrategia estadounidense. Sigue siendo importante, pero ya no constituye uno de sus ejes estructurantes: su relevancia deriva, en buena medida, de su conexión con la competencia estratégica global. Aun cuando Irán conserve capacidad de afectar la seguridad energética internacional y de obstaculizar, mediante recursos propios y a través de sus aliados, los objetivos regionales de Washington, no constituye una amenaza directa para el territorio continental de Estados Unidos ni parece en condiciones de comprometer metas estratégicas estadounidenses más amplias. Todo esto nos lleva a afirmar que las acciones emprendidas constituyen, como mínimo, una jugada altamente arriesgada.
La percepción existencial de Israel
Para Israel, en cambio, la cuestión es más grave. Teherán es percibido como una amenaza existencial, por lo que resulta un interés vital debilitar estructuralmente al gobierno de los ayatolás y, eventualmente, convertir a Irán en un actor incapaz de alterar el equilibrio regional, ya sea mediante su integración en un orden regional más favorable a los intereses israelíes o a través de un debilitamiento que transforme a Irán en un Estado disfuncional.
Desde hace varias décadas, para los políticos israelíes el Estado persa no es un adversario estratégico, sino un enemigo —un hostis, en el sentido schmittiano— que pone en riesgo la propia existencia de Israel. Los dirigentes judíos han consolidado desde hace tiempo la narrativa (hoy asumida por gran parte de la propia sociedad israelí) de que Israel es un pequeño Estado rodeado de enemigos poderosos que buscan su destrucción (y ninguno de estos tan peligroso como Irán), lo que justifica cualquier acción, por radical que esta sea.
Esta narrativa ha calado hondo también en muchos países occidentales, en particular en Estados Unidos. Y así, amplificando las denuncias de antisemitismo, traccionando el apoyo sionista-cristiano o bien por la acción de los diversos lobbies proisraelíes, se ha tejido una estrategia de captación de voluntades (y de acallamiento de críticas) que encara la búsqueda de apoyo desde lo identitario, como en el primer caso; desde lo religioso, como en el segundo; o directamente desde lo político, como en el último. Una metodología integral y eficaz, hay que reconocerlo.
Se sabe cómo empezó, pero no cómo terminará
En las acciones de Estados Unidos e Israel subyacen, por lo tanto, apreciaciones estratégicas motivadas por distintos niveles de interés. Sin embargo, en Irán es muy posible que se radicalicen las posiciones dentro del actual sistema político (que no ha colapsado) y que incluso sectores significativos de la sociedad iraní refuercen su apoyo al gobierno bajo una lógica de cohesión frente a la agresión externa.
Esto lleva a preguntarnos si realmente valía la pena desestabilizar un orden regional tan frágil, tensionando una situación históricamente compleja frente a un actor que ha demostrado en varias oportunidades altos niveles de resiliencia. Si los cálculos estratégicos de todos los involucrados no se ajustan con precisión, la dinámica de los acontecimientos podría escalar hacia un escenario de consecuencias regionales y hasta sistémicas difíciles de contener. En ese caso, la situación podría generar un desastre a gran escala.


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