La tercera estrella de la Kicillofeta

El gobernador bonaerense alcanzó anoche la ansiada victoria legislativa que dejó sancionada la tríada de leyes para el año que se avecina. El costo, sin embargo, fue muy alto. ¿Cuánta nafta le queda para recorrer el tramo hacia diciembre de 2027?
POLÍTICA 04 de diciembre de 2025
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Fue una victoria, pero no dudaríamos en calificarla de agónica. La aprobación, bien entrada la madrugada de hoy, de la ley de financiamiento para la provincia de Buenos Aires, impulsada por el gobernador Axel Kicillof, le pone el broche a un triple triunfo que se le venía negando al mandatario desde hace tiempo. Pero el costo es, acaso, demasiado alto.

No hay duda de que el pedido de autorización para tomar deuda es ambicioso. El año pasado y el anterior el gobernador no había logrado que los legisladores dieran el visto bueno ni al presupuesto anual ni a la solicitud de endeudamiento, y por entonces estábamos hablando de mil millones de dólares. Ahora Kicillof se propone pedir prestados cuatro mil millones. Tenía, en suma, todas las de perder. Y sin embargo, esta vez, a diferencia de las anteriores, ganó.

No se trata de una victoria modesta como la que obtuvo cuando logró la aprobación del presupuesto y la ley fiscal. En este caso se trata de un logro considerable. No sólo porque la audacia de pedir autorización para tomar tanta deuda les dio pasto a los críticos de diversas filiaciones, sino también porque este tercer proyecto en el paquete del gobernador requería una mayoría especial para ser aprobado: no bastaba con la mitad más uno de los votos, sino que se necesitaban dos tercios.

¿Cuánto le costó a Kicillof bordarse la tercera estrella en la camiseta? Estamos hablando de semanas de rosca interminable y de una seguidilla de sesiones suspendidas tanto en la Cámara de Diputados provincial como en el Senado. Pero esto es bastante común cuando se trata del presupuesto y sus leyes afines (nos remitimos a lo que ocurrió el año pasado). Lo que es diferente ahora es el costo político de la negociación. Porque para obtener este resultado el gobernador tuvo que recurrir a una de las prácticas más reprochables de la política.

Kicillof tuvo que ceder en dos cosas. Una de esas cosas es la asignación de un “Fondo de Emergencia y Fortalecimiento de la Inversión Municipal” (FEFIM), que implica una fuerte erogación para las arcas bonaerenses, ya de por sí mermadas (de ahí la necesidad de endeudamiento tan fuerte). Esta puja es virtuosa: se trata de ver cuántos fondos van a las obras y funciones propias de la provincia y cuántos captan las comunas para pagar sueldos, arreglar calles, hacer cloacas, comprar combustible para patrulleros, brindar asistencia social y, en general, poner todos los parches que se requieren para facilitar un poco la vida de los vecinos en un contexto de crisis. El problema es la otra pata de la negociación.

La segunda cosa que el gobernador tuvo que conceder son cargos. Cargos oscuros, de buena remuneración y poco impacto. Principalmente estamos hablando de sillones en el directorio del Banco de la Provincia de Buenos Aires (BAPRO). Sillones que garantizar un ingreso mensual de veinte millones de pesos sin que su ocupante deba enfrentar cuestionamientos públicos como ocurre en el caso de un ministro o secretario o del propio gobernador. Porque, en definitiva, no se sabe bien qué hace un director del Banco Provincia. Queda claro, entonces, el atractivo de ocupar esa posición.

No sólo el gobierno kicillofista negoció con la oposición (y también con sectores internos del propio peronismo) poniendo sobre la mesa cargos vacantes en el BAPRO, sino que además propugnó una reforma legal cuyo único objetivo era crear nuevos cargos para que haya más sillones para repartir. Esto se hizo, por supuesto, en reuniones privadas, fuera de la vista del público que, si se enteró, fue por la lectura de notas de análisis político en medios provinciales. Ahora es de esperar que la oposición utilice esto para “pegarle” al gobernador, no sin razón, por esta práctica de la política más rancia que, digámoslo desde ya, deja aun peor parados a quienes negociaron para sí esos cargos tan apetecibles.

El costo de la tercera estrella para la Kicillofeta es muy alto. Y cabe preguntarse cuánta nafta le queda al gobernador para llegar a la meta de 2027. Faltan dos años, y esta negociación desgastante, tanto en términos materiales como en términos simbólicos, viene a evidenciar que el camino no está para nada allanado. Más bien al contrario.

Si el gobernador tuvo que entregar tanto para tener su paquete de leyes este año, ¿qué tendrá que entregar el año que viene, cuando se reedite la discusión presupuestaria? Para entonces ya no habrá margen para crear nuevos cargos. Además, el daño ya está hecho. El mecanismo al que tuvo que recurrir el gobierno provincial para procurarse la tríada de leyes lo emparienta con los métodos con los que Javier Milei se procuró el apoyo para la Ley Bases y otras iniciativas. ¿Qué diferencia un sillón en el Banco Provincia de una embajada en la UNESCO o de una rotonda en una ruta provincial?

Son concesiones que empañan la democracia, que exhiben a la política como algo sucio. Y que, además, no garantizan resultados de largo aliento. Son concesiones para zafar un año. Pero después viene otro, y otro.

La victoria agónica de Kicillof no resuelve las tensiones en el seno del peronismo, que sigue tan fraccionado como siempre. Las tres tribus no paran de lidiar a la luz del sol (y aun más a puertas cerradas, claro). De hecho, consolida la debilidad del gobernador en la construcción política que debería llevarlo a la presidencia de la Nación en 2027. Las limitaciones de ese proyecto van quedando claras a partir de la incapacidad del bonaerense de resolver de una vez por todas la puja que desangra al movimiento y les resta posibilidades no sólo a él, sino a todos.

Dicho esto, hay que señalar también que bordarse la tercera estrella le brinda a Kicillof una expectativa de cierta tranquilidad para el año que viene. La construcción política de la que hablamos requiere que la provincia no esté en crisis, o al menos no en una crisis profunda. Es posible para el gobernador encuadrar la necesidad de endeudamiento en su potente maquinaria narrativa que lo muestra como alguien que sostiene a viento y marea, con gran desgaste, un modelo opuesto al de Milei.

Lo que resulta más difícil de encuadrar, y de digerir, son las concesiones mezquinas y a oscuras que le allanaron el camino.

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