
Gaza: la guerra que destruye también la memoria
Alfredo Atanasof
“Esos escombros son los testigos de nuestro dolor”, dice Doaa Ulyan, una habitante de Gaza que sobrevivió a los bombardeos israelíes junto a su familia, pero perdió su hogar y su barrio, Al Rimal, símbolo del dinamismo cultural de la capital. Su historia refleja una tragedia que no solo destruye vidas, sino también la identidad misma del pueblo palestino.
Desde que comenzó la ofensiva israelí hace dos años, la Franja de Gaza ha quedado devastada. Según datos de Naciones Unidas, más del 90% de las viviendas fueron destruidas o dañadas, todas las universidades fueron arrasadas y la mayoría de las carreteras están hoy intransitables. Más de 68.000 personas han muerto, y al menos 11.000 cuerpos permanecen bajo los escombros.
La ciudad que desapareció: cómo la guerra borró la memoria de Gaza
Pero arquitectos y urbanistas sostienen que el daño es aún más profundo. Eyal Weizman, director de la agencia Forensic Architecture, describe esta ofensiva como una “muerte lenta” que elimina no solo a las personas, sino también las condiciones que hacen posible la vida: hospitales, escuelas, cementerios, barrios enteros. “Si destruyes la ciudad, destruyes también su cultura. Es una forma indirecta de matar”, afirma.
El “urbicidio” de Gaza
Lo que ocurre en Gaza va más allá de una operación militar. Weizman y otros expertos como la urbanista libanesa Soha Mneimneh sostienen que la destrucción sistemática de la infraestructura urbana es parte de una estrategia de “urbicidio”, una forma de borrar del mapa no solo los edificios, sino el tejido histórico y simbólico de un pueblo.
Las ruinas de Gaza, testigos del dolor de un pueblo
Las imágenes satelitales actualizadas por Google en agosto muestran un territorio irreconocible, sin fronteras claras entre lo agrícola y lo urbano, donde las ruinas cubren más de 53 millones de toneladas de escombros. “Todo se convierte en un desierto indistinto, en algo que ya no tiene inscripción”, explica Weizman.
Memoria y desplazamiento
En la memoria de los gazatíes, la guerra actual revive ecos de la Nakba de 1948, cuando cientos de miles de palestinos fueron expulsados de sus hogares durante la creación del Estado de Israel. Los abuelos de Doaa y su hermana Malak huyeron entonces desde Wadi Hunayn, y se refugiaron en Gaza. Su casa, sus jazmines y sus naranjos fueron destruidos. Hoy, esa historia se repite.
“Israel ha aplicado en Gaza el mismo patrón de limpieza étnica y destrucción”, señala el biólogo palestino Mazin Qumsiyeh. “No se puede colonizar sin ecocidio, sin genocidio, sin urbicidio.”
Destruir para reconstruir
A medida que el alto el fuego impulsado por el presidente estadounidense Donald Trump se mantiene, Israel controla el 58% del territorio de la Franja. En la zona restante, más de dos millones de palestinos sobreviven entre ruinas, sin acceso pleno a servicios básicos ni libertad de movimiento.
Arquitectura del olvido y la ocupación
Weizman advierte que los planes de reconstrucción podrían prolongar la tragedia: “Reconstruir sobre la huella de la destrucción, sin la población presente, sería la continuación del genocidio por otros medios”.
En Gaza, las ruinas no solo marcan el fin de una ciudad. Marcan la pérdida de una historia, de una identidad y de una memoria colectiva que resistió durante más de cinco mil años. Hoy, entre el polvo y los restos del pasado, un pueblo sigue intentando sobrevivir al intento de borrar su existencia.


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