Crónicas medievales del Palacio de Defensa

En el reino fantástico del Ministerio de Defensa argentino existe un palacio donde nada falta. O casi nada. Falta medicación oncológica, faltan turnos médicos, faltan prótesis, faltan respuestas. Pero vajilla fina, caballos lustrosos y custodias para visitas distinguidas, de eso parecería sobrar.
POLÍTICA 13 de mayo de 2026
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Por Alicia Panero 

Mientras IOSFA agoniza en silencio y OSFA promete nacer entre papeles, sellos y comunicados ambiguos, abajo —muy abajo— la tropa mira cómo el castillo continúa funcionando con estricta normalidad aristocrática. Como en las viejas series británicas tipo Upstairs, Downstairs o Downton Abbey, hay dos mundos perfectamente delimitados: los señores y el servicio.

Los de arriba caminan alfombrados por los pasillos refrigerados del “Palacio”. Los de abajo hacen cuentas para comprar medicamentos que la obra social ya no cubre o cubre tarde, que a esta altura viene siendo lo mismo.

En este drama de época con presupuesto nacional aparece el Duque de Caballería: el general Carlos Alberto Presti. Dicen los muros —porque los muros hablan cuando los hombres callan— que en su pequeño reino verde oliva todavía sobreviven ciertas costumbres de nobleza militar: competencias hípicas (privadas en predios militares), caballos mejor atendidos que algunos afiliados y jóvenes herederos galopando entre predios estatales como si la Argentina fuese una estancia heredada y no un país quebrado.

Claro que ningún duque gobierna solo. Toda corte necesita una figura de autoridad silenciosa, alguien que inspire respeto, temor y murmullos en voz baja. Ahí entra la Duquesa: Verónica Beltramino. En los pasillos se comenta que pocos se animan a contradecirla. Algunos incluso sostienen que ni el propio duque levanta demasiado la voz cuando ella entra al salón.

La nobleza ministerial, cuentan los cronistas de pasillo, habría logrado una hazaña extraordinaria: administrar una obra social que recauda como siempre, pero funciona cada vez menos. Una especie de magia financiera donde el dinero desaparece con mayor velocidad que los turnos médicos.

Mientras tanto, en las habitaciones del subsuelo —donde viven los de abajo— los soldados, retirados y familias militares intentan sobrevivir entre autorizaciones rechazadas, co-seguros imposibles y farmacias que responden con la frase más temida del reino:

—“Todavía no impactó el pago”.

Y así transcurren los días en el Palacio de Defensa. Arriba, reuniones, ceremonias y uniformes impecables, viajes oficiales con sequitos de heraldos. Abajo, afiliados organizando rifas para tratamientos médicos.

Los retirados más osados protestan en X, aunque rápidamente aparecen los guardianes del orden para recordar que en el viejo reino militar hablar demasiado sigue siendo peligroso. Los activos directamente optan por el anonimato. En esta corte, los bufones tienen más libertad que la tropa.

Nadie sabe bien qué ocurrirá el 1 de junio, cuando OSFA termine de ocupar oficialmente el trono sanitario. Pero en los pasillos ya circula la sensación de que quizá solo cambie el escudo en la puerta mientras el banquete continúa arriba y las migas siguen cayendo hacia abajo.

Porque al final, como en toda mala sátira nacional, el problema nunca es la falta de recursos. El problema es quién sostiene la mesa… y quién se sirve primero.

La escena terminó de completar el clima medieval de este Palacio de Defensa versión siglo XXI.

Hoy, el ministro del ducado aceptó un recorte presupuestario que dentro de los cuarteles ya describen como obsceno. No hubo épica, ni defensa cerrada de sus tropas, ni siquiera el gesto simbólico de golpear la mesa por quienes abajo sobreviven con salarios deteriorados y una obra social en terapia intensiva administrativa.

El ministro pareció asumir con naturalidad el rol de recaudador del rey Javier Milei: ajustar, recaudar y obedecer. Aunque eso implique dejar al territorio militar funcionando al borde de la precariedad estructural.

En cualquier relato clásico de caballería, esos mismos hombres que hoy observan en silencio habrían esperado otra conducta de su señor feudal. Tal vez un gesto de dignidad política. Tal vez una renuncia honorable. Tal vez el viejo acto aristocrático de entregar el título y retirarse a sus tierras antes que contemplar el deterioro de sus hombres.

Pero esta ya no es la época de los caballeros.

Aquí los castillos siguen iluminados mientras en los suburbios del reino militar se acumulan afiliados sin cobertura, soldados pobres y retirados que descubren que después de décadas de servicio apenas conservan el derecho a esperar.

Los de arriba administran el ajuste hablando de eficiencia. Los de abajo aprenden, una vez más, que en tiempos de crisis el sacrificio nunca asciende por la cadena de mando.

Y entonces, cuando el reino parecía sumergido en el desconcierto y el silencio, apareció en escena el antiguo ministro del ducado: el barón Luis Petri, ascendido por decreto real y convertido ahora en heraldo porta estandarte de la corte libertaria.

Con tono solemne y sonrisa ceremonial, proclamó que este gobierno “ha venido a poner en valor a las Fuerzas Armadas”. Lo dijo mientras abajo los soldados ajustaban cinturones, los retirados hacían filas interminables y la obra social del reino seguía acumulando deudas, incertidumbre y recetas sin cubrir.

La escena tuvo algo de teatro medieval y algo de farsa clásica.

Porque mientras el barón agitaba el estandarte del relato oficial, en los patios internos del palacio muchos comenzaron a murmurar lo que en las cortes antiguas nadie se animaba a decir en voz alta: que el rey y el duque estaban desnudos.

Desnudos de autoridad moral frente a su propia tropa.

Desnudos de épica frente al ajuste.

Desnudos de respuestas frente a una crisis sanitaria que golpea precisamente a quienes juraron servir al reino aun en las peores condiciones.

Pero en toda corte hacen falta heraldos. Hombres dispuestos a anunciar victorias, aunque detrás del telón se escuchen crujir las paredes del castillo.

Y así, mientras los nobles discuten presupuestos y ceremonias, abajo continúan los verdaderos protagonistas de esta historia: soldados, oficiales, suboficiales, retirados y familias enteras que observan cómo el supuesto “poner en valor” parece consistir, una vez más, en pedirles sacrificios a quienes menos tienen.

En el gran salón del Palacio de Defensa todavía resuenan aplausos oficiales. Afuera, en cambio, el reino militar hace cuentas para llegar a fin de mes.

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