
El espejo roto de la política argentina

En ese “espejo roto”, cada nuevo escándalo, denuncia o sospecha se convierte en una grieta más que erosiona la credibilidad. Y cuando la confianza se resquebraja, como advertía Sartori, todo el edificio democrático comienza a tambalear.

Los últimos datos de septiembre de 2025 de la consultora Management & Fit muestran un cambio drástico en las preocupaciones sociales: la corrupción se consolida como el principal problema del país, desplazando a la inflación y a la pobreza.
En septiembre, un 24% de los encuestados señaló a la corrupción como la mayor amenaza para la Argentina, 2,3 puntos más que en agosto y más de 5 puntos por encima de julio. La inseguridad ocupa el segundo lugar con 16,8%, mientras que los aumentos de precios y tarifas retroceden al tercer puesto (15,9%), pese a la ola de incrementos que golpea a los hogares en transporte, alquileres, prepagas y servicios públicos.
La política en el banquillo
El dato no es menor: el repunte de la corrupción como preocupación social ocurre en simultáneo con denuncias que salpican tanto al oficialismo como a la oposición.
• Javier Milei debió salir en defensa de su hermana Karina, secretaria general de la Presidencia, y del diputado José Luis Espert ante versiones de coimas y vínculos con empresarios investigados por narcotráfico.
• El kirchnerismo, por su parte, vuelve a estar en escena con la causa Vialidad y los ecos de la gestión de Julio De Vido.
La lectura ciudadana parece unificarse en un mensaje: “la corrupción es transversal y nadie se salva”. El problema erosiona el corazón de la confianza política y desafía la narrativa de “la casta” que Milei utilizó como motor de su campaña.
Una economía en segundo plano, pero latente
Aunque la inflación de septiembre volvería a superar el 2% mensual, la percepción ciudadana coloca la corrupción por encima de los problemas económicos. La narrativa oficial de “desaceleración” y los beneficios de ANSES (descuentos en farmacias, supermercados y ópticas) parecen haber amortiguado el impacto inmediato de la suba de precios.
Sin embargo, los próximos aumentos de octubre —alquileres, transporte, prepagas, tarifas— pueden reactivar con fuerza la economía en la agenda social. La ciudadanía convive con una paradoja: la macroeconomía no mejora en los bolsillos, pero la corrupción se percibe como un mal más corrosivo que la inflación.
Radiografía social: quién ve qué problema
- Sectores bajos: priorizan la pobreza y la desocupación.
- Clases medias y altas: la corrupción domina el ranking, con picos de 25,8% en el nivel educativo medio.
- Menores de 40 años: marcan más la inseguridad y el desempleo.
- Mayores de 40: acentúan la corrupción como principal flagelo.
El mapa muestra una fractura discursiva: para unos, la urgencia es resolver lo económico social; para otros, la prioridad es sanear la política.
¿Qué significa para Milei y la oposición?
Para el Gobierno: la corrupción puede convertirse en su talón de Aquiles. Defender a su círculo íntimo con el argumento de “chismes de peluquería” no alcanza para sostener la narrativa de la pureza. Milei necesita comunicar transparencia y diferenciarse de los escándalos del pasado.
Para la oposición: el terreno es resbaladizo. El kirchnerismo carga con su propio historial, y Juntos por el Cambio no puede reciclar el discurso anticorrupción sin autocrítica. El desafío es construir una agenda de ética pública y seguridad con impacto social.
¿La centralidad donde se pone?
Si los ciudadanos colocan a la corrupción por encima de la pobreza o de la inflación, no es porque los problemas económicos hayan desaparecido, sino porque perciben que sin integridad política no habrá solución posible para el resto. En este sentido, Guillermo O’Donnell hablaba de las “democracias delegativas”, donde los liderazgos concentran poder y la rendición de cuentas se debilita
La centralidad de la corrupción en la agenda social revela algo más profundo que una coyuntura: expone una fractura en la confianza entre ciudadanos y dirigencia. Como advertía Sartori, sin credibilidad las instituciones democráticas se vacían de contenido.
Y es ahí donde, como planteaba Edelman, los problemas públicos se transforman en símbolos que condensan todos los males: la corrupción ya no es un hecho aislado, sino el prisma desde el cual se leen la pobreza, la inseguridad o la inflación.


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