Sin cortar el cordón con Cristina, Axel no logra trascender

Axel Kicillof transita una etapa política atravesada por tensiones que exceden la gestión bonaerense. Gobernador de la provincia más grande del país y actual presidente del Partido Justicialista, su figura aparece hoy en un terreno incómodo: lejos de la centralidad nacional y sin lograr consolidar un rol claro en la polarización con Javier Milei, eje dominante de la política argentina.

POLÍTICA 12 de febrero de 2026
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Mientras el Presidente marca el pulso de la agenda pública con un estilo disruptivo y confrontativo, Kicillof no consigue instalarse como el contrapunto natural que muchos dentro del peronismo imaginaban. La expectativa de que el mandatario bonaerense encarnara una oposición nítida, capaz de disputar sentido y liderazgo hacia 2027, choca con una realidad más compleja: la dificultad de proyectar un mensaje que trascienda la lógica provincial.

En el tablero nacional, la discusión política gira alrededor de reformas estructurales, tensiones económicas y reconfiguraciones de poder. En ese escenario, el gobernador no ha logrado traducir su posicionamiento en un proyecto de país que articule una narrativa convincente frente a la cruda realidad que atraviesan amplios sectores sociales. Más allá de las críticas al rumbo libertario, la construcción de una alternativa requiere algo más que oposición discursiva: demanda visión estratégica, liderazgo y capacidad de síntesis.

Uno de los principales condicionantes de Kicillof sigue siendo su vínculo político con Cristina Fernández de Kirchner. A pesar de ocupar hoy un rol institucional relevante dentro del PJ, el gobernador no ha conseguido cortar el cordón umbilical con la ex presidenta, cuya influencia continúa moldeando equilibrios internos y decisiones estratégicas dentro del peronismo. La sombra de Cristina no solo ordena, también limita.

La discusión silenciosa sobre el armado electoral de 2027 expone esa tensión. Kicillof aparece atrapado en una dinámica ambigua: necesita consolidarse como figura nacional sin romper con el liderazgo histórico que aún gravita en el espacio. La búsqueda de autonomía política, indispensable para cualquier aspiración presidencial, se convierte así en un ejercicio delicado, cargado de costos potenciales.

Mientras tanto, la interna peronista continúa operando como un factor de desgaste constante. En la provincia de Buenos Aires, el gabinete bonaerense refleja esa fragmentación: sectores alineados con La Cámpora conviven con referentes del Movimiento Derecho al Futuro (MDF), en un equilibrio que muchas veces se traduce en tensiones de gestión y disputas de poder. La convivencia forzada entre tribus políticas no es nueva, pero sí reveladora del estado actual del oficialismo provincial.

La falta de cohesión interna impacta inevitablemente en la proyección política del gobernador. La construcción de liderazgo exige claridad, conducción y capacidad de ordenar intereses diversos. Sin embargo, el escenario bonaerense parece más dominado por la administración de equilibrios que por la afirmación de un rumbo político propio.

En paralelo, el contexto nacional redefine prioridades. Con Milei ocupando el centro del debate público y reconfigurando las coordenadas ideológicas, la oposición enfrenta el desafío de evitar la irrelevancia. En ese marco, Kicillof no logra capitalizar plenamente su condición de principal figura institucional del peronismo en funciones ejecutivas.

La política argentina, históricamente marcada por liderazgos fuertes y narrativas contundentes, difícilmente conceda espacios vacíos. La disputa por la agenda no admite pausas prolongadas. Quien no logra instalar temas, encuadrar debates o representar expectativas sociales corre el riesgo de quedar atrapado en la lógica reactiva.

Axel Kicillof, con poder territorial, estructura partidaria y visibilidad institucional, enfrenta hoy un dilema estratégico. La construcción de una candidatura presidencial viable hacia 2027 requiere algo más que gestión provincial y alineamiento partidario. Exige la capacidad de interpretar el clima social, articular un proyecto de país y disputar liderazgo en un escenario atravesado por transformaciones profundas.

Por ahora, el gobernador parece más condicionado por las dinámicas internas del peronismo que impulsado por una proyección nacional consolidada. En política, los tiempos son decisivos. Y la centralidad, como siempre, no se hereda: se conquista.

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