
Reforma laboral: fantasmas de lo nuevo

En 1972, la legendaria editorial Minotauro, dedicada a la literatura de ciencia ficción y fantasía, publicó Fantasmas de lo nuevo, un libro de cuentos del escritor estadounidense Ray Bradbury. El volumen era una traducción del original publicado en inglés tres años antes, realizada por Aurora Bernárdez, e incluía textos como “Llamada nocturna”, “Enrique IX” y “El Motel de la Gallina Inspirada”. También formaba parte del catálogo un cuento inquietante y acaso desolador, que le daba título al libro.
La pluma de Bradbury en “Fantasmas de lo nuevo”, el cuento, descubre un trasfondo emocional en el clásico planteo analítico del barco de Teseo, en el cual se nos invita a preguntarnos si un barco cuyas partes han sido sucesivamente reemplazadas por otras nuevas, exactamente iguales, hasta que ya no queda ninguna de las partes originales, sigue siendo el mismo barco o es otro diferente. A quienes responden que se trata del mismo barco se les dedica un malévolo twist: si alguien tomara todas las partes originales que fueron retiradas y armara con ellas nuevamente el barco completo, ¿cuál sería ahora el barco original y cuál el derivado?
Lo que más llama la atención quizás, y que le da el tono al texto, es el título. Habitualmente pensamos en los fantasmas como artefactos de lo viejo, espíritus venidos del pasado o incluso anclados en el pasado mientras el resto del mundo sigue adelante. ¿Cuáles serían estos fantasmas que vienen del ahora, que nos traen lo nuevo? ¿O la expresión significa precisamente que lo que parece nuevo no lo es: que se trata de un espejismo?
Entre estas preguntas se cuela un desasosiego que en la historia bradburiana está anclado en una casa. Una casa de Teseo cuyas partes han sido minuciosamente reemplazadas por otras exactamente iguales, pero también, de alguna manera, una casa embrujada. El título original en inglés es aun más claro al respecto: “The haunting of the new”, que vendría a ser el encanto o el embrujo de lo nuevo, pero también la maldición de lo nuevo, o incluso la obsesión de lo nuevo.
El gobierno de Javier Milei vino a prometer años de infinita novedad. Su llegada avasallante, rupturista, declaraba el fin de lo viejo, que reputaba como una larga maldición, y la irrupción de lo que nunca antes se había probado. “Soy el primer presidente liberal libertario de la historia”, dijo Milei, siempre afecto a destacar su propia relevancia en el orden mundial. En varias ocasiones y de varias maneras repitió, en los meses siguientes, que venía a terminar con las viejas estructuras y a traer el cambio, la novedad, lo nunca antes intentado.
¿Cuánto hay de efectivo en esta novedad y cuánto de fantasma? ¿En qué medida lo que enuncia el discurso mileísta es verdadera ruptura y en qué medida es embrujo, encantamiento, espejismo?
El propio Milei parece conceder cada tanto que su posición es dual: apela permanentemente a la novedad pero también elabora un relato mítico en el cual se hace necesario volver al país que existía antes de que el peronismo (un movimiento que hace poco cumplió ochenta años) lo corrompiera. Esa tensión nunca es aclarada en el discurso oficial que se preocupa por remarcar que esta vez es diferente, que esta vez el esfuerzo vale la pena, que esta vez las cosas realmente van a cambiar. Lo que no hace sino remarcar el hecho de que al menos en parte el gobierno está volviendo a intentar lo ya intentado, reeditando experiencias pretéritas, reavivando viejos espectros.
“Milei apela permanentemente a la novedad pero también elabora un relato mítico en el cual se hace necesario volver al país que existía antes de que el peronismo (un movimiento que hace poco cumplió ochenta años) lo corrompiera”
La reforma laboral que impulsa el gobierno libertario, además de ser uno de sus elementos medulares (o, para decirlo de otra manera, una de las principales cosas que vino a hacer), encarna de manera patente esta duplicidad discursiva. Términos novedosos como “fondo de cese laboral” o “banco de horas” buscan teñir de novedad lo que no es otra cosa que un retroceso a épocas lejanas en el pasado: el fin de las indemnizaciones, por un lado, y el de la jornada laboral de ocho horas, por el otro.
“Términos novedosos como “fondo de cese laboral” o “banco de horas” buscan teñir de novedad lo que no es otra cosa que un retroceso a épocas lejanas en el pasado: el fin de las indemnizaciones, por un lado, y el de la jornada laboral de ocho horas, por el otro”
La reforma laboral que busca Milei no representa un retroceso al pasado en el sentido general del que hablábamos más arriba, de la vuelta a un estado de cosas presuntamente idílico y pre-peronista. De manera más pedestre, es en parte una reedición de iniciativas relativamente recientes, como lo recordaba en febrero la abogada laboralista Natalia Salvo, en una entrevista publicada por POLITICAR. Son antecedentes relevantes las normas del menemismo en la materia y la malhadada “Ley Banelco” que inició la debacle del gobierno de Fernando de la Rúa.
No es que el sistema laboral argentino no requiera ningún tipo de adaptación a los nuevos tiempos. Es evidente que hace falta una adecuación a una nueva realidad que se parece poco a lo que ofrecían décadas pasadas. Pero tampoco se trata de caer en telarañas discursivas que disfrazan de necesidad lo que es puro afán de lucro.
Ejemplo 1: el “banco de horas”, que permite al empleador reasignar la carga horaria del empleado en forma dinámica, por ejemplo, para cubrir largas jornadas con muchas ventas, no es una necesidad lógica derivada del hecho de que hoy en día las actividades comerciales y productivas se han extendido. Esos períodos de mayor actividad, con mayor requerimiento de trabajo, se pueden cubrir, sencillamente, contratando a una persona más.
Ejemplo 2: el “fondo de cese laboral”, por el que el empleado se paga su propia indemnización, no se deriva de una necesidad de adaptar las prácticas laborales a una nueva realidad. Obedece al viejo anhelo de los empleadores de liberarse de la carga de la indemnización, es decir, de tener que ahorrar dinero para cubrir una obligación para con el empleado. En el nuevo mundo del trabajo no existe ninguna fuerza que imposibilite al empresario contar con un fondo para indemnizaciones. Se trata ni más ni menos que de un deseo.
La reforma laboral que busca el gobierno de Milei, y que probablemente conseguirá, tiene poco de nuevo. Lo que el discurso oficial busca enmascarar con sus apelaciones a la ruptura y la novedad es la constatación de una vuelta atrás, que al pensar en ella convoca inmediatamente a una serie de fantasmas, estos sí, del pasado.
“La reforma laboral que busca el gobierno de Milei, y que probablemente conseguirá, tiene poco de nuevo”


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