
La plenitud de la dominación

Lejos de los mecanismos evidentes de represión, emerge una estrategia más sutil: la creación y simulación de figuras que se mantienen vigentes sin ser plenamente percibidas. Ahí es en donde debemos poner la lupa: el poder, tal como se lo conocía, ha dejado atrás el esquema de la confrontación sectorial. Ya no necesita exhibir sus artilugios para desestabilizar la rebeldía; en cambio, crea y simula figuras que se presentan como una sola cosa, manteniéndose vigentes y pasando desapercibidas en la tranquilidad de nuestros tiempos. ¿Cómo logra esta metamorfosis en el siglo XXI?
El siglo XXI tiene el esplendor y la magia de un modelo tecno-social sin precedentes, que articula y da forma a un sinfín de espectadores. Un modelo funcional a los hechos efímeros que fomentan una desconexión de la realidad, de la cual, como en un estado puro de la libido, fusionan el descontento con el placer. Una de las maneras más comunes de esta dinámica se traslada a través de las redes sociales, un mundo plagado por la información desmedida, tanto falsa como verdadera. En esta combinación se tejen historias, pensamientos, imágenes y muchas de las expresiones del mundo cognoscible. Lo interesante de esto es que esta forma, como venimos observando, se moldea a partir de patrones que son creados por expertos en la materia, convirtiéndolo en el llamado contenido, es decir, un producto de consumo. Que, si bien tiene un gran foco por lo general orientado en el mercado, su elaboración de personificaciones es algo que debe ser observado, y es a donde apuntaremos.
Cuando hablamos de personificación, pretendo hacer vagamente una breve descripción del proceso de armado de la identidad y de las cualidades necesarias del contexto. El problema principal, radica en el tiempo en que se construye este fenómeno, que pueden ser dos: uno facilitado por la ignorancia que reina en estos tiempos y otra dada por la misma velocidad con la que se mueve lo digital. Por ello sigue y persiste, dando forma tanto a su imposición mediática, como a su modo de instalarse en la psiquis de la sociedad. En ese sentido, vemos que aparece como una imagen maliciosa o bondadosa, cuya importancia es en realidad excluyente, siempre orientada al consumidor, a quien también se le hace percibir que siempre hablan en nombre de él. Si bien podríamos identificar fácilmente a quienes sufren la opresión en este nuevo orden, el punto clave, creo, es la aparición simultánea de quienes funcionan como dominadores o, dicho como algunos lo consideran: “líderes con capacidad de dirigir a las masas”. Esto podría ser un tema interesante en el ámbito de la sociología descriptiva, pero lo cierto es que ya define nuestra forma de desarrollarnos políticamente, siendo una de las principales características del sistema político argentino actual que requiere atención urgente. En algún momento Max Weber advirtió sobre los modos de dominación en lo que la autoridad suele sostenerse; el carisma, conceptualmente, es uno de ellos. Claramente amoldado a este contexto, esto encajaría muy bien entre los perfiles que estamos viendo en el mundo, tal como lo describía Weber: El carisma genera devoción, fidelidad, autoridad, disrupción que logra conmover a sus seguidores. Sin embargo, a contraposición de una visión puramente espontánea del carisma, en este nuevo escenario tecno-social, esta cualidad excepcional también puede ser cultivada y utilizada estratégicamente por el poder. En lugar de ser simplemente una emanación individual, el carisma de estos líderes modernos podría esconder un programa cuidadosamente diseñado para canalizar la energía y la adhesión de la sociedad hacia objetivos específicos, a menudo en beneficio de ese mismo poder. Por todo ello, nuestra sociedad o aprende rápidamente estas implicancias y desarrolla un pensamiento crítico robusto, o podemos experimentar en el futuro un modelo único de autocracia, sutilmente disfrazado bajo la apariencia de líderes carismáticos y movimientos populares.
Claramente nuestras posibilidades parecen escasas ante este alud sistemático, pero como sociedad, siempre podemos recuperar la capacidad de encausar nuestro camino hacia el modelo natural por el cual vinimos al mundo: una existencia basada en la armonía con nuestro entorno y entre nosotros mismos. El poder siempre converge, eso es imposible de detener; la clave está en que seamos nosotros, la sociedad, quienes asumamos la misión de hacer del mundo un lugar digno de ser vivido. Para ello, es necesario razonar sobre que el rol fundamental de la comunidad es siempre el mejoramiento de sí misma, y que el liderazgo, lejos de ser un instrumento de dominación que oculta información, debe ser siempre una guía transparente hacia el bienestar colectivo. La sociedad también debe abandonar ese espíritu consumista en cuestiones de liderazgo político, dejando de lado la fascinación acrítica por las imágenes y reemplazándolo por un ejercicio constante del criticismo.


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