
En defensa del disenso

Si la Argentina, al igual que gran parte del mundo occidental, padeció el agotamiento de la corrección política, y la transformó en un extremo de un fanatismo irreconciliable; bien podría a partir de ahora entablar un nuevo pacto. Para salir del punto muerto que nos impide modificar un sistema retrógrado, con leyes laborales que dejan afuera a la mayoría de los trabajadores, un sistema fiscal que impide el desarrollo económico, y una infraestructura obsoleta que requiere inversiones urgentes. Por citar algunos ejemplos.
La política ha estado inmersa en un diálogo de sordos durante demasiados años. Hemos invertido la máxima de Clausewitz: “la guerra es la continuidad de la política por otros medios”, y eso no suele llevar a buen puerto. La política es, en todo caso, el arte de lo posible, y, para que se asemeje a un arte, se precisan buenos argumentos y, para que sea posible el encuentro, dirigentes que estén dispuestos a escucharse.
La disputa por el poder en nuestro país, se da entre dos grandes bloques; uno de escaso apego a la ley y las instituciones, compacto y sólido, inmutable a la evidencia y poco dispuesto a cambiar sus preferencias. El otro, republicano y mucho más complejo: compuesto por diversas ideas, propenso al debate, a la crítica, y dispuesto a modificar sus preferencias electorales. Al primero le basta un líder; al segundo, en cambio, hay que representarlo en todas sus variantes.
La alianza Juntos por el Cambio resultó ser una experiencia enriquecedora y exitosa en ese sentido. Sus formas democráticas, permitieron el debate y el disenso interno; y si bien es cierto que esos cuestionamientos generaban un desgaste y nuevos problemas, fueron la herramienta que permitió consolidar un espacio representativo de una mayoría. El éxito electoral que se obtuvo no conoce antecedentes desde la aparición del peronismo.
El gobierno de Milei, siguiendo una estrategia diferente, ha desistido del disenso. Consciente de que no ha logrado representar a todo el abanico que lo acompañó en el balotaje, estableció como táctica la anulación de su competencia electoral más cercana, o sea, lo que era JxC. Apenas si se vislumbra un tibio intento por sumar dirigentes, similar al modo Larreta en el 2023, o sea acumulando, y no representando.
JxC fue la mejor expresión electoral de lo que se asemeja al funcionamiento de un gran partido nacional. Paradójicamente su punto máximo de democratización fue la elección de 2023, con una interna para definir el nuevo liderazgo. Sin embargo, los dos bloques que conformaron esa interna dejaron de ser democráticos y se asemejaron a la grieta acrítica que divide al peronismo del antiperonismo.
Sectorizaron la opinión entre supuestos halcones y palomas. El resultado fue mortífero, ninguno de los dirigentes pudo representar a la totalidad del espacio y la alianza implosionó.
Hoy, el único activo de LLA es el kirchnerismo. Pero la política no puede ser siempre contra algo. Una sociedad que suele responsabilizar al presidente de la mayoría de sus problemas, no puede satisfacerse por la mera oposición. Puede ser una condición que unifique criterios disímiles, necesaria, sí; pero de ninguna manera alcanzará para cumplir las expectativas del sector del electorado republicano carente de representación.
Es por eso que debemos retomar la senda del disenso y el diálogo dentro del bloque republicano. Debemos hacerlo porque es lo correcto, pero también por conveniencia; los resultados electorales de ambos modelos no ameritan discusión. LLA después de haber salvado al barco que se hundía, es incapaz de sumar votos. Aunque es probable que abandonar las rutas sin ningún plan, y desentender la calidad educativa, la salud, por ejemplo, tengan también algo que ver.
En España, la burocratización de los dos partidos tradicionales generó la división de quienes no se encontraban de acuerdo. La polarización de partidos tiene como causa que los partidos tradicionales dejan de representar, principalmente porque abandonan la participación democrática, cancelando el disenso y desincentivando la discusión.
Existe una tendencia natural a esa forma de poder. Es mucho más estresante tolerar denuncias de Carrió o quejas de la UCR, como sucedía durante el gobierno de Macri, que expulsar a quienes osen dudar de cualquier decisión de gobierno como hace Milei. Sin embargo, el primer ejemplo ayuda a que nuestra representación se sostenga, y ese es el primer objetivo para el bloque republicano. Solo así es posible derrotar en elecciones al peronismo.
Moderar nuestras formas no implica abandonar nuestros principios. Las opiniones irreconciliables siempre van a existir. Lo que se debe superar es la falta de diálogo. Entiendo que haya cuestiones que ya deberíamos tener en claro que son básicas y necesarias; emitir genera inflación, no se puede sostener un déficit permanente, etc. Pero gobernar es explicar, y si hay que discutir las cosas y debatirlas mil veces, es necesario hacerlo para lograr convencer a todos. De esa forma salen las leyes, y no prometiendo vetos; el país no se cambia con decretos y mucho menos perdiendo elecciones.
El primer paso para encarnar esa superación es mejorar los modales. Ser educados y respetuosos es el punto de partida de cualquier diálogo constructivo. La polarización construye una especie de trinchera identitaria donde el pensamiento crítico no tiene lugar. La trinchera otorga comodidad, no es necesario argumentar ni debatir, nuestras ideas están a salvo. Donde el debate está anulado afloran los extremos; quienes osen confrontar alguna idea de su trinchera es tildado de tibio. Paradójicamente esos agravios se utilizan con quienes piensan de forma similar y nunca contra el adversario.
En el otro gran bloque electoral el disenso también está vedado, muchos dirigentes peronistas han cambiado de bando, la diferencia es que eso en ningún modo ha mermado su desarrollo electoral.
Por otro lado, el ejercicio democrático dentro del propio espacio sirve también para entablar un vínculo con nuestros adversarios políticos; lo cual en una república liberal también es importante. Y, aunque tengamos presente que el kirchnerismo no es de fiar y suele ser un personaje hipócrita e insolente; debemos evitar transformarnos en ellos, porque con los puentes rotos es mucho más difícil cambiar algo.
Durante el gobierno de Macri, el senado por amplias mayorías nombró a dos jueces de la Corte; esa situación, de cierta normalidad institucional, resulta hoy difícil de imaginar.
La democracia liberal implica indefectiblemente confrontar las diferentes ideas. Para lograrlo es necesario recordar que, en la comodidad de nuestras trincheras ideológicas se encuentra la cobardía. El coraje pertenece a los que están dispuestos a cambiar de opinión bajo un mejor argumento. Poner de moda la duda y dejar de vivir la política como una religión -los dogmas son imposibles de modificar-. Hemos llevado la tolerancia religiosa a límites absurdos, que implican hasta el sometimiento de la mujer, pero no estamos dispuestos a poner en duda nuestras ideas políticas.
Insisto, moderación no como sinónimo de resignar nuestras ideas. En Corea, existe de un lado la democracia liberal; y del otro, una dictadura, no hay un sano punto medio, eso está más que claro en el bando republicano. Por eso, la moderación tiene que ver con los modos y formas democráticos, que nos llevan a discrepar, disentir y discutir de manera decente conforme a las instituciones. LLA cometió el error de enamorarse de un método de éxito que resultó ser efímero, donde la vulgaridad tuvo lugar porque el enojo era manifiesto. Pero no todo el mundo vive enojado todo el tiempo, ni se siente identificado con diputados o candidatos que nos cuesta distinguir si son de los nuestros o del adversario. La similitud entre algunos diputados oficialistas y kirchneristas es difícil de digerir.
Si la economía y la fortaleza de ciertas ideas de Milei, son las bases de un país serio, las formas liberales y democráticas de Juntos por el Cambio son la esencia de una democracia liberal capaz de alcanzar mayorías que logren transformar un sistema anacrónico. El desafío, es encontrar la representación de esos dos sectores que pertenecen históricamente al mismo bando republicano. Estoy seguro que ese encuentro, se dará con la moderación que requiere de la buena educación, de los buenos modales y formas, del respeto por la opinión del otro, del coraje que implica la duda, y del derecho al disenso.



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