
Trump en la ONU: discurso regresivo y polémico
Alfredo Atanasof
Un discurso que pasó de la nostalgia al desconcierto global
Donald Trump reapareció en la Asamblea General de la ONU con un discurso que combinó la nostalgia con una visión regresiva del orden mundial. En un recinto habituado a discursos diplomáticos y cuidadosamente elaborados, su intervención osciló entre lo anecdótico y lo desconcertante. Volvió a escena como presidente en 2025, pero no adoptó el tono de un líder global. En cambio, asumió el rol de narrador centrado en su propia leyenda, envuelta en una grandeza estadounidense idealizada. Las risas que generó en 2018 se esfumaron, dando paso a un silencio incómodo. Aunque citó cifras económicas y prometió armonía mundial, su propósito real fue exaltar su figura como redentor de Estados Unidos.
Una política exterior anclada en el siglo XIX
Trump dejó claro que su visión del mundo poco tiene que ver con la dinámica actual. Recurrió a la Doctrina Monroe, una política del siglo XIX originalmente concebida como advertencia a las potencias europeas, y la presentó como si aún fuese aplicable en el complejo escenario internacional de hoy. Lo que alguna vez fue una declaración de principios se convirtió, en boca de Trump, en una especie de título de propiedad sobre América Latina. En su narrativa, la región no aparece como un conjunto de naciones soberanas, sino como un tablero estratégico en el que Washington debe desplazar a China y Rusia para reafirmar su dominio. No hubo espacio para los matices ni para el respeto mutuo: todo se redujo a una lectura simplista de poder y control.
Críticas a Europa y defensa del petróleo como símbolo de progreso
Su intervención también fue una férrea embestida contra el ambientalismo, la migración y los esfuerzos de cooperación global. Trump desestimó las energías limpias llamándolas un fraude, y reivindicó al petróleo como emblema del progreso económico. No dudó en atacar a las naciones europeas por sus políticas migratorias, acusándolas de socavar su identidad cultural y estabilidad financiera. Su crítica al Reino Unido por gravar el crudo del Mar del Norte, junto con su llamado a abandonar la “estafa de la energía verde”, lo acercaron más a un defensor del lobby petrolero que a un mandatario preocupado por el futuro del planeta. En su visión, la energía y el medioambiente son asuntos de rentabilidad, no de sostenibilidad. El cambio climático fue presentado como una excusa conveniente.
Unilateralismo, negocios personales y desprecio por los acuerdos multilaterales
La política exterior que expuso Trump no distingue entre los intereses del país y los suyos propios. Al mencionar la designación de Mauricio Claver Carone en el BID, presentada como un triunfo estratégico, omitió que dicha decisión rompió con una tradición regional y generó tensiones duraderas. Ya era conocido su desprecio por los acuerdos multilaterales, el desdén hacia la ONU y su preferencia por negociaciones bilaterales, pero esta vez los presentó como trofeos de una supuesta cruzada por la paz. El discurso se convirtió en una lista de movimientos políticos camuflados como logros morales. Cada paso pareció responder más a una lógica de oportunidad personal que a una estrategia coherente de largo aliento.
Una visión regresiva del orden mundial disfrazada de epopeya
Lo que parecía una celebración de su gestión terminó exponiendo una concepción del poder basada en esquemas superados. Trump no solo propuso un retorno a las fórmulas de dominación del siglo XIX, sino que las adaptó a una narrativa populista centrada en su figura. Con un discurso lleno de oposiciones simplificadas, planteó una historia de redención nacional frente a un caos global. Él se erige como único garante del orden. Bajo esa fachada heroica, reveló una política exterior que convierte a los aliados en subordinados, a los rivales en caricaturas y al mundo entero en un tablero sin reglas claras, sin principios éticos y sin una meta común.
Una distopía con forma de espectáculo político
La intervención de Trump ante la ONU tuvo el tono de una comedia absurda que, con el paso de los minutos, fue perdiendo la gracia para tornarse inquietante. Lo que al principio podía parecer una exageración inofensiva, adquirió un matiz más oscuro. Al llegar al punto álgido, lo que parecía una sátira se transformó en una advertencia: los gestos que antes provocaban sonrisas se volvieron señales de alarma. Uno sale de esa función con una sensación extraña, preguntándose en qué momento la risa se convirtió en preocupación. Sería reconfortante pensar que solo fue una representación pasajera. Por ahora, la función sigue y la sala permanece a oscuras.


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POLÍTICA 17 de julio de 2026


