Trump vs. Musk

La aparente ruptura entre Donald Trump y Elon Musk ha dejado atrás el idilio entre el presidente más poderoso del mundo y el empresario más rico del planeta.

POLÍTICA INTERNACIONAL16 de junio de 2025Alfredo AtanasofAlfredo Atanasof
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Durante meses, Donald Trump y Elon Musk formaron una alianza tan pragmática como opaca: Musk inyectó cientos de millones en la campaña republicana y puso a su servicio la red social X; Trump, a su vez, empezó a moldear políticas públicas —y hasta contratos multimillonarios— a medida de los intereses del magnate tecnológico. Pero esa luna de miel ha terminado.

El enfrentamiento podría tener repercusiones estructurales

El reciente conflicto, desatado con declaraciones cruzadas y amenazas veladas, no es solo un espectáculo personalista. Refleja una lucha más profunda por el control del poder económico, mediático y normativo en la principal potencia del planeta. En una democracia cada vez más tensionada por intereses privados y concentración de poder, el enfrentamiento entre Trump y Musk podría tener repercusiones estructurales para el modelo institucional estadounidense.

Un divorcio con consecuencias políticas

Trump, desde su rol como jefe de Estado, ha insinuado cortar el flujo de dinero público a las empresas de Musk —en particular SpaceX y Tesla— que desde hace años dependen de contratos y subvenciones federales. Solo SpaceX ha recibido más de 22.000 millones de dólares del Pentágono y la NASA. Aunque rescindir estos contratos no es sencillo desde el punto de vista legal, el mensaje es claro: en la era Trump, la fidelidad política puede condicionar el acceso al Estado.

Sin la ayuda de Musk, Trump podría no haber ganado las elecciones

Por su parte, Musk ha recordado que sin su ayuda Trump no habría ganado las elecciones de 2024. La afirmación puede ser discutible, pero no irrelevante: X —la red que compró y transformó— fue clave para amplificar los mensajes del trumpismo, mientras su financiación ayudó a desequilibrar la balanza en estados clave. Su promesa implícita ahora es otra: si quiere, puede dejar de ayudar. O incluso dificultar la gobernabilidad del presidente.

Más que egos: regulaciones, contratos y algoritmos

La disputa también tiene implicancias materiales. La regulación de los coches autónomos, de las emisiones y del sector espacial pueden definir el futuro de las principales empresas de Musk. Pero también afectan al desarrollo industrial, tecnológico y militar de Estados Unidos. ¿Puede Trump darse el lujo de cortar los vínculos con un actor que, le guste o no, lidera áreas clave de la innovación nacional?

Posible creación de un tercer partido

En paralelo, Musk conserva armas poderosas. Una de ellas es X, su red social, que funciona como canal alternativo de desinformación y opinión pública. El empresario puede amplificar mensajes contrarios a Trump, influir en la agenda política y alimentar campañas opositoras. Incluso ha insinuado la creación de un tercer partido. Aunque es improbable que tenga éxito electoral, podría restar apoyos a los republicanos en 2026 y complicar la agenda legislativa de la Casa Blanca.

 El riesgo de la política personalizada

Lo más preocupante no es la pelea en sí, sino lo que revela: que decisiones que afectan a millones de personas, como los contratos públicos, los visados o las regulaciones tecnológicas, estén mediadas por la relación personal entre un presidente y un multimillonario. Como advirtió el economista Ricardo Hausmann, esto erosiona el principio del Estado de derecho y proyecta una señal peligrosa para empresarios, ciudadanos y aliados internacionales: sin lealtad al líder, todo puede desmoronarse.

Como los personalismos pueden alterar los equilibrios

El caso Trump-Musk muestra cómo los personalismos extremos y la concentración de riqueza pueden alterar los equilibrios institucionales en las democracias contemporáneas. También plantea una pregunta clave: ¿hasta qué punto el poder económico privado puede convertirse en un actor político desestabilizador?

Se juega el futuro político

En el pulso entre Trump y Musk se juega, quizás, más que una rivalidad de egos. Se juega una parte del futuro político de Estados Unidos, y con ello, del orden internacional.

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