Lo que el mercado no hará...

¿Qué pasaría si las decisiones sobre educación, salud o infraestructura quedarán en manos del mercado? ¿Es el repliegue del Estado una evolución natural o el preludio de una crisis social? Facundo Ramos, Licenciado en Ciencias Políticas y experto en comunicación estratégica, analiza el impacto de la fragmentación estatal y cómo la lógica de la rentabilidad inmediata amenaza la inversión en el futuro. Cuando el Estado se retira, ¿quién decide qué es necesario para la sociedad?
ANALISIS 19 de marzo de 2025 Facundo Ramos
Lo que el Mercado no hará…
Cuando el Estado se retira, ¿quién decide qué es necesario para la sociedad?

En algún rincón del interior profundo, donde las rutas de ripio son más frecuentes que las autopistas y la conectividad digital es una promesa cumplida por un Estado que entendió que estar comunicados con el mundo no debe ser un privilegio de pocos, un gobierno provincial decide construir una escuela nueva. En ese pueblo, hoy hay solo veinte niños en edad escolar. Veinte. Pero la apuesta no es para ellos solamente, sino para los que vendrán, para sus hermanos menores, para los hijos de quienes aún no han nacido, para las familias que podrían volver si hubiera condiciones dignas de vida. Esa decisión, tomada desde el Estado, responde a una lógica distinta a la del mercado. Es una apuesta al futuro. Pero si no existiera el Estado, ¿habría alguien dispuesto a construir esa escuela? La pregunta es más grande que una simple obra pública. Nos interpela sobre el rol del Estado en tiempos de fragmentación, en un mundo donde el mercado, las corporaciones y otros actores comienzan a ocupar espacios que antes le pertenecían. ¿Es sostenible un sistema donde el Estado se retira y la gobernanza queda en manos de quienes solo ven rentabilidad inmediata?

El repliegue del Estado tiene sus consecuencias, durante décadas el Estado fue el gran organizador y garante de la vida en sociedad, con una serie de derechos y servicios preestablecidos. Desde la construcción de caminos hasta la provisión de salud pública, su función fue estructural. Sin embargo, en los últimos años, el relato del Estado mínimo ha ganado espacio, con la idea de que el mercado y la sociedad civil pueden suplir lo que antes hacía la política. Pero, ¿qué pasa cuando el Estado se repliega? Las empresas toman el control de servicios esenciales, pero con un criterio estrictamente comercial. Si una comunidad no es rentable, simplemente no recibe el servicio. Las ONGs intentan llenar los vacíos, pero con recursos limitados y sin capacidad de planificación a largo plazo. Los gobiernos locales quedan desbordados, con municipios obligados a gestionar problemas que antes correspondía a niveles superiores. Los grupos informales y el crimen organizado crecen, ofreciendo soluciones paralelas donde el Estado ha dejado un vacío. En ese contexto, la política entra en crisis. Se fragmenta, se atomiza, se transforma en una guerra de intereses sectoriales, donde los grandes proyectos estratégicos se vuelven inviables porque nadie tiene la capacidad de pensarlos a largo plazo.

Hay muchas cosas que el mercado nunca haría. Volvamos a la imagen de la escuela en el interior profundo. Si en lugar del Estado, dejáramos esta decisión en manos del mercado, ¿qué ocurriría? Desde el análisis privado sería frío y matemático, ya que con poca demanda actual, no hay incentivos para invertir. Teniendo alumnos sin capacidad de pago, no es un negocio rentable y con un crecimiento de la matrícula incierto, no es una apuesta segura. En este contexto el resultado es muy obvio, esa escuela nunca se construiría. Y sin escuela, ese pueblo seguiría en declive, condenando a las familias a migrar o a conformarse con una educación precaria y lejana. Lastimosamente este no es un caso aislado. Pensemos en la infraestructura vial en regiones rurales, en hospitales en comunidades alejadas, en redes eléctricas y de comunicación donde el costo de inversión supera cualquier expectativa de ganancia. Si dejamos estas decisiones en manos del mercado, la respuesta será siempre la misma, si no hay rentabilidad inmediata, no hay inversión. Y aquí radica la diferencia central entre el Estado y el mercado. No está mal que el mercado piense en la rentabilidad y la maximización de ganancias. Lo que está mal es olvidar que mientras el mercado invierte en lo que es rentable hoy, el Estado invierte en lo que será necesario mañana. Construyendo el futuro.

El Estado mínimo es un modelo hecho para pocos, los defensores del Estado mínimo sostienen que el mercado es más eficiente en la provisión de bienes y servicios, y quizás en algunos casos puede ser cierto. Pero, ¿qué pasa cuando el Estado deja de actuar en sectores estratégicos? En salud, si la atención médica se deja solo en manos del mercado, los hospitales se convierten en negocios y la vida en una mercancía. En educación, si solo accede a la mejor enseñanza quien puede pagarla, ¿qué destino le espera a quienes nacen en la pobreza? En seguridad, si el Estado abandona el control, crece la privatización del patrullaje y se instala la desigualdad en el acceso a la protección. El problema del Estado mínimo es que termina siendo un Estado para pocos. Quienes pueden pagar servicios privados encuentran soluciones; quienes no, quedan a la deriva. Y no se trata de un debate ideológico, sino de una cuestión práctica: ¿Queremos sociedades organizadas en función del bien común o en función del balance financiero?

En un futuro sin Estado ¿quién tomará las decisiones? El mundo está cambiando vertiginosamente y las plataformas digitales tienen más capacidad de control sobre la opinión pública que muchos gobiernos, las corporaciones de tecnología manejan bases de datos más precisas que los registros oficiales. Y en medio de este cambio, el Estado parece perder centralidad. Pero hay algo que el mercado, por más grande y poderoso que sea, no puede reemplazar, la idea de comunidad. Una escuela en el interior profundo no es solo un edificio, es la diferencia entre que una familia se quede o se vaya. Es el primer paso para que una comunidad crezca. Es una señal de que alguien está pensando en el futuro, incluso cuando ese futuro aún no sea rentable. La pregunta final es inevitable, si el Estado deja de tomar estas decisiones, ¿quién lo hará?

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