
Groenlandia y Malvinas: la nueva barrera marítima de EEUU contra Rusia y China

Por Rogerio do Nascimento Carvalho
La alianza ruso-china ha generado preocupación en cuanto a la percepción de la seguridad estratégico-militar estadounidense. Además del poder económico, político y nuclear, Moscú y Pekín han estado guiando acciones conjuntas destinadas a remodelar el orden mundial, desafiando el poder unilateral de Washington en el ámbito de las naciones.
La respuesta de la administración Trump ha sido construir narrativas de acciones imperialistas en escenarios como Ucrania, Gaza y, más recientemente, Venezuela y Groenlandia, lo que ha llamado la atención de la opinión pública mundial al rechazar la violación del derecho internacional y la soberanía de los territorios.
Recientemente, Estados Unidos ha centrado su atención en obtener el control de Groenlandia, bajo la jurisdicción de Dinamarca, aliado de la OTAN, para frenar el avance de Rusia y China en el océano Atlántico.
Sin embargo, el valor estratégico de la zona puede comprenderse en el presente y el futuro, lo que corrobora las acciones estadounidenses de codicia del archipiélago. Actualmente, la importancia radica en establecer una línea marítima que pueda interactuar con otras posesiones estadounidenses y británicas ubicadas en el océano, en el eje norte-sur, hasta llegar al archipiélago de las Islas Malvinas, al sur, cuya soberanía reclama Argentina.
En consecuencia, resulta importante comprender el alcance de una eventual cesión del puerto de Ushuaia al Comando Sur de Estados Unidos, contraria al interés nacional argentino y perjudicial para la estrategia soberana de América Latina, que podría quedar rehén de los intereses de potencias extrarregionales.
En el futuro, Groenlandia se convertirá en una base militar y comercial dada la navegabilidad del Ártico, debido a su deshielo, lo que permitirá la apertura de nuevas rutas comerciales, impulsando la logística e intensificando el comercio global. En ambas zonas también existe el potencial de extraer riqueza, esencial para las economías de las potencias en disputa. La ilegalidad de las acciones se relaciona con el desvío de bienes soberanos de los pueblos indígenas, ignorados durante siglos por los actores en cuestión.
Estos dos análisis coinciden con las teorías clásicas de Alfred Thayer Mahan, quien, ya en el siglo XIX, predijo que la riqueza y el poder de las naciones, desde una perspectiva naval, requerirían establecer puntos de comunicación en los océanos y negar al enemigo el uso del mar.
Por lo tanto, estas acciones permiten una reinterpretación de este pensamiento, a la vez que llaman la atención sobre la defensa de la soberanía de archipiélagos clave, como las Islas Malvinas, que, una vez más, resultan relevantes en la aplicación de la geopolítica global como pieza fundamental en la arquitectura de naciones extrarregionales que oprimen derechos para satisfacer sus intereses.
En cualquier caso, la reivindicación argentina debe reafirmarse, ya que no puede desempeñar un papel secundario en el reordenamiento global ni ser codiciada por naciones que aíslan los intereses de los países latinoamericanos y no contribuyen al desarrollo de la región.


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