La Casta está en orden

Facundo Ramos, Licenciado en Ciencias Políticas y consultor en comunicación política, analiza cómo el gobierno de Javier Milei logró imponer un orden económico que celebra el déficit cero y aplaca los mercados, pero que profundiza el desorden social. Con una narrativa disruptiva, enemigos simbólicos y acuerdos con el FMI, Milei promete libertad mientras asegura privilegios. ¿Quién está realmente en orden y quién paga la cuenta?
ANALISIS 16 de abril de 2025 Facundo Ramos
La Casta está en orden
“La casa está en orden”, dijo Raúl Alfonsín en 1987. Era más que una frase,

“La casa está en orden”, dijo Raúl Alfonsín en 1987, tratando de contener a una democracia aún en pañales frente a la amenaza de los carapintadas. Era más que una frase: era la manera de restituirle a la política su autoridad simbólica en tiempos de zozobra institucional. Hoy, casi cuatro décadas después, otra frase podría usarse con similar tono, aunque con sentido inverso: “La casta está en orden”. No la dijo Javier Milei, pero la pronuncian los resultados de su gobierno y los efectos de sus decisiones políticas: déficit cero, dólar planchado, reservas creciendo, bonos celebrados, y una fiesta en el microcentro financiero… mientras en las provincias y en los barrios se bajan la persianas de los almacenes, sube el fiado y se enfría el plato. El orden llegó, pero no para todos. 

Vivimos el arte de narrar el caos ya que en el universo político no hay vacío que no se llene con relato. Christian Salmon lo define sin vueltas cuando dice que el storytelling político moderno es una máquina para formatear mentes, y esa máquina, en manos de Milei, funciona con eficacia quirúrgica. Convirtió al caos en origen, a la casta en enemigo, a la motosierra en acción y al déficit cero en la salvación. No importa si la gente siente que todo está peor. Lo importante es que crea que el sacrificio tiene un propósito, y que sin él el país se hunde. La narrativa mileísta no necesita ser compleja, necesita ser emocional. George Lakoff lo explica en términos de marcos mentales, cuando encuadrás la realidad desde una lógica de combate moral “yo contra ellos”, “pueblo contra casta”, “libertad contra opresión estatal”, todo lo que venga después se lee con esas lentes. Las medidas económicas, el ajuste brutal, los recortes y el hambre no se analizan por sus consecuencias, sino por su lugar en el camino hacia la redención que no sabemos cuándo llegará, si es que llegará. “Estamos mal, pero vamos bien”, versión siglo XXI. 

De este modo la motosierra no es un símbolo, es un mandato, ya que cada época tiene sus íconos, en esta, la motosierra de Milei ocupa ese lugar. No es solo una herramienta de poda presupuestaria: es un símbolo visceral, cargado de ira contenida, de frustración social acumulada, de deseo de venganza contra una dirigencia que no supo o no quiso dar respuestas cuando pudo. Drew Westen sostiene que cuando el pensamiento racional choca con el emocional, suele ganar el segundo. Y ahí radica una de las claves del éxito narrativo de Milei, supo hablarle a la víscera más que al cálculo, al enojo más que al entendimiento. Pero esa motosierra no corta por igual ya que mientras se desfinancia la educación, se paralizan obras, se retira el Estado de los barrios y se desguazan políticas públicas esenciales, los sectores concentrados del poder económico gozan de un orden favorable, blindado por la lógica de mercado y el acuerdo con el FMI. El orden llegó… para ellos. 

En esta narrativa de déficit cero, el superávit es de desigualdad. El déficit fiscal cero es el trofeo más celebrado por el gobierno nacional. Y, en términos técnicos, no deja de ser un hito relevante. Pero, ¿qué costo tiene ese logro? El orden fiscal vino acompañado de desorden social: jubilaciones que no alcanzan, salarios licuados, PYMEs asfixiadas y una clase media que se desliza hacia la intemperie sin protección alguna. ¿Puede un país ordenarse sobre el desorden de su pueblo? Alguien dijo que nadie se realiza en una comunidad que no se realiza. El relato oficial responde que sí. Que es necesario. Que es el precio de la libertad. Pero esa libertad, lejos de ser universal, se convierte en privilegio de unos pocos. La economía que se “ordenó” es la economía de los balances contables, no la de las mesas familiares. Las que están ordenadas son las cuentas públicas, no las cuentas domésticas. En el altar del déficit cero, el sacrificio lo ponen los mismos de siempre. 

El FMI brinda una edulcorada libertad bajo palabra, en un giro paradójico, el gobierno libertario que se proclamó enemigo de las ataduras institucionales y del tutelaje externo, termina alineado bajo deuda con el Fondo Monetario Internacional. El nuevo orden que proclama Milei se sostiene sobre los acuerdos con el FMI, los mismos que en otras etapas fueron denunciados como entreguismo. Lo que cambia no es el actor, sino el encuadre. Como advierte George Lakoff, los marcos interpretativos no describen la realidad, la crean. Así, el mismo acuerdo con el FMI puede ser leído como sumisión o como salvación, según quién lo narre. Adam Przeworski lo explica de manera sencilla cuando expresa que la democracia no garantiza resultados, solo garantiza procedimientos. Pero cuando esos procedimientos están condicionados por actores externos que borran la independencia económica y las decisiones centrales no se discuten, sino que se aceptan como destino inevitable, lo que se debilita no es solo la representación, sino la propia soberanía de la política. 

La ilusión del orden rinde, mientras Milei exhibe su superávit fiscal como una victoria épica que se termina de consumar con la anunciada salida del cepo cambiario, los números sociales se derrumban. La pobreza sube, el consumo cae, la educación se desfinancia, la salud se deteriora, y la brecha entre los que están en orden y los que no, se agranda. Es el precio de un modelo que ordena balances financieros, pero desordena la vida. Las redes sociales y los medios contribuyen a reforzar esta percepción selectiva. Como en una gran cámara de eco, lo que se ve es solo lo que se quiere mostrar. El storytelling se convierte en storydoing cuando se simulan acciones que no resuelven nada, pero consolidan una narrativa de heroísmo libertario. La posverdad encuentra aquí su versión económica, no importa qué dice la heladera, importa qué dice el presidente. La casta, esa que supuestamente estaba en retirada, hoy duerme tranquila. No hubo motosierra para ellos, hubo reacomodamiento. El poder económico, judicial y financiero sigue donde siempre, pero ahora con el aplauso de quien dice enfrentarlo. La motosierra cortó abajo, pero no subió. La casta, sin haber ganado la elección, ganó el gobierno. 

¿Y el pueblo? “El pueblo se equivoca”, dijo alguna vez uno de esos analistas de escritorio que no pisan la calle ni de casualidad. Pero el pueblo no se equivoca, obvio, porque elige con la información que tiene, con la bronca que arrastra, con las heridas que aún le sangran. La pregunta no es por qué votó lo que votó. La pregunta es cuánto tiempo más va a sostener una esperanza que ordenó todo… menos su vida. Porque al final del día, cuando se apagan los micrófonos y se cierran los balances, lo que importa no es si la casta está en orden, sino si el pueblo puede dormir con la panza llena y la conciencia tranquila. ¿Estamos construyendo un país ordenado, o simplemente uno donde los de siempre siguen siendo los únicos que pueden sentarse a la mesa dignamente servida? 

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