
Inflación en descenso, malestar intacto: lo que revela un nuevo estudio en Mendoza
El relevamiento, realizado entre el 27 de enero y el 3 de febrero de 2026 sobre 1.126 casos efectivos en el Gran Mendoza, pone en evidencia una brecha cada vez más visible entre la inflación medida por el INDEC y la inflación vivida por la ciudadanía.
La brecha entre el dato y la experiencia
Según los datos oficiales, diciembre de 2025 cerró con una inflación mensual del 2,8% y una variación interanual del 31,5%, consolidando una tendencia de desaceleración respecto de los picos registrados en años anteriores.
Sin embargo, la encuesta revela que el 65% de los mendocinos considera que la inflación impactó “mucho” o “bastante” en su economía personal durante los últimos 30 días. El dato es elocuente: la baja en los índices no se traduce aún en una sensación de alivio económico.
Lejos de mostrar una percepción de estabilidad, el estudio describe un clima social atravesado por la cautela, la preocupación por los gastos básicos y una persistente sensación de presión sobre los ingresos.
Dónde golpean los aumentos
La explicación de esta aparente contradicción se encuentra en la composición de los aumentos. El INDEC identifica a Transporte (4,0%) y Vivienda y servicios (3,4%) como los rubros con mayores subas mensuales, junto con la incidencia sostenida de Alimentos.
Desde la percepción ciudadana, la tendencia es aún más clara. Más de la mitad de los encuestados (52,97%) señaló a vivienda y servicios como el rubro que más aumentó y más afectó su economía. Muy por detrás aparecen transporte (11,44%) y comunicaciones (10,17%).
El fenómeno no es menor. Se trata de gastos rígidos, regulados y prácticamente inelásticos: alquileres, tarifas, servicios públicos y transporte. Es decir, consumos que no pueden postergarse ni ajustarse fácilmente.
En términos económicos, la inflación promedio puede desacelerarse, pero si los incrementos se concentran en costos estructurales del hogar, la sensación de asfixia persiste.
Cambios en los hábitos de consumo
El estudio también registra un impacto directo en la conducta de los consumidores. Lejos de reflejar un escenario expansivo, los datos describen un comportamiento defensivo.
Reducción de salidas recreativas, postergación de vacaciones o viajes y una marcada prudencia frente a la compra de bienes durables emergen como rasgos dominantes. Incluso ante eventuales bajas de precios —como en el caso de los celulares tras la eliminación de aranceles— prevalece la cautela.
La lógica es consistente con un contexto donde, pese a la desaceleración inflacionaria, la incertidumbre sobre los ingresos y la estabilidad económica futura continúa condicionando decisiones de gasto.
Expectativas y clima económico
El informe dialoga además con una discusión más amplia: la distancia entre las variables macroeconómicas y la percepción social.
Mientras el Gobierno nacional sostiene que la inflación continuará su sendero descendente —con Javier Milei proyectando un escenario de “cero coma algo” hacia agosto—, la encuesta sugiere que el optimismo no logra consolidarse plenamente en la experiencia cotidiana.
La economía, en definitiva, no se mide únicamente en índices estadísticos, sino también en sensaciones, expectativas y comportamientos.
Dos dimensiones de un mismo fenómeno
Lejos de contradecirse, los datos oficiales y el estudio privado parecen describir dos caras del mismo proceso.
El INDEC muestra una inflación en desaceleración. La encuesta revela una sociedad que todavía no percibe ese cambio como un alivio concreto.
Desde una perspectiva política y comunicacional, el desafío es evidente. La estabilidad macroeconómica necesita traducirse en mejoras tangibles en los gastos básicos del hogar para convertirse en una experiencia socialmente validada.
Porque en la economía cotidiana, muchas veces, la percepción pesa tanto como el dato.




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