La Estrategia Nacional de Defensa de Trump y el “imperialismo a la vieja usanza”

Con la nueva Estrategia Nacional de Defensa, dada a conocer recientemente, Estados Unidos confirma sus prioridades al orientar sus esfuerzos hacia el dominio hemisférico, la contención de China y una mayor exigencia a los aliados.
ACTUALIDAD06 de febrero de 2026Lic. Andrés BerazateguiLic. Andrés Berazategui
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En consonancia con la National Security Strategy dada a conocer en noviembre, la administración Trump hizo pública, el 23 de enero, la 2026 National Defense Strategy (2026 NDS), en la que se establecen los lineamientos de la estrategia de Estados Unidos en materia de defensa. La 2026 NDS jerarquiza los temas según el siguiente orden: la defensa del territorio nacional y del hemisferio occidental; China y el Indo-Pacífico; el reparto de cargas con los aliados; y la producción y el suministro de tecnología militar. También se habla de Rusia, Irán y Corea del Norte, pero con menos énfasis.

 El entorno de seguridad

El documento enfatiza la confluencia existente entre la política hemisférica y la seguridad del territorio nacional, que —según se afirma— habría sido descuidada por las administraciones anteriores. La 2026 NDS señala como amenazas a los extranjeros en situación irregular, el narcotráfico, las organizaciones terroristas y los fundamentalistas islámicos. El hemisferio se convierte en prioritario, incluso por encima de China, aunque a esta se la reconoce como parte del Indo-Pacífico, definido como “la zona de mercado más grande y dinámica del mundo”. En referencia al hemisferio, se destaca la importancia de las zonas de proyección inmediata, con el objetivo de garantizar “el acceso militar y comercial de Estados Unidos a zonas clave, en particular el canal de Panamá, el golfo ‘de América’ (de México) y Groenlandia”.

En cuanto a China, se la sigue definiendo como potencia competidora, pero el lenguaje respecto del gigante asiático se matiza en el presente documento. Se establece una estrategia de contención, no de confrontación, y se afirma que no se busca humillarla ni dominarla, sino algo “mucho más limitado y razonable”: “garantizar que ni China ni ningún otro país pueda dominarnos a nosotros ni a nuestros aliados”. Por lo tanto, se pretende una estrategia de negación de acceso en la primera cadena de islas, aunque no se nombra explícitamente a Taiwán. Los marines desempeñarían un papel de operaciones distribuidas y maniobras litorales con el objeto de apoyar el equilibrio regional. Con relación al Ejército Popular de Liberación, se buscará “una gama más amplia de comunicaciones entre militares (…), con el objetivo de apoyar la estabilidad estratégica con Pekín, así como la distensión y la desescalada”.

Con respecto a los aliados tradicionales, se vuelve a recalcar la exigencia de que asuman mayores gastos en su propia defensa, fijando como objetivo que destinen a ese fin un 5% del PBI. Se afirma que aquellos, “salvo raras excepciones, con demasiada frecuencia se han contentado con dejar que Estados Unidos los defienda, al tiempo que reducían sus gastos de defensa e invertían en ámbitos como la seguridad social y otros programas nacionales”. Sin embargo, resulta claro que Estados Unidos no se retirará completamente del mundo, ya que, junto a sus socios y aliados, conforma un perímetro defensivo alrededor de Eurasia que busca generar un efecto disuasivo frente a potenciales adversarios.

Por último, la 2026 NDS postula el fortalecimiento de la base industrial de defensa con el objeto de ampliar las capacidades de suministro de armamento a otros Estados. Enmarcado en lo dicho precedentemente —en el sentido de promover que los aliados y socios inviertan más en su propia defensa—, Estados Unidos se postula como proveedor de tecnología militar, lo que va en sintonía, además, con la idea de Donald Trump de fortalecer la industria norteamericana.

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 Entre la Doctrina Monroe y el imperialismo

Con la intención explícita de una primacía hemisférica por parte de Trump, se ha invocado con frecuencia la Doctrina Monroe, al punto de que, con un nuevo corolario que la reinterpreta, se habla de la doctrina “Donroe”. Cabe hacer algunas aclaraciones. 

La Doctrina Monroe original estipulaba una proyección hacia el resto del continente americano basada en un principio de exclusión: no debían existir en América fuerzas militares de potencias extrahemisféricas ni alianzas militares de Estados de la región con esas potencias. Parece poco probable que actualmente exista ese riesgo, más allá de eventuales acuerdos entre China —e incluso Rusia— con países de la región. ¿Acaso puede afirmarse que las acciones chinas en América están orientadas a la creación de alguna alianza militar? ¿Rusia tiene posibilidades de proyectar poder hacia América de modo significativo?

Es cierto que tanto Rusia como China han vendido armamento a países americanos, pero de allí a sostener que ello pueda constituir algún tipo de amenaza para Estados Unidos parece excesivo. En ese sentido, las acciones llevadas a cabo en Venezuela, junto con las declaraciones referidas al canal de Panamá, Colombia e incluso Groenlandia, parecen responder más a un “imperialismo a la vieja usanza”, como ha afirmado recientemente el académico John Mearsheimer.

Podrá parecer una distinción menor, pero ciertamente no es lo mismo estar en un contexto en el que se puede aprovechar la existencia de más de una potencia para buscar activos materiales y así ganar libertad de acción, que en otro en el que no existe ninguna posibilidad de recurrir a ayuda extrarregional. Esto nos lleva a concluir que se avecinan tiempos de márgenes muy acotados en la búsqueda de autonomía estratégica para los países de la región, al menos mientras prevalezca la perspectiva que impulsa Donald Trump.

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