
La Selección de los argentinos encontró respuestas que la política, encerrada en su egoísmo, no logra dar
Maria Herminia Grande
Cuantas emociones cruzadas para una periodista que “a gatas” solo analiza las acciones políticas; el dejarse llevar por los sentimientos de un deporte -el futbol- cuyo reglamento no distingue con exactitud. Lo vivió como si cada jugada fuese el eslabón justo e imprescindible que permitiera cruzar un precipicio y dejarlo atrás para siempre. Así sencillamente así, lo viví.
Esta Selección tan irreal en sus formas y modales, como pasional y de carne y hueso, me permitió creer que, en cada jugada de un Messi cansino, por su edad, que se convirtió en rayo cuando la oportunidad de gol apareció; vendría una jugada de despegue de un país el nuestro, el de Messi y Scaloni, que no gambetea: lo gambetean.
Vimos a una Selección la nuestra, donde sus integrantes han jugado para el equipo, que no es lo mismo que jugar en equipo. Argentina lo necesitaría más que nunca en este hoy y a la orilla de un precipicio que solo la Selección cruzó, nosotros aún no,; léase precipicio como sinónimo de industricidio y con él las devastaciones físicas y jurídicas que trae, imposibilitando todo juego posible que -aun perdiendo-, sea con la intención de hacerlo para todos.
La política argentina hoy más que nunca juega su partido con mediocres individualidades, que además tiene como árbitro al Presidente que inclina permanentemente la cancha hacia sus elegidos. Las oposiciones juegan en sus equipos para sus conveniencias, no para el equipo grande de todos los argentinos.
Sè que estoy grande para haberme ilusionado, no con el cuarto título mundial, ellos los muchachos de Scaloni cumplieron ampliamente. ¿Qué más podemos pedirles cuando la bandera de Malvinas flameó ante el mundo?. Las Malvinas son argentinas. No hay lugar a discusión sí, a una diplomacia efectiva que lo concrete. Me ilusioné con la alegría de una unión transversal de millones de argentinos. Me ilusioné con que la política tomara nota y reaccionase. Que como en 1983 todos los votantes de Alfonsín y de Luder saliésemos a la calle a abrazarnos y cobijarnos con el único abrigo certero: nuestra celeste y blanca. Me ilusioné con que la política se acerque a la gente de la misma manera. Que vuelva a sentir como propio sus dolores. “No llego a fin de mes” “No tengo trabajo” “No puedo comprar los remedios” “No me cubren la discapacidad de mi hijo” Me ilusioné y lloré con Messi. Él seguramente despidiéndose de ese lugar mayúsculo: ser al capitán del equipo de la celeste y blanca. Y como todo grande lloró por no haber posibilitado a los más sufrientes una alegría más. Yo humildemente porque me duele la Argentina y veo que la celeste y blanca no conmueve lo suficiente a quienes tienen la posibilidad con sus decisiones de cruzar juntos el precipicio.





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