
Gaza, entre las ruinas y el desencanto: el plan de Trump no despierta esperanza
Alfredo Atanasof
Los gazatíes no creen en la paz de Trump
El plan de paz impulsado por Donald Trump, que prometía una reconstrucción de la Franja y un horizonte de estabilidad tras dos años de guerra, ha sido recibido con escepticismo. Los habitantes del enclave palestino no confían ni en la durabilidad de la tregua ni en las promesas de un proceso político que, una vez más, no contempla el fin de la ocupación israelí ni el levantamiento del bloqueo impuesto desde 2007.
Una paz que no llega
“Las cosas volverán a ser como antes, o incluso peor”, dice Alaa Sbaih, una joven palestina de 25 años. En Gaza, donde el 92% de los edificios ha sido destruido o gravemente dañado, el optimismo es un lujo imposible. La ONU calcula que la reconstrucción costará unos 70.000 millones de dólares y podría tardar más de 15 años. Pero la pregunta que todos se hacen es si Israel permitirá siquiera el ingreso de materiales de construcción, como no ocurrió tras la ofensiva de 2014.
¿Cómo se reconstruye una ciudad… cuando la esperanza también fue bombardeada?
Para una senora, psicóloga y madre de seis hijos, el plan tiene un “pecado original”: no aborda la ocupación. “Sin libertad, sin derecho a elegir nuestro destino, nada cambiará”, dice. Su casa, en el barrio de Al Nasr, fue dañada por los bombardeos, pero planea volver, levantar muros de plástico y madera, y resistir.
Un plan bajo sospecha
El esquema de Trump prevé una administración palestina “tecnocrática” supervisada por un organismo internacional que él mismo presidiría, junto al ex primer ministro británico Tony Blair. En Gaza, ese diseño suena a imposición. “No sabemos ni siquiera qué sistema político se implementará”, advierte Khalil Abu Shammala, activista de derechos humanos.
Ni paz, ni futuro: Gaza desconfía del plan que no nombra la ocupación
La desconfianza es general. “En cualquier momento, Israel puede reiniciar los ataques”, teme Ohood Nassar, una joven traductora que ha perdido su hogar y su trabajo. Desde 2007, los controles israelíes sobre los materiales y la ayuda humanitaria se han convertido en una herramienta de presión política, y nada indica que esta vez será distinto.
Un pueblo cansado
Los datos de la ONU son devastadores: más de 67.000 muertos, 170.000 heridos —40.000 con secuelas permanentes—, y miles de niños mutilados. De los 36 hospitales de Gaza, solo 14 funcionan parcialmente. “No hay escuelas, parques ni carreteras. Gaza es una ciudad sin vida”, resume Sbaih, que soñaba con ser cineasta y ahora apenas logra levantarse por las mañanas.
“Antes amábamos la vida. Ahora solo queremos sobrevivir.”
El trauma colectivo deja una marca profunda. “Antes amábamos la vida. Ahora, solo queremos sobrevivir”, dice Fidaa al Araj. Pero incluso devastada, Gaza sigue siendo el hogar de millones de palestinos. Muchos, como Ohood Nassar, no quieren marcharse. “Aspiro a morir aquí, en mi tierra”, confiesa.
El silencio tras la guerra suena a desconfianza
Entre la ruina y la resignación, los gazatíes miran hacia un futuro incierto, mientras la comunidad internacional vuelve a hablar de “reconstrucción” sin resolver la raíz del conflicto: la ocupación y el derecho a la autodeterminación palestina.


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