
Esa extraña obsesión con los bebés
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Juan Bautista Alberdi formuló su máxima “Gobernar es poblar” hacia 1852. Ese es, al menos, el año en que apareció su libro más célebre, Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina, que incluye la frase y desarrolla el concepto. Alberdi quería promover la inmigración europea, basado en una concepción racista acerca de los pobladores nativos del país que buscaba organizar: poblar, para él, significaba poblar de descendientes de alemanes, ingleses y suizos, cambiar el perfil genético de la población argentina para que su composición fuera más aceptable.
Algo más básico parece haber persistido, sin embargo, y, aunque hoy perdura el racismo entre quienes se declaran seguidores de Alberdi, la idea parece haber perdido su germen discriminatorio para convertirse en la mera noción de que un país sólo puede desarrollarse si su población sigue creciendo. Es decir: tienen que nacer muchos bebés, no importa demasiado de qué madres.
No es que la idea venga directamente de Alberdi, por supuesto. Javier Milei y sus compañeros de ruta en la aventura libertaria abrevan en una tendencia mundial. Los movimientos de derecha, tan afectos a enfocarse en indicadores sencillos para explicar los problemas sociales y proponer soluciones (por ejemplo, el déficit fiscal), vienen insistiendo en que hay que hacer algo con la tasa de natalidad. Específicamente, evitar que siga cayendo.
Esta perspectiva tan estrambótica tiene un nombre, “natalismo”, y ha engendrado su antítesis, el “antinatalismo”. En Argentina el propio Milei consideró importante referirse al presunto problema en un discurso en el que hizo gala de su habitual sutileza: “El rol de la población es fundamental en el crecimiento económico”, dijo. “Ahora se están dando cuenta de que se les pasó la mano en atacar a la familia, en atacar a las dos vidas, y lo estamos pagando con caídas en la tasa de natalidad. Ahora el miedo es que el mundo se quede sin gente. Lo hubieran pensado antes. Nos hubiéramos ahorrado bastantes asesinatos en el vientre de las madres.”
El inefable Bertie Benegas Lynch, a quien Milei repetidamente ha calificado como “prócer” y estrella del pensamiento liberal, advirtió sobre el “invierno demográfico” que vive la Argentina y, en tono alarmista, señaló que nuestro país tiene tasas de natalidad “similares a Corea del Sur o España, dos países que han empezado a despoblarse trágicamente”.
“La Argentina necesita repoblarse, con lo cual yo diría que no solo tenemos que pensar en derogar el aborto, sino en medidas que promuevan la natalidad para que la cuestión demográfica vuelva a ser un eje estratégico para el desarrollo de nuestro país”, afirmó Benegas Lynch.
En las palabras de ambos aparecen las mismas líneas: la supuesta necesidad de un crecimiento poblacional para que exista el desarrollo económico, por un lado, y por el otro, una censura del aborto, considerado como limitante de la población. No lo dicen explícitamente pero hay ahí una influencia religiosa, específicamente del catolicismo conservador.
Hay más. El abogado mileísta Francisco Oneto (también inefable) propuso una receta para resolver el supuesto problema. “Yo creo que la única forma de solucionar esto es recuperar los valores tradicionales: que la mujer se quede en la casa y que el hombre trabaje. Porque la mujer quiere hacer una carrera profesional, recibirse y estar sólida económicamente, y ese es el problema que hay”, dijo Oneto, agregando una cuota explícita de misoginia al combo natalista vernáculo.
La preocupación por la tasa de natalidad es llamativa, primero, porque su ligazón conceptual al desarrollo económico va a contramano de lo que se constata en el mundo real, que es que a medida que los países se desarrollan el índice de nacimientos cae; y segundo, porque si hay una cosa que definitivamente no le falta al mundo es gente.
Sería fácil caer en la tentación de interpretar el argumento natalista del aumento poblacional como impulsor del desarrollo como una mera excusa para justificar las posiciones retrógradas contrarias a la emancipación de las mujeres. Pero sería un error. La posición natalista no es una excusa, es una cosmovisión sincera (absurda, pero sincera) que cuenta con su propia panoplia de argumentos justificantes, con diversos grados de solidez, y que descansa, en última instancia, en una fe a toda prueba en la virtud del capitalismo.
En efecto, la idea de que para que una sociedad se desarrolle es necesario que su población siga aumentando no es esencialmente diferente de la idea de que el desarrollo necesita de un aumento continuo de la producción o del consumo. De hecho, son ideas que están ligadas: producir más bebés es producir más trabajadores y más consumidores. Son ideas, además, que prescinden de los límites, que no consideran el hecho de que ni la producción ni el consumo pueden prolongarse indefinidamente y tampoco puede mantenerse por siempre el crecimiento demográfico.
En este sentido se comprende también el rechazo a la idea del cambio climático, y a la ciencia en general, por su insistencia en que el crecimiento indefinido no sólo es matemáticamente imposible, sino que se va volviendo más insostenible a medida que se acelera. El cambio climático, la violencia en las ciudades, la crisis de vivienda y la extinción de especies son consecuencias de la acción de las fuerzas del capital liberadas de todo límite social y empujando contra los límites impuestos por el propio planeta.
En este punto de la historia, la fuerza más potente que sostiene al capitalismo parece ser la fuerza de la negación.
Hay otra frase célebre, ésta de autor incierto, que vale la pena rescatar: “Es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”. Los natalistas parecen estar, en efecto, más dispuestos a imaginar el colapso de la civilización que un cambio en la forma de funcionamiento de la sociedad que haga posible la vida armónica sin la necesidad de alimentar el mundo con un suministro creciente de bebés.
La “buena” noticia es que el colapso va a venir. La “mala” es que estas ideas terminarán cayendo por su propio peso.


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